Un viaje portugu¨¦s (1)
A Nemesio Alonso"La escuela, al final del pueblo, ten¨ªa mimosas alrededor. Por delante pasaba la carretera de alquitr¨¢n, en reparaci¨®n desde hac¨ªa a?os, que sal¨ªa de Oporto y llegaba hasta Bragan?a. Bordeada de montones de cascajos, arsenal inagotable y siempre a mano para amedrentar a pedradas a los de Anta, era por donde Canca, encaramado en su moto, aparec¨ªa y desaparec¨ªa a cien por hora, en una nube de polvo.
- ?Por ah¨ª va el diablo montando a su padre! -grit¨¢bamos desde la explanada del viejo caser¨®n rectangular, de un solo piso, que en sus traseras serv¨ªa tambi¨¦n de casa al maestro. Ten¨ªa ventanas abiertas todo alrededor. Por uno de los lados dejaban ver de lejos el Mardo, muy azul en verano y muy blanco en invierno, y mal se le notaba que en tiempos hubiera estado encalado. En la fachada central, entre dos rodrigones, se balanceaba la campana.
Piojoso... Piojoso... Piojoso...
Si tiene piojos, lo rapar¨¢n... Si tiene piojos, lo repar¨¢n..., respond¨ªa la de Ferment¨® es, cuando el viento soplaba a favor.
(Miguel Torga, La creaci¨®n del mundo)
Los reyes de Portugal
Desde la lejan¨ªa, viniendo de Espa?a, Bragan?a es una estrella de piedra en la llanura, una luci¨¦rnaga inmensa que desaparece y reaparece, a cada curva de la carretera, entre las sombras de las colinas y de los pinos que la rodean. El viajero, que atraves¨® la raya en Portelo y ya ha dejado atr¨¢s Franga, Rabal, Oleirinhos, Meixedo, peque?os pueblos oscuros, dormidos bajo la noche, divisa la ciudad y acelera el coche por ver si llega a ella antes de que amanezca. Al viajero le gusta llegar a las ciudades a esa hora, bien la del alba, bien la del anochecer, en la que todav¨ªa nada es concreto.
Pero, contra su deseo, cuando el viajero llega a Bragan?a ya ha amanecido y la vieja ciudad ha despertado de su sue?o; del de la noche, que del de su larga historia de reyes y de batallas no despertar¨¢ ya nunca por m¨¢s que as¨ª lo quisieran sus habitantes. No en vano un rey la fund¨®, en 1187, sobre las piedras de un antiguo castro ib¨¦rico, y no en vano aqu¨ª naci¨®, en 1640, la dinast¨ªa que reinar¨ªa en Portugal y en Brasil mientras ambos pa¨ªses fueron reinos. Hasta principios de siglo en el caso de aqu¨¦l y hasta finales del anterior en el' d¨¦ ¨¦ste. Aunque hoy, quiz¨¢ ya nadie recuerde ,por lo menos los que ahora el viajero se cruza con su coche por las calles ni a Joao IV n ni Alfonso VI, ni a Pedro V, ni a Luis I, ni a ninguno de los reyes que de Breagan?a se apellidaron o lo que en Bragan?a nacieron .
Los que ahora el viajero secruza con su coche por las calles (todav¨ªa pocos : aparte de ser temprano, hoy es 14 de agosto) son gente humilde, medio dormida, que se dirige a sus trabajos en el campo o camina sin prisa por las aceras. El viajero atraviesa dos sem¨¢foros, se pierde en uno de ellos, da marcha atr¨¢s, desemboca en un paseo (aqu¨ª, si, empieza ya a ver gente) y, con ayuda de un plano y de las indicaciones de un polic¨ªa que pasea aburrido entre los coches, se dirige hacia el castillo, cuyas torres se divisan ya a lo lejos. Aparte de ser temprano, al viajero le gusta comenzar a visitar las ciudades por arriba, tanto en su topograf¨ªa como en el tiempo.
El castillo de Bragan?a, hasta el que el viajero llega subiendo por estrechas y m¨ªseras callejas, impresiona m¨¢s a¨²n de cerca que desde lejos. Erguido sobre la roca, dominando la ciudad y la cercana frontera, para cuya defensa fue construido como la mayor¨ªa de los castillos de Tr¨¢s-os-Montes, se rodea de torres y de murallas y constituye en realidad una ciudad dentro de otra. Viejas casitas blancas adosadas a los muros, como si formaran ya parte de ellos, y una iglesia tambi¨¦n blanca, pero m¨¢s alta que aqu¨¦llas, se esconden dentro de las murallas rodeando el castillo y evocando los tiempos en los que Bragan?a era s¨®lo esto: una peque?a ciudad medieval temerosa de Dios y de sus reyes. Hoy, al cabo de los siglos., algunas casas est¨¢n cerradas, con el deterioro y el abandono adue?ados ya de ellas, pero en a mayor¨ªa macetas en las ventanas y cartees para turistas ( V¨¦nde-se mel, Restaurante, Artesan¨ªa de Tr¨¢s-os-Montes) indican al viajero que siguen habitadas, aunque, a juzgar por su tama?o y por su altura, sus habitantes deben de ser liliputienses.
