Bahia Bakari, la ni?a milagro
Su historia es ¨²nica. Esta francesa de 14 a?os fue la ¨²nica superviviente del Airbus que se estrell¨® en junio en el ?ndico. Cay¨® al mar desde el cielo y sobrevivi¨® agarrada a un trozo del fuselaje. ?ste es su relato.
El 30 de junio de 2009, a las cuatro de la ma?ana, un avi¨®n a punto de aterrizar que viajaba desde Yemen a las islas Comoras se estamp¨® contra el oc¨¦ano ?ndico, a una treintena de kil¨®metros del aeropuerto de la ciudad de Moron¨ª, con 153 personas a bordo. S¨®lo hubo una superviviente: Bahia Bakari, una adolescente francesa que ahora tiene 14 a?os, muy t¨ªmida, buena estudiante, fan de los Jonas Brothers, habitante de la periferia parisiense, que segundos antes de que el avi¨®n se despedazara al estrellarse contra el agua, buscaba, inclinada sobre la ventanilla de su asiento, las luces de la costa.
-Hubo una turbulencia y mir¨¦ a mi madre, luego sent¨ª una descarga el¨¦ctrica por todo el cuerpo y perd¨ª el sentido. Despu¨¦s me vi ya dentro del agua.
"O¨ª gritos de varias mujeres que ped¨ªan socorro cerca de m¨ª. Me fij¨¦ por si ven¨ªan a rescatarlas y luego a m¨ª"
"O¨ª que me gritaban 'ven' o 'por aqu¨ª', pero yo no pod¨ªa hacer nada, no ten¨ªa fuerzas ni para levantar la mano"
"No pens¨¦ demasiado al principio. Por la noche no reflexion¨¦ mucho. Tan s¨®lo ten¨ªa miedo de una cosa: de los tiburones"
Ella sonr¨ªe de forma triste y esconde la cara porque todo le recuerda a su madre, cuyo cad¨¢ver nunca ha sido encontrado
"Todo se qued¨® en silencio. Vi cuatro trozos del avi¨®n. Eleg¨ª uno que ten¨ªa una ventanilla por ser el m¨¢s grande"
"Cre¨ª que era la ¨²nica en salir del avi¨®n. Que al mirar para ver c¨®mo aterrizaba me hab¨ªa ca¨ªdo por la ventanilla"
Bahia, delgada, aparentemente fr¨¢gil, cuenta su milagrosa historia con un hilo de voz, pero sin titubeos, sentada en la lavadora de la cocina de su casa de Corbeil-Essonnes, una localidad situada a una veintena de kil¨®metros de Par¨ªs. Al principio no tiene ganas de volver a recordar el accidente, el rescate a manos de un pescador, la muerte de su madre, las largas horas en soledad pasadas en medio del oc¨¦ano agarrada a un trozo de avi¨®n que se balanceaba peligrosamente al ritmo de las olas... Pero luego se anima explic¨¢ndose cosas a s¨ª misma y acaba sonriendo a veces. Su padre, Kassim Bakari, de 42 a?os, se encuentra al lado, atento a lo que dice su hija, a las reacciones de su cara, protegi¨¦ndola de todo, como ha hecho desde el d¨ªa en que se enter¨® por un telefonazo urgente de que, tras haberla dado por muerta junto a la madre, su hija hab¨ªa sobrevivido al accidente.
-Acu¨¦rdate, pap¨¢, de que hoy tenemos un cumplea?os y hemos dicho que vamos a ir.
-S¨ª, Bahia.
El piso, de tres habitaciones, es modesto, est¨¢ cuidado y limpio. Al fondo se escuchan las voces de los juegos de los tres hermanos de Bahia, todos m¨¢s peque?os que ella. El padre, que ha trabajado toda la vida de transportista, acaba de llegar en autob¨²s de hacer la compra en el centro comercial de la ciudad. Mira a su hija y escucha su relato en silencio, sin intervenir apenas, con un punto de orgullo en los ojos.
Todo empez¨® el 29 de junio pasado, cuando Bahia y su madre Aziza salieron de casa en direcci¨®n al aeropuerto parisiense de Charles de Gaulle para acudir a una boda muy lejana. El destino final del viaje era las islas Comoras, la tierra de origen de la familia, el lugar en el que nacieron el padre y la madre de Bahia en la d¨¦cada de los sesenta. Los 1.300 euros de cada billete obligaron a seleccionar y el padre decidi¨® que volaran s¨®lo su mujer y su hija mayor en representaci¨®n de los Bakari para acompa?ar a un t¨ªo suyo que se casaba en una semana.
