Pluriempleo
Hacer compatible el deporte de alta competici¨®n con un oficio fue, durante siglos, una sana costumbre. La mayor¨ªa de los primeros atletas dignos de participar en unos Juegos Ol¨ªmpicos proced¨ªan del ej¨¦rcito, una profesi¨®n que probablemente explica la presencia del tiro, la lucha y la esgrima en el programa ol¨ªmpico. Pero, adem¨¢s de militares de mayor o menor graduaci¨®n, hubo momentos en los que algunos h¨¦roes sorprend¨ªan por la humildad de sus oficios. Entre los corredores de largas distancias, por ejemplo, hubo una ¨¦poca en la que casi todos los kenianos eran carteros. Uno se los imaginaba recorriendo interminables distancias con la saca de correspondencia a cuestas, repartiendo sobres a la velocidad de un, mec-mec, Correcaminos. En los primeros Juegos de Atenas de esta nueva era, no s¨®lo destacaron guerreros y arist¨®cratas adictos a la adrenalina. En sus Memorias ol¨ªmpicas escritas en 1931 el responsable de todo este pollo, Pierre de Coubertin, cuenta que la figura m¨¢s importante de aquellos juegos fue un tal Spyro Louys, vencedor de la prueba de marat¨®n. Escribe el bar¨®n: "Spiridion Louys era un magn¨ªfico pastor vestido con las enag¨¹illas del traje popular griego y ajeno a todas las pr¨¢cticas del entrenamiento cient¨ªfico".
Dicho as¨ª, parece obvio que el entrenamiento de Louys hab¨ªa consistido en a?os de recorrer las monta?as griegas guiando a unos cuantos reba?os de cabras. ?Existe mejor entrenamiento? Viendo los centros de alto rendimiento, a ver qui¨¦n es el guapo que dice que no. La racionalizaci¨®n obsesiva del esfuerzo ha tra¨ªdo consigo una jerga especializada que disuade y que, a base de estad¨ªsticas, convierte el rendimiento en materia prima de sesudas pruebas. Louys, al igual que los carteros kenianos, pertenec¨ªa a la raza de los que, confiando en sus posibilidades, se apuntan a un bombardeo creyendo no tanto en la preparaci¨®n como en las propias aptitudes. Aquellos eran otros tiempos. Pese a que, durante meses, se le consider¨® como el aut¨¦ntico h¨¦roe de aquellos juegos, Louys tuvo problemas con una dama de la aristocracia de la que se encaprich¨® y, como premio, las autoridades le regalaron unas tierras en su pueblo natal. Pero los problemas le vinieron por otro lado. El d¨ªa antes de su victoria, esa hermosa dama ateniense se comprometi¨® a entregar su coraz¨®n al ganador de la prueba siempre y cuando fuera un griego. Ella daba por supuesto que ser¨ªa uno de los influyentes hijos de buena familia que participaban en la gesta y no aquel rudo y velludo pastor, con el que, por lo visto, no acab¨® de cumplir sus promesas. Ahora las ¨²nicas promesas son econ¨®micas. A algunos puede parecerles mal pero es m¨¢s pr¨¢ctico. Adem¨¢s: pagar con tierras que no te pertenecen o con el amor interesado de una mujer calculadora resultar¨ªa impropio de nuestra ¨¦poca, tan obsesionada con el qu¨¦ dir¨¢n.
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