Albania, de la pesadilla a la frustraci¨®n
El pa¨ªs m¨¢s pobre de Europa no logra liberarse de las tristes herencias del estalinismo
ENVIADO ESPECIAL"Pierda cuidado, el ch¨®fer que le ponemos tiene hasta carnet de conducir". No todas las frases de recepci¨®n en la Albania de este fin de siglo son tan tranquilizadoras. "No alquile un coche, que se lo roban. No salga de la ciudad sin escolta, que le asaltan. No se le ocurra pasearse de noche por ah¨ª, que puede ocurrirle una desgracia". Hace tan s¨®lo 10 a?os, el Estado lo era todo en el ¨²ltimo pa¨ªs estalinista del mundo. No hab¨ªa autom¨®viles particulares, las f¨¢bricas estaban militarizadas, las fronteras cerradas y quien protestara por algo, por las privaciones, desaparec¨ªa en una compa?¨ªa de trabajos forzosos. Entonces, el Estado lo era todo. Hoy no existe, a nada que se aleje uno del centro de Tirana, donde en torno a los edificios oficiales la Polic¨ªa y el Ej¨¦rcito mantienen mal que bien el orden. Ya en los barrios perif¨¦ricos de la capital, sumidos en la oscuridad y en el barro y la basura de sus calles sin asfaltar, nadie puede garantizar la seguridad de nadie, vecinos, comerciantes o visitantes. Las bandas de extorsionadores se disputan a tiros sus zonas de influencia y las mafias de traficantes de drogas, de art¨ªculos robados en el extranjero o de emigrantes hacia Occidente, especialmente hacia Italia, dominan pueblos, puertos adri¨¢ticos y hasta ciudades grandes como Shkodra.
Todos ellos son conscientes de su fuerza. El jueves pasado, en una operaci¨®n conjunta, carabineros italianos y polic¨ªas albaneses capturaron a seis miembros de una organizaci¨®n que est¨¢ inundando el litoral oriental italiano de inmigrantes ilegales albaneses y kurdos. Les fueron confiscadas varias de las lanchas que, con dos poderosos motores cada una, cruzan el Adri¨¢tico en apenas una hora y escapan con facilidad a las patrulleras guardacostas italianas. Al d¨ªa siguiente, miembros de la organizaci¨®n secuestraron al comisario jefe de la operaci¨®n y exigieron que les fueran devueltas sus lanchas. Con ¨¦xito. El domingo ya hab¨ªan vuelto a su lucrativo negocio.
Cuando la miseria es tan profunda como en este pa¨ªs, el m¨¢s pobre de Europa, el orden s¨®lo lo puede garantizar la disciplina, el terror o ambos juntos. Han sido muchas generaciones a las que nadie ha pedido nunca responsabilidad. Se exig¨ªa obediencia ciega y nada m¨¢s. Con gran ingenuidad, violenta, a veces brutal, muchos albaneses creen que ha llegado el momento de hacer todo lo posible por hacerse con todo lo que puedan. Poseer es el primer mandamiento en este pa¨ªs de despose¨ªdos. El segundo, para gran parte de ellos, es emigrar. S¨®lo en sociedades tan ingenuas y ayunas de informaci¨®n como ¨¦sta es posible que la poblaci¨®n entera caiga en trampas tan transparentes como las pir¨¢mides de inversi¨®n que llevaron a casi todo el pa¨ªs a invertir en ellas sus ahorros. Y su colapso hace tres a?os estuvo a punto de llevar a los albaneses a la guerra civil. El trauma del final de aquella gran fantas¨ªa del dinero f¨¢cil hizo caer al Gobierno de Sali Berisha, un m¨¦dico l¨ªder del Partido Democr¨¢tico que, durante su presidencia adopt¨®, muy r¨¢pidamente los m¨¦todos de sus antecesores comunistas para reprimir a la oposici¨®n y dejar manos libres a sus familiares, amigos y correligionarios para amasar grandes fortunas.
Con su ca¨ªda tuvo que dejar en libertad al encarcelado l¨ªder socialista Fatos Nano, quien, despu¨¦s de las elecciones, pas¨® a dirigir el pa¨ªs. En septiembre pasado, Berisha intent¨® de nuevo hacerse con el poder, esta vez por las bravas, con un fracasado asalto armado a las instituciones, despu¨¦s de acusar al Gobierno de asesinar a uno de sus lugartenientes. Aquello fracas¨®, aunque s¨ª trajo consigo la dimisi¨®n de Fatos Nano. Hoy, con el primer ministro socialista, Pandeli Majko, hay sin duda mayores dosis de buena voluntad y honradez en la c¨²pula del Estado. Pero esto es a todas luces insuficiente.
Porque no hay mayores cambios, al menos en lo que a la soluci¨®n de los grav¨ªsimos problemas se refiere. En realidad, los cuadros con que cuentan ambos partidos s¨®lo se diferencian entre s¨ª por los grupos a los que son leales, y todos proceden de aquella inmensa m¨¢quina de appar¨¢tchiki obedientes que era el Partido del Trabajo de Enver Hoxha. La peque?a burgues¨ªa albanesa de antes de la guerra fue exterminada en su pr¨¢ctica totalidad durante la dictadura. Los individuos con iniciativa y formaci¨®n para marcar una diferencia han resignado en gran parte y han emigrado al extranjero. O se dedican a expoliar sistem¨¢ticamente al Estado y a utilizar la debilidad de las instituciones para amasar grandes fortunas con negocios semilegales o abiertamente criminales. Y gastan el dinero f¨¢cil en una cotidiana ostentaci¨®n de coches, tel¨¦fonos m¨®viles, joyas e invitaciones opulentas.
La guerra de Kosovo ayuda mucho en este sentido, especialmente a las mafias del norte, de la tribu de los gegs, a la que pertenece Berisha, al igual que los albaneses kosovares. M¨¢s a¨²n que en la retaguardia de otras guerras act¨²an las bandas armadas, que, so pretexto de la lucha patri¨®tica, funcionan como ej¨¦rcitos privados financiados por la extorsi¨®n, las redes de tr¨¢fico de emigrantes, de drogas y de art¨ªculos, especialmente autom¨®viles, robados en Occidente.
Los tosks, el grupo ¨¦tnico del sur, mayoritario en Tirana, tiene fama de ser m¨¢s pac¨ªfico. Pero en cuestiones de supervivencia, legal o ilegal, pone el mismo empe?o que sus hermanos del norte. Si la polic¨ªa albanesa tuviera tiempo y autoridad para controlar los n¨²meros de motor de los miles de Mercedes y Volvos que circulan por el pa¨ªs, es m¨¢s que probable que les encontraran due?o en alguna ciudad alemana, francesa, italiana o espa?ola.
En la Administraci¨®n la corrupci¨®n se presupone, como el valor al soldado. Y la poblaci¨®n com¨²n subsiste, nadie sabe c¨®mo, en medio de la desesperanza, con ansias de huir a alg¨²n para¨ªso occidental
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