Llenaron una maleta entera con regalos franceses; otra con ropa de verano. Desde Par¨ªs volaron hasta la ciudad de Marsella; de Marsella, en otro avi¨®n similar, a San¨¢a, en Yemen. All¨ª, la compa?¨ªa Yemenia Airlines les cambi¨® de nuevo de avi¨®n para la ¨²ltima parte del viaje. El aparato, un viejo Airbus 310, sin permiso desde 2007 para volar en Europa por determinadas irregularidades detectadas por las autoridades aeron¨¢uticas francesas y confinado a trayectos africanos menos exigentes, constitu¨ªa lo que los comoranos, acostumbrados a esa compa?¨ªa a¨¦rea, denominan "aviones basura" o "aviones ata¨²d". Bahia lo describe a su manera:
-Ol¨ªa mucho a v¨¢ter. Y hab¨ªa moscas dentro.
En un principio, a Bahia le correspondi¨® un asiento situado lejos de su madre. Tras hablar con las azafatas, pudo cambiarse y sentarse junto a ella, al lado tambi¨¦n de la ventanilla.
-No not¨¦ nada especial en el vuelo. Estaba muy cansada, muy aburrida. Llev¨¢bamos m¨¢s de 14 horas de viaje desde Par¨ªs, en tres aviones distintos. Ten¨ªa muchas ganas de llegar. Recuerdo que me levant¨¦ para ir al servicio, que volv¨ª, que me sent¨¦ y que las azafatas dijeron entonces que nos prepar¨¢ramos, que ¨ªbamos a aterrizar ya. Ellas se sentaron en sus sitios y se ataron los cinturones. Las not¨¦ tranquilas. Yo me at¨¦ el m¨ªo. Recuerdo perfectamente que me lo at¨¦. Miraba por la ventanilla, muy inclinada sobre el cristal, para descubrir las luces del puerto...
Entonces oye un ruido insoportable parecido al que hace una tela al rasgarse. Siente una suerte de aspiraci¨®n gigante y una descarga el¨¦ctrica en su sistema nervioso que la deja inconsciente. El avi¨®n acaba de estrellarse en el mar sin que a¨²n se sepa exactamente por qu¨¦. Nadie ha dado a¨²n con las causas de este accidente, todav¨ªa con un juicio pendiente.
Bahia despierta en el agua. Bucea, sale a flote. Tose, escupe, grita. Nada unos cuantos metros gracias a los conocimientos de nataci¨®n de las clases de piscina del instituto. No recuerda el momento de caer, no recuerda el golpetazo contra el mar. Tan s¨®lo el hecho de verse de pronto debajo de las olas.
-O¨ª gritos de varias mujeres que ped¨ªan socorro cerca de m¨ª. Me fij¨¦ por si ven¨ªan a rescatarlas y luego a m¨ª. Pero no pude orientarme. Luego todo se qued¨® en silencio. Vi cuatro trozos del avi¨®n a mi lado. Eleg¨ª uno que ten¨ªa una ventanilla porque era el m¨¢s grande.
Trata de subirse a ¨¦l, pero la plancha de metal no tiene superficie suficiente y se desliza por debajo de ella o acaba hundi¨¦ndose. Se resigna a quedarse recostada, con la cabeza y el torso apoyados en la plancha pero con las piernas sumergidas. Nota que el mar sabe a gasolina. No repara en el queroseno que la rodea, liberado por el avi¨®n tras el accidente. No hay fuego, ni llamas, ni luces cerca o lejos, ni luna en el cielo. Bahira recuerda una noche cerrada y silenciosa en la que acaba de ingresar de golpe sin comprender a¨²n c¨®mo. Imagina tontamente la maleta llena de regalos para los parientes de la boda hundida en el mar. Siente que le duele el ojo izquierdo, que le pesan las piernas, que los pantalones vaqueros y los botines se han convertido de pronto en una condena, que no puede mover el cuello hacia la derecha, que le duele la cadera.
