La civilizaci¨®n del espect¨¢culo
En alg¨²n momento, en la segunda mitad del siglo XX, el periodismo de las sociedades abiertas de Occidente empez¨® a relegar discretamente a un segundo plano las que hab¨ªan sido sus funciones principales -informar, opinar y criticar- para privilegiar otra que hasta entonces hab¨ªa sido secundaria: divertir. Nadie lo plane¨® y ning¨²n ¨®rgano de prensa imagin¨® que esta sutil alteraci¨®n de las prioridades del periodismo entra?ar¨ªa cambios tan profundos en todo el ¨¢mbito cultural y ¨¦tico. Lo que ocurr¨ªa en el mundo de la informaci¨®n era reflejo de un proceso que abarcaba casi todos los aspectos de la vida social. La civilizaci¨®n del espect¨¢culo hab¨ªa nacido y estaba all¨ª para quedarse y revolucionar hasta la m¨¦dula instituciones y costumbres de las sociedades libres.
?A qu¨¦ viene esta reflexi¨®n? A que desde hace cinco d¨ªas no hallo manera de evitar darme de bruces, en peri¨®dico que abro o programa noticioso que oigo o veo, con el cuerpo desnudo de la se?ora Cecilia Bolocco de Menem. No tengo nada contra los desnudos, y menos contra los que parecen bellos y bien conservados, tal el de la se?ora Bolocco, pero s¨ª contra la aviesa manera como esas fotograf¨ªas han sido tomadas y divulgadas por el fot¨®grafo, a quien, seg¨²n la prensa de esta ma?ana, su haza?a period¨ªstica le ha reportado ya 300.000 d¨®lares de honorarios, sin contar la desconocida suma que, por lo visto, seg¨²n la chismograf¨ªa period¨ªstica, la se?ora Bolocco le pag¨® para que no divulgara otras im¨¢genes todav¨ªa m¨¢s comprometedoras. ?Por qu¨¦ tengo que estar yo enterado de estas vilezas y negociaciones s¨®rdidas? Simplemente, porque para no enterarme de ellas tendr¨ªa que dejar de leer peri¨®dicos y revistas y de ver y o¨ªr programas televisivos y radiales, donde no exagero si digo que los pechos y el trasero de la se?ora de Menem han enanizado todo, desde las degollinas de Irak y el L¨ªbano, hasta la toma de Radio Caracas Televisi¨®n por el Gobierno de Hugo Ch¨¢vez y el triunfo de Nicolas Sarkozy en las elecciones francesas.
?sas son las consecuencias de aceptar que la primera obligaci¨®n de los medios es entretener y que la importancia de la informaci¨®n est¨¢ en relaci¨®n directamente proporcional a las dosis de espectacularidad que pueda generar. Si ahora parece perfectamente aceptable que un fot¨®grafo viole la privacidad de cualquier persona conocida para exponerla en cueros o haciendo el amor con un amante ?cu¨¢nto tiempo m¨¢s har¨¢ falta para que la prensa regocije a los aburridos lectores o espectadores ¨¢vidos de esc¨¢ndalo mostr¨¢ndoles violaciones, torturas y asesinatos en trance de ejecutarse? Lo m¨¢s extraordinario, como ¨ªndice del aletargamiento moral que ha resultado de concebir el periodismo en particular, y la cultura en general, como diversi¨®n y espect¨¢culo, es que el paparazzi que se las arregl¨® para llevar sus c¨¢maras hasta la intimidad de la se?ora Bolocco, es considerado poco menos que un h¨¦roe debido a su soberbia performance, que, por lo dem¨¢s, no es la primera de esa estirpe que perpetra ni ser¨¢ la ¨²ltima.
Protesto, pero es idiota de mi parte, porque s¨¦ que se trata de un problema sin soluci¨®n. La alima?a que tom¨® aquellas fotos no es una rara avis, sino producto de un estado de cosas que induce al comunicador y al periodista a buscar, por encima de todo, la primicia, la ocurrencia audaz e ins¨®lita, que pueda romper m¨¢s convenciones y escandalizar m¨¢s que ninguna otra. (Y si no la encuentra, a fabricarla). Y como nada escandaliza ya en sociedades donde casi todo est¨¢ permitido, hay que ir cada vez m¨¢s lejos en la temeridad informativa, vali¨¦ndose de todo, aplastando cualquier escr¨²pulo, con tal de producir el scoop que d¨¦ que hablar. Dicen que, en su primera entrevista con Jean Cocteau, Sartre le rog¨®: "?Escandal¨ªceme, por favor!". Eso es lo que espera hoy d¨ªa el gran p¨²blico del periodismo. Y el periodismo, obediente, trata afanosamente de chocarlo y espan-
tarlo, porque ¨¦sta es la m¨¢s codiciada diversi¨®n, el estremecimiento excitante de la hora.
