La carrera del mal
Atalanta edita una antolog¨ªa sobre el decadentismo, que brill¨® a finales del XIX en Francia y Reino Unido con Baudelaire, Gautier, Huysmans y Wilde a la cabeza

Todas las ¨¦pocas, igual que las personas, sufren su decadencia, pero no todas tienen propagadores, cronistas. Y generalmente el t¨¦rmino se aplica a los grandes imperios, cuya magnitud hace su declive m¨¢s aparatoso y resonante que el de los peque?os territorios. El volumen publicado por Atalanta cuenta, en un bello contenedor que incluye fotos y obra pict¨®rica, el auge del decadentismo, es decir, la historia en verso y prosa de una mentalidad, m¨¢s que una escuela, que quiso decaer desde el principio, o lo que es lo mismo, que quiso sacar de la deflagraci¨®n natural del Romanticismo el rescoldo de sus m¨¢s hinchados pronunciamientos para convertirlo en brillo, en juego, en burla. Lo cuentan sus propios creadores, los m¨¢s esc¨¦pticos, los herederos de un esp¨ªritu de exaltaci¨®n del arte por el arte que eliminaba todo resto de heroicidad y edificaci¨®n en busca de lo negativo y lo insolente. El decadentismo franc¨¦s y todav¨ªa m¨¢s el ingl¨¦s nac¨ªan para consumirse, para exhibirse descaradamente ante las multitudes, que no eran el p¨²blico que deseaban conquistar.
Este libro de lectura apasionante presenta un amplio panorama de los dos centros motores ¡ªFrancia y Reino Unido¡ª de un movimiento que antes de diluirse en esteticismos diversos extendi¨® su franquicia con firmas asociadas por toda Europa y Am¨¦rica. Al igual que otros ismos de la modernidad, el de los decadentes sac¨® su nombre de una befa, pues seg¨²n explic¨® en 1886 el hoy olvidado Anatole Baju, fundador del peri¨®dico Le D¨¦cadent, ¨¦l y sus correligionarios adoptaron como ense?a el ep¨ªteto con el que se les menospreciaba, proclamando en el primer n¨²mero de la publicaci¨®n que ¡°la decadencia pol¨ªtica nos deja fr¨ªos¡±; lo suyo era el decadentismo literario, dedic¨¢ndose pues ¡°a las innovaciones venenosas, a las audacias estupefacientes, a las incoherencias, a las treinta y seis atm¨®sferas en el l¨ªmite m¨¢s comprometido de su compatibilidad con las convenciones arcaicas etiquetadas bajo el nombre de moral p¨²blica¡±. Como se ve, un programa mef¨ªtico y destructivo que el arte del siglo XX adoptar¨ªa en variadas formas sin necesidad de llevar en la solapa claveles verdes ni hacer de la femme fatale el prototipo de la nueva feminidad rampante.

La primera parte de El lector decadente, la m¨¢s extensa, se ocupa de los franceses, escogidos de manera irreprochable y presentados por Jaime Rosal. Est¨¢n los ineludibles, Baudelaire, Gautier, Barbey d¡¯Aurevilly, Villiers, Huysmans, Lou?s, Lorrain, al lado de figuras de prestigio menos estrictamente decadentista como Mallarm¨¦ o Lautr¨¦amont; de este ¨²ltimo, un precursor y no un militante, se incluye entero, en la jugosa traducci¨®n de Julio G¨®mez de la Serna, el Canto primero, donde se enuncian las bases de ¡°la carrera del mal¡± que inicia Maldoror por las alcantarillas de la pedofilia, la prostituci¨®n, el dolor f¨ªsico causado por placer, desideratums o ensue?os que hoy har¨ªan del escritor francouruguayo un apestado.
Pero no todos los malignos son igual de perversos. De hecho, como Jacobo Siruela apunta oportunamente al introducir a Aubrey Beardsley, en la tribu de los decadentes abundaron el arrepentimiento de los excesos primeros, las conversiones con golpes de pecho y las lecturas piadosas en el camino que llev¨® a m¨¢s de uno (Huysmans notablemente) al convento. A¨²n en Francia, Rosales incluye un excelente cuento de L¨¦on Bloy, a quien yo no hab¨ªa le¨ªdo ¡ªprecisamente¡ª por prevenci¨®n anticat¨®lica; Bloy fue un hombre disipado hasta que se le apareci¨® la Virgen, pero sus fervores m¨ªsticos no empa?an el ¨¢cido humorismo macabro del cuento, que quiz¨¢ tendr¨ªa que haberse traducido como La religi¨®n del se?or Llanto. En esa parte francesa destacan los dos cuentos de un escritor que desconoc¨ªa, Jean Richepin, amigo de Bloy pero ajeno a sus deliquios cat¨®licos; los cuentos pertenecen a su colecci¨®n de relatos Les morts bizarres, de 1876, cuando Richepin era un ¡°escandalizador de burgueses¡±, aunque esas ansias se le calmaron, parece ser, entrado el siglo XX, al lograr la admisi¨®n en la Academia y el cargo de alcalde en un pueblo del norte del pa¨ªs.
La segunda mitad de El lector decadente, a cargo de Jacobo Siruela, es menos diab¨®lica, m¨¢s dandi, como corresponde al estilo del fin de si¨¨cle londinense y al car¨¢cter algo circunspecto de la cultura brit¨¢nica. Dentro de un juicioso canon de decadentistas de lengua inglesa, Siruela se permite unas libertades muy refrescantes: cierra sorprendentemente su antolog¨ªa de s¨®lo seis autores con el ocultista Aleister Crowley, La Gran Bestia, que cronol¨®gicamente est¨¢ fuera del c¨®mputo, cosa que el seleccionador compensa por la naturaleza inici¨¢tica del texto escogido, un himno a los poderes m¨¢gicos de la absenta, y la empieza con un protodecadente indudable, William Beckford, analiz¨¢ndolo con sabio detenimiento en su introducci¨®n y reflej¨¢ndolo por persona interpuesta en la carta memorial del paisajista Venn Lansdown. Entre medias, y con textos extensos que cobran toda su elocuencia, el imprescindible Wilde, Beardsley (como escritor y dibujante), el menos conocido y sugestivo conde de Stenbock y Max Beerbohm con su deliciosa defensa de la cosm¨¦tica. En un libro tan cuajado de buenas cosas puede parecer mezquino pedir m¨¢s; a t¨ªtulo personal me habr¨ªa gustado leer alguna muestra de la poes¨ªa del c¨ªrculo decadentista ingl¨¦s, por ejemplo la de Arthur Symons, que fue adem¨¢s autor, en 1893, del primer ensayo sobre El movimiento decadente en la literatura.
A cambio, hay que se?alar una decisi¨®n de extraordinaria bravura, la inclusi¨®n entera, en la inmejorable traducci¨®n de Pere Gimferrer, del manifiesto dram¨¢tico o poema crepuscular de la decadencia que es la Salom¨¦ de Wilde. Esa obra maestra de la sensualidad pervertida, acompa?ada en el libro de las ilustraciones de Beardsley, recuperan el encanto y la disidencia de una ¨¦poca tan breve como trascendental.
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Autor: Jaime Rosal y Jacobo Siruela.
Editorial: Atalanta (2017).
Formato: tapa dura (592 p¨¢ginas).
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