-Al principio no pens¨¦ demasiado en lo que me hab¨ªa pasado. Por la noche no reflexion¨¦ mucho. Tan s¨®lo ten¨ªa miedo de una cosa: de los tiburones.
Trata de no dormirse porque tambi¨¦n tiene miedo de soltarse de la plancha y hundirse. Pero no puede evitarlo y se adormece, brutalmente agotada, sin haber pensado a¨²n mucho en lo que le acaba de ocurrir.
Es entonces, mientras su hija flota de noche en medio del oc¨¦ano subida a un trozo del avi¨®n con ventanilla, cuando su padre, Kassim, recibe la primera de las llamadas angustiosas de esas horas. En Par¨ªs son entonces las tres de la madrugada, dos horas menos que en las islas Comoras. Una amiga francesa le pide que ponga la televisi¨®n en ese momento. ?l obedece. Cambia de cadena, una detr¨¢s de otra, al no encontrar nada interesante: entonces repara en la leyenda roja de alerta que luce un canal de noticias, que informa en un teletipo escueto de que un vuelo de Yemenia Airlines con destino a Moron¨ª ha desaparecido de la pantalla de los radares hace poco m¨¢s de una hora. Permanece imantado a la televisi¨®n hasta que amanece. Entonces decide llevar a sus tres hijos peque?os a casa de su hermana y encerrarse en su domicilio a la espera de noticias. Hay familiares que acuden al aeropuerto, bloqueado por un grupo de hombres indignados tambi¨¦n originarios de las Comoras que protestan por el estado de los aviones en que les obligan a viajar a Moron¨ª.
Mientras, en la parte del mundo en la que Bahia vaga a la deriva, entre las islas Comoras y el continente africano, ha amanecido hace tiempo. Milagrosamente, Bahia, la adolescente delgada y de apariencia fr¨¢gil, no se ha desprendido del trozo de avi¨®n que le sirve de balsa a pesar de su semiinconsciencia. No sabe c¨®mo lo hizo, c¨®mo lo consigui¨®: pero sigue viva, abrazada a la plancha met¨¢lica con ventanilla. A¨²n tiene en la boca el sabor met¨¢lico de la gasolina. Siente que hace mucho fr¨ªo, cada vez m¨¢s.
Entonces, a la luz de la ma?ana, auxiliada por cierta lucidez que le aporta el haber dormido y descansado algo, Bahia descubre lo sola que se encuentra en medio del oc¨¦ano.
-Pens¨¦ que yo era la ¨²nica que hab¨ªa salido del avi¨®n. Que tal vez por inclinarme tanto para ver c¨®mo aterrizaba me hab¨ªa ca¨ªdo, no s¨¦ c¨®mo, a trav¨¦s de la ventanilla. Pens¨¦ que mi madre deb¨ªa de estar muy preocupada en el aeropuerto, con los otros pasajeros, sin saber d¨®nde estaba yo, por d¨®nde andaba. Cuando record¨¦ las voces de las mujeres que ped¨ªan socorro, que yo hab¨ªa o¨ªdo por la noche, pens¨¦ que las hab¨ªa so?ado, que eran una pesadilla. Era dif¨ªcil saber lo que era un sue?o y lo que no.
Con el amanecer, las islas Comoras se han movilizado para acudir al rescate de las v¨ªctimas del accidente. Tambi¨¦n Francia que, desde la cercana colonia de la isla de Mayotte, ha enviado aviones de reconocimiento. Hay buques militares, viejos barcos de pescadores que salen en ayuda de las v¨ªctimas a pesar de que el mar se encrespa cada vez m¨¢s, a cada minuto. Los patrones llevan anotadas las coordenadas servidas por los aviones que ya han rastreado la zona y aseguran haber visto restos del Airbus. Todos saben que no hay mucho tiempo: las corrientes marinas, lejos de avanzar hacia la costa de las islas Comoras, lo empujan todo en direcci¨®n contraria, hacia Tanzania, a una velocidad constante de 80 kil¨®metros en un d¨ªa. Esto significa que la carrera no es s¨®lo contra el temporal que parece ech¨¢rseles encima, sino contra el reloj.