No me refiero s¨®lo a la prensa amarilla, a la que no leo. Pero esa prensa, por desgracia, desde hace tiempo contamina con su miasma a la llamada prensa seria, al extremo de que las fronteras entre una y otra resultan cada vez m¨¢s porosas. Para no perder oyentes y lectores, la prensa seria se ve arrastrada a dar cuenta de los esc¨¢ndalos y chismograf¨ªas de la prensa amarilla y de este modo contribuye a la degradaci¨®n de los niveles culturales y ¨¦ticos de la informaci¨®n. Por otra parte, la prensa seria no se atreve a condenar abiertamente las pr¨¢cticas repelentes e inmorales del periodismo de cloaca porque teme -no sin raz¨®n- que cualquier iniciativa que se tome para frenarlas vaya en desmedro de la libertad de prensa y el derecho de cr¨ªtica.
A ese disparate hemos llegado: a que una de las m¨¢s importantes conquistas de la civilizaci¨®n, la libertad de expresi¨®n y el derecho de cr¨ªtica, sirva de coartada y garantice la inmunidad para el libelo, la violaci¨®n de la privacidad, la calumnia, el falso testimonio, la insidia y dem¨¢s especialidades del amarillismo period¨ªstico.
Se me replicar¨¢ que en los pa¨ªses democr¨¢ticos existen jueces y tribunales y leyes que amparan los derechos civiles a los que las v¨ªctimas de estos desaguisados pueden acudir. Eso es cierto en teor¨ªa, s¨ª. En la pr¨¢ctica, es raro que un particular ose enfrentarse a esas publicaciones, algunas de las cuales son muy poderosas y cuentan con grandes recursos, abogados e influencias dif¨ªciles de derrotar, y que lo desanime a entablar acciones judiciales lo costosas que ¨¦stas resultan en ciertos pa¨ªses, y lo enredadas e interminables que son. Por otra parte, los jueces se sienten a menudo inhibidos de sancionar ese tipo de delitos porque temen crear precedentes que sirvan para recortar las libertades p¨²blicas y la libertad informativa. En verdad, el problema no se confina en el ¨¢mbito jur¨ªdico. Se trata de un problema cultural. La cultura de nuestro tiempo propicia y ampara todo lo que entretiene y divierte, en todos los dominios de la vida social, y por eso, las campa?as pol¨ªticas y las justas electorales son cada vez menos un cotejo de ideas y programas, y cada vez m¨¢s eventos publicitarios, espect¨¢culos en los que, en vez de persuadir, los candidatos y los partidos tratan de seducir y excitar, apelando, como los periodistas amarillos, a las bajas pasiones o los instintos m¨¢s primitivos, a las pulsiones irracionales del ciudadano antes que a su inteligencia y su raz¨®n. Se ha visto esto no s¨®lo en las elecciones de pa¨ªses subdesarrollados, donde aquello es la norma, tambi¨¦n en las recientes elecciones de Francia y Espa?a, donde han abundado los insultos y las descalificaciones escabrosas.
La civilizaci¨®n del espect¨¢culo tiene sus lados positivos, desde luego. No est¨¢ mal promover el humor, la diversi¨®n, pues sin humor, goce, hedonismo y juego, la vida ser¨ªa espantosamente aburrida. Pero si ella se reduce cada vez m¨¢s a ser s¨®lo eso, triunfan la frivolidad, el esnobismo y formas crecientes de idiotez y chabacaner¨ªa por doquier. En eso estamos, o por lo menos est¨¢n en ello sectores muy amplios de -vaya paradoja- las sociedades que gracias a la cultura de la libertad han alcanzado los m¨¢s altos niveles de vida, de educaci¨®n, de seguridad y de ocio del planeta.
