Porque somos adultos
La independencia, autodeterminaci¨®n, autonom¨ªa de un pueblo puede producirse a trav¨¦s de dos procesos divergentes y hasta contrapuestos. Uno, el modelo conservador, se apoya en la tradici¨®n real o supuesta: el m¨¦todo consiste en escarbar en las ra¨ªces, destripar la historia, entrar a saco en los museos para arrancarles h¨¦roes, gestas, banderas o cualquier otro pretexto que sirva de sost¨¦n a la secesi¨®n. Esta variante se sintetiza m¨¢s o menos en la f¨®rmula: siempre hemos sido diferentes y queremos seguir si¨¦ndolo a pesar de lo que nos imponga el centralismo. La controversia entre Estado central y perif¨¦rico no radica, as¨ª, en un enfrentamiento entre metr¨®poli y colonia, sino entre dos naciones diferentes y antag¨®nicas, a las que los avatares de las guerras y las intrigas pol¨ªticas enredaron para beneficio de la mayor pero no tanto de la otra. La reclamaci¨®n de independencia nacionalista se sustenta m¨¢s en el sentimiento que en la raz¨®n y conf¨ªa su triunfo a los s¨ªmbolos: el escudo deste?ido, los m¨¢rtires inmolados, los viejos himnos que antes s¨®lo pod¨ªan cantarse entre susurros volver¨¢n a ganar la calle y el pa¨ªs reconquistar¨¢ la libertad que los acontecimientos arrastraron por el barro. El Estatuto de Catalu?a se basa, obviamente, en estas premisas. Una regi¨®n que cuenta con siglos enteros de andadura privada frente a otras entidades estatales como la corona de Castilla, la de Arag¨®n o la monarqu¨ªa francesa tiene derecho a reclamar su cuota de autogesti¨®n, y resulta l¨ªcito que para ello vuelva su rostro hacia ese pasado en que las fronteras se marcaban con colores distintos en los mapas.
Es normal que Andaluc¨ªa desee las competencias de las nacionalidades hist¨®ricas
Andaluc¨ªa nunca ha sido una naci¨®n, e invent¨¢rsela ahora es algo marrullero
Pero no es el ¨²nico modelo de autonom¨ªa en que un pueblo puede ampararse para acentuar su diferencia. Los ej¨¦rcitos que lucharon contra los estandartes del Imperio Brit¨¢nico en Saratoga y Yorktown estaban formados por nativos ingleses o v¨¢stagos de los primeros colonos, y a Washington jam¨¢s se le habr¨ªa ocurrido calificar a sus 13 provincias de ultramar con el t¨ªtulo de naci¨®n, no al menos en el sentido cl¨¢sico del t¨¦rmino desde el famoso op¨²sculo de Ernest Renan. Sin embargo, los habitantes de esas provincias, alimentados por el ideario de la Ilustraci¨®n, se consideraban lo suficientemente capacitados para decidir pol¨ªticamente por ellos mismos y tomar las riendas del Gobierno en lo que a la gesti¨®n de sus propios recursos y posibilidades se refer¨ªa. Esta segunda propuesta tolerar¨ªa el nombre de modelo liberal de emancipaci¨®n: una no sustentada en los iconos, que no precisa de ritos ni medallas a?ejas para reclamar el derecho de una comunidad a decidir por s¨ª misma qu¨¦ caminos hollar en el futuro sin interposici¨®n de ministerios externos. Aqu¨ª no resultan necesarios idiomas vern¨¢culos, literatura particular, instituciones obligadas al silencio: con la conciencia de autonom¨ªa basta y sobra, esa misma conciencia que hace a la persona adulta dejar en suspenso el dictamen de sus padres, tutores y maestros para confiar en sus propios arrestos.
Es natural que Andaluc¨ªa mire hacia Catalu?a a la hora de plantear su reforma del Estatuto y que desee para s¨ª la ampliaci¨®n de competencias que solicitan las nacionalidades hist¨®ricas. Aun m¨¢s: no debe conformarse con menos cesiones y su gobierno auton¨®mico no debe carecer de la libertad de acci¨®n que se otorgue a otros. Pero inventarse para ello una nacionalidad que no existe me parece marrullero y constitutivo de un delito de deshonestidad que no congenia con el esp¨ªritu del proyecto. Pese a quien pese, Andaluc¨ªa nunca ha sido naci¨®n porque carece de cohesi¨®n, de pasado com¨²n, de signos culturales espec¨ªficamente propios; lo cual no obsta para que exija su independencia en t¨¦rminos an¨¢logos a los de cualquier otro territorio. Cuando se invoca el concepto "realidad nacional", ni yo ni muchos sabemos exactamente a qu¨¦ entelequia se est¨¢n refiriendo los pol¨ªticos. ?Est¨¢ esa realidad en Blas Infante, cuyo patriotismo data de inicios del siglo XX? ?Alude a la bandera blanca y verde, que hubo de improvisarse sobre los vetustos estandartes de Al-?ndalus porque se carec¨ªa de un emblema m¨¢s a mano para colgar sobre las astas de los ayuntamientos? ?Andaluc¨ªa se corresponde precisamente con Al-?ndalus, t¨ªtulo gen¨¦rico de la Espa?a musulmana cuyas lindes abarcaban tambi¨¦n el sur de Portugal y Toledo y que en la mayor parte de su cronolog¨ªa estuvo compuesta por reinos fragmentarios que luchaban entre s¨ª? La ¨²nica realidad que salta a la vista sin necesidad de embarrarse en prospecciones ni genealog¨ªas es que Andaluc¨ªa es un horizonte plural, que integra en su espectro una enorme diversidad de tradiciones, costumbres, dialectos, naciones, un crisol resultante de la combinaci¨®n de la sangre fenicia con la griega, la romana, la visigoda, la ¨¢rabe, la jud¨ªa, la portuguesa, y cuyas lindes se desdibujan entre Extremadura, Castilla, Murcia y Marruecos. Seguramente a historia no nos gana nadie, pero ¨¦sa es una historia diversificada, con afluentes y bifurcaciones, m¨¢s parecida al enramado del ¨¢rbol que a su tallo, y sin duda no muy apta para sostener el mito de una naci¨®n unida. No reside en la realidad nacional, sea lo que sea, el argumento que Andaluc¨ªa debe esgrimir para exigir su plena autodeterminaci¨®n, porque aqu¨ª la tradici¨®n no viene al caso; lo que importa es el presente, un panorama de progreso y expectativas que le permite medirse con cualquier otra regi¨®n en igualdad de condiciones pol¨ªticas y administrativas. La ¨²nica forma de paliar esa disgregaci¨®n tan temida de Espa?a en naciones vecinas pero aisladas es colocar su diferencia no en el pasado, sino en el porvenir: un estado federal con condiciones equivalentes para todos sus integrantes, cimentadas en la capacidad del adulto para enfrentarse a su destino particular y no en los fantasmas de la arqueolog¨ªa.
Luis Manuel Ruiz es profesor de Filosof¨ªa en Sevilla y Premio Internacional de Novela Francturt 2001.
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