Bahia, a su manera confusa e instintiva tambi¨¦n se da cuenta de eso: comprueba que la costa verde que al principio de la ma?ana descubri¨® al frente se aleja cada vez m¨¢s sin que pueda hacer nada por impedirlo. Ya ni siquiera bracea. Las piernas se le han vuelto de plomo y comienzan a dolerle. El ojo izquierdo no ha dejado de dolerle en ning¨²n momento. Le empieza a doler tambi¨¦n la cadera a cada movimiento. Sigue sin poder torcer el cuello. Tiene sed, debido a que cada vez traga m¨¢s agua salada con sabor a queroseno por la creciente envergadura y violencia de las olas. Y hambre: su ¨²ltima comida fue un pollo indigesto y una ensalada de muy mala pinta que les ofrecieron en ese avi¨®n de saldo y que su madre le oblig¨® a comerse por entero. El balanceo de la plancha en la que vaga sujeta es m¨¢s pronunciado. Cada hora que pasa es m¨¢s dif¨ªcil evitar que el mar la devore debido a su propia debilidad creciente.
-O¨ªa aviones. Luego me he enterado de que siempre era el mismo avi¨®n, que recorr¨ªa la zona en busca de supervivientes. Pero yo no lo sab¨ªa. Cre¨ª que eran aviones diferentes, que simplemente pasaban por ah¨ª.
Hay decenas de barcos que buscan por el ¨¢rea acotada. Algunos encuentran cad¨¢veres, restos del avi¨®n que flotan a la deriva. A bordo del pesquero Hishima, un marinero llamado L¨ªbouna Seleman¨ª descubre algo encima de una plancha de metal que navega a unos centenares de metros de su posici¨®n. El potente oleaje le despista, pero luego vuelve a verlo. Da la voz de alarma, grita al cuerpo que se balancea a lo lejos. Le arrojan un salvavidas que se queda flotando cerca sin que la persona que permanece encima de la plancha se moleste en mirarlo. Da la impresi¨®n de que est¨¢ muerta.
-O¨ª gritos, vi el barco de unos pescadores. Era ya despu¨¦s de mediod¨ªa. No recuerdo bien, porque yo me dorm¨ªa y me despertaba agarrada a la plancha. O¨ª que me gritaban "ven" o "por aqu¨ª", pero yo no pod¨ªa hacer nada, no ten¨ªa fuerzas ni siquiera para levantar la mano. Me encontraba casi desmayada.
Seleman¨ª no se lo piensa mucho y se arroja al agua con un cabo de cuerda en la mano. Llega nadando, no sin dificultad, hasta Bahia, que no recuerda muy bien el momento en que el marinero consigue agarrarla poni¨¦ndole una mano en el hombro. Le habla: "Tranquila, no te muevas. Te vamos a sacar de aqu¨ª".
La arrastra hasta el barco. La izan. La refugian en el camarote del patr¨®n. La ayudan a despojarse de los botines, de los pantalones vaqueros, de la sudadera empapada y fr¨ªa. La envuelven en cuatro mantas. Tirita. Siente escalofr¨ªos. El patr¨®n le hace una cura de urgencia en el ojo herido. Le ayuda a vomitar varias veces el agua salada y el queroseno que almacenaba en el est¨®mago y que funciona como un veneno. Ella da su nombre y el de su ciudad a los pescadores. Pregunta por su madre, convencida a¨²n de ser la ¨²nica persona que se ha ca¨ªdo del avi¨®n y no la superviviente de un avi¨®n destrozado. Sin precisar mucho, le contestan que la espera en el aeropuerto. Le dan algo de comer y algunos vasos de agua azucarada. Despu¨¦s se duerme, exhausta, sin saber todav¨ªa lo que le ha ocurrido, despu¨¦s de haber flotado m¨¢s de ocho horas a la deriva completamente sola y en silencio, aterrorizada por los tiburones de su imaginaci¨®n y por la amenaza real de ahogarse.
La noticia de que existe un superviviente del monstruoso accidente de avi¨®n da la vuelta al mundo, al principio con un error de bulto. Alguien desde el barco comunica que han rescatado a una ni?a y alguien en el puerto entiende que se trata de un beb¨¦. Han de pasar a¨²n varias horas hasta confirmar que la milagrosa superviviente es una adolescente de 13 a?os, delgada, con nombre y apellidos, que vive en las afueras de Par¨ªs.
?se es el segundo telefonazo de urgencia que recibe el padre de Bahia en menos de diez horas. Un amigo de las islas Comoras que acaba de enterarse, le pregunta a bocajarro, casi sin saludar:
-Kassim, ?c¨®mo se llama exactamente tu hija, la del accidente?