Algo fall¨®, pues, en alg¨²n momento. Y valdr¨ªa la pena reaccionar, antes de que sea demasiado tarde. La civilizaci¨®n del espect¨¢culo en que estamos inmersos acarrea una absoluta confusi¨®n de valores. Los iconos o modelos sociales -las figuras ejemplares- lo son, ahora, b¨¢sicamente, por razones medi¨¢ticas, pues la apariencia ha reemplazado a la sustancia en la apreciaci¨®n p¨²blica. No son las ideas, la conducta, las haza?as intelectuales y cient¨ªficas, sociales o culturales, las que hacen que un individuo descuelle y gane el respeto y la admiraci¨®n de sus contempor¨¢neos y se convierta en un modelo para los j¨®venes, sino las personas m¨¢s aptas para ocupar las primeras planas de la informaci¨®n, as¨ª sea por los goles que mete, los millones que gasta en fiestas fara¨®nicas o los esc¨¢ndalos que protagoniza. La informaci¨®n, en consecuencia, concede cada vez m¨¢s espacio, tiempo, talento y entusiasmo a ese g¨¦nero de personajes y sucesos. Es verdad que siempre existi¨®, en el pasado, un periodismo excremental, que explotaba la maledicencia y la impudicia en todas sus manifestaciones, pero sol¨ªa estar al margen, en una semiclandestinidad donde lo manten¨ªan, m¨¢s que leyes y reglamentos, los valores y la cultura imperantes. Hoy ese periodismo ha ganado derecho de ciudad pues los valores vigentes lo han legitimado. Frivolidad, banalidad, estupidizaci¨®n acelerada del promedio es uno de los inesperados resultados de ser, hoy, m¨¢s libres que nunca en el pasado.
Esto no es una requisitoria contra la libertad, sino contra una deriva perversa de ella, que puede, si no se le pone coto, suicidarla. Porque no s¨®lo desaparece la libertad cuando la reprimen o la censuran los gobiernos desp¨®ticos. Otra manera de acabar con ella es vaci¨¢ndola de sustancia, desnaturaliz¨¢ndola, escud¨¢ndose en ella para justificar atropellos y tr¨¢ficos indignos contra los derechos civiles.
La existencia de este fen¨®meno es un efecto lateral de dos conquistas b¨¢sicas de la civilizaci¨®n: la libertad y el mercado. Ambas han contribuido extraordinariamente al progreso material y cultural de la humanidad, a la creaci¨®n del individuo soberano y al reconocimiento de sus derechos, a la coexistencia, a hacer retroceder la pobreza, la ignorancia y la explotaci¨®n. Al mismo tiempo, la libertad ha permitido que esa reorientaci¨®n del periodismo hacia la meta primordial de divertir a lectores, oyentes y televidentes, fuera desarroll¨¢ndose en proporciones cancerosas, atizada por la competencia que los mercados exigen. Si hay un p¨²blico ¨¢vido de ese alimento, los medios se lo dan, y si ese p¨²blico, educado (o maleducado, m¨¢s bien) por ese producto period¨ªstico, lo exige cada vez en mayores dosis, divertir ser¨¢ el motor y el combustible de los medios cada d¨ªa m¨¢s, al extremo de que en todas las secciones y formas del periodismo aquella predisposici¨®n va dejando su impronta, su marca distorsionadora. Hay, desde luego, quienes dicen que m¨¢s bien ocurre lo opuesto: que la chismograf¨ªa, el esnobismo, la frivolidad y el esc¨¢ndalo han prendido en el gran p¨²blico por culpa de los medios, lo que sin duda tambi¨¦n es cierto, pues una cosa y la otra no se excluyen, se complementan.
Cualquier intento de frenar legalmente el amarillismo period¨ªstico equivaldr¨ªa a establecer un sistema de censura y eso tendr¨ªa consecuencias tr¨¢gicas para el funcionamiento de la democracia. La idea de que el poder judicial puede, sancionando caso por caso, poner l¨ªmite al libertinaje y violaci¨®n sistem¨¢tica de la privacidad y el derecho al honor de los ciudadanos, es una posibilidad abstracta totalmente desprovista de consecuencias, en t¨¦rminos realistas. Porque la ra¨ªz del mal es anterior a esos mecanismos: est¨¢ en una cultura que ha hecho de la diversi¨®n el valor supremo de la existencia, al cual todos los viejos valores, la decencia, el cuidado de las formas, la ¨¦tica, los derechos individuales, pueden ser sacrificados sin el menor cargo de conciencia. Estamos, pues, condenados, nosotros, ciudadanos de los pa¨ªses libres y privilegiados del planeta, a que las tetas y culos de los famosos y sus "bellaquer¨ªas" gongorinas, sigan siendo nuestro alimento cotidiano.
? Mario Vargas Llosa, 2007. ? Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario EL PA?S, SL, 2007.
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