Bahia llega a un hospital de Moron¨ª. Los m¨¦dicos la diagnostican heridas en un ojo, quemaduras en la mejilla, quemaduras en las piernas y una clav¨ªcula y una cadera rotas. A falta de hemorragias internas, nada grave. El coronel Maurice Mauplot, que particip¨® en las labores de rescate, afirm¨® tras conocer el parte m¨¦dico que ¨¦l hab¨ªa visto gente que se hab¨ªa ca¨ªdo de una bicicleta con m¨¢s heridas que ella.
Bahia todav¨ªa cree que ella sola se cay¨® del avi¨®n, que ¨¦ste aterriz¨® sin problemas hace horas, que su madre vive. Por eso no entiende qu¨¦ hace all¨ª, a su lado, una psic¨®loga. ?sta le explica que hay muchas probabilidades de que se sienta culpable despu¨¦s de haber sobrevivido a un accidente de avi¨®n. Sorprendida, confusa, extra?ada de esa frase algo enigm¨¢tica, Bahia le pregunta por qu¨¦ no est¨¢ ah¨ª su madre, y la psic¨®loga le responde, brutalmente, que no hay m¨¢s supervivientes, que ella es la ¨²nica persona viva que ha salido de ese avi¨®n.
Bahia habla poco de su madre. No quiere que le pregunten por ella. Su familia, durante mucho tiempo, tampoco lo hizo. Era, seg¨²n cuenta, una manera de conjurar su ausencia, de sufrirla cada uno por su lado. Hasta que una vez, meses despu¨¦s del accidente, su hermano Badway, de tres a?os, se arroj¨® al suelo aferrado a un ramo de flores que hab¨ªa encontrado en casa, gritando que eran para su mam¨¢. La adolescente lo cuenta en un libro publicado recientemente, titulado Bahia, la miracul¨¦, en el que relata toda la historia al periodista Omar Guedouz. Ah¨ª tambi¨¦n explica que el golpe de enterarse de que su madre hab¨ªa muerto en el accidente fue mucho m¨¢s grande y m¨¢s doloroso que el que sinti¨® al desintegrarse el avi¨®n, peor que la noche pavorosa que padeci¨® a la deriva en medio del mar.
El resto de la historia es simple: regres¨® en el avi¨®n de un ministro franc¨¦s que acudi¨® a interesarse por ella y a hacerse la foto, se reencontr¨® con su padre, dividido entre la angustia de haber perdido a su mujer y la alegr¨ªa de haber recuperado a su hija mayor; convaleci¨® durante varios meses en un hospital de Par¨ªs, la visit¨® de forma mete¨®rica el presidente de la Rep¨²blica, Nicolas Sarkozy, se le cerraron de nuevo los huesos de la clav¨ªcula y de la cadera, se le cur¨® el ojo, las quemaduras leves de la mejilla y las graves de las piernas. Volvi¨® a su casa y recuper¨® la vida cotidiana: su instituto, sus amigos, sus notas brillantes de alumna modelo. Sigue siendo t¨ªmida, como recuerda el padre, que tambi¨¦n resalta el inmenso deseo de vivir y el instinto de superviviente y la tenacidad que demostr¨® en las horas sufridas despu¨¦s del accidente y en los d¨ªas y meses que siguieron. En alg¨²n lugar de la casa guarda el tel¨¦fono de varios psic¨®logos especializados que le dieron en el hospital para ayudar a Bahia, pero no los ha utilizado por ahora.
Ella sonr¨ªe de una manera trist¨ªsima y esconde la cara porque todo esto le recuerda a su madre, cuyo cad¨¢ver nunca fue encontrado. Asegura que casi todos los d¨ªas se acuerda del accidente, de la noche agarrada a la plancha con la ventanilla. Pero necesita terminar ya de contarlo. Hay cosas m¨¢s importantes que hacer para una chica de 14 a?os: el futuro, que esta tarde tiene forma de un amigo que llama, que espera abajo y que les mete prisa a ella y a su padre para que salgan de casa. Se levanta de la lavadora de un salto.
-?Pap¨¢, v¨¢monos ya, tenemos que irnos al cumplea?os, lo prometiste!
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