Por contra, los antiguos habitantes del castillo debieron de ser m¨¢s altos, a juzgar cuando menos por la altura de sus muros y por las gigantescas dimensiones de sus puertas. La fortaleza, bien conservada y con flechas se?alando sus entradas y salidas, se alza en una explanada, separada de las casas y de la iglesia, y en su torre del homenaje, que mide 18 metros -al menos, seg¨²n las gu¨ªas-, ondean las banderas de la ciudad y la portuguesa. Por lo que dice un letrero, el castillo es ahora un museo militar y, a la vuelta de una esquina, al asomarse a una puerta, el viajero lo comprueba por s¨ª mismo al ver a un guarda que lee el peri¨®dico mientras espera la llegada de los primeros turistas. Todav¨ªa son las nueve y diez de la ma?ana y, seg¨²n dice el cartel, el museo abri¨® a las nueve.
Pero al viajero no le gustan los museos. Y menos los militares. Para guerras ya tiene ¨¦l suficientes con las suyas y antes prefiere ir a mirar la ciudad desde las murallas y pasear entre las casitas, algunos de cuyos due?os va han empezado a dar se?ales de vida. Son baj¨¢is, como pensaba, pero ninguno es liliputiense.
-Lo que somos es muy viejos.
La se?ora se r¨ªe y mira a sus compa?eras. La se?ora lleva aqu¨ª cuarenta a?os, de Ios 63 que tiene ,est¨¢ encantada en la Vila como le llaman los bragantinos al casco antiguo, aunque no haya m¨¢s que viejos. Los novos prefieren, dice, la ciudad nueva.
Nova, aunque ya con hijos, es, no obstante, una de ellas. Se llama Irene y es rubia y sonr¨ªe todo el rato. Como sus compa?eras de charla, vive aqu¨ª desde hace a?os, desde que se cas¨® en Bragan?a con un pe¨®n de alba?il, aunque es de Mirandela. A?ora, por supuesto, su ciudad, que est¨¢ a 60 kil¨®metros, pero dice vivir a gusto en la Vila porque es, dice, como un pueblo. Y porque, adem¨¢s, a?ade, ante la complacencia de sus vecinas m¨¢s veteranas, como vienen muchos turistas, se entretiene hablando con ellos.
El viajero, aunque no es turista, o al menos as¨ª lo cree (turista es el que viaja
por capricho y viajero el que lo hace por condici¨®n), tambi¨¦n est¨¢ entretenido hablando con Irene y sus vecinas, pero, despu¨¦s de un rato, se despide y reanuda su paseo por la Vila, entre los callejones llenos de flores y gatos, hasta que sin darse cuenta desemboca otra vez en la explanada del castillo, al lado del edificio que se alza junto a la iglesia. Una mujer ya mayor, con una llave en la mano, se dispone en ese instante a ense?arlo a unos turistas y el viajero se une a ellos. Al viajero, al contrario que a Irene y a sus vecinas, no le gustan los turistas, pero quiere saber lo que hay ah¨ª dentro.
-?sta es la Domus Municipalis, tambi¨¦n conocida como la Casa del Agua, joya ¨²nica del rom¨¢nico portugu¨¦s y la Domus m¨¢s antigua del pa¨ªs -recita de corrido la se?ora mientras agita la llave, joya ¨²nica tambi¨¦n, al menos por su tama?o, de la forja portuguesa, en el centro de este enorme cobertizo de granito abierto a todos los vientos y bordeado de un largo poyo al que el viajero ya ha ido a sentarse. El viajero est¨¢ cansado despu¨¦s de su paseo por la Vila y, como adem¨¢s entiende mal el portugu¨¦s, sobre todo cuando lo hablan tan r¨¢pido, prefiere enterarse por sus gu¨ªas de lo que la se?ora dice: que el edificio fue construido sobre una cisterna de agua all¨¢ por el siglo XII; que es, en efecto, la m¨¢s antigua Domus de Portugal; que tiene planta pentagonal; que es de ra¨ªs griega o romana y que, mientras estuvo en activo, era el foro comunal de las gentes de Bragan?a.
-?Y c¨®mo se llama usted? -le pregunta el viajero a la se?ora cuando acaba de leerlo.
-Matilde -responde ¨¦sta.
-Pues muchas gracias, Matilde -le dice, d¨¢ndole la propina y saliendo otra vez a la explanada.
No es que el viajero no sea educado. El viajero lo es, y mucho, al menos para los tiempos que corren, pero, como ya sabe lo que es la Domus, y como adem¨¢s no entiende bien el portugu¨¦s de la se?ora (como tampoco cree que lo entiendan los turistas) prefiere seguir su ruta e ir a fumar un cigarro junto a la porca que ha visto antes, al llegar junto al castillo. Es un berraco de piedra, quiz¨¢ de la Edad del Hierro (al menos, seg¨²n las gu¨ªas), y cuya profusi¨®n en Tr¨¢s-os-Montes hacen suponer a ¨¦stas que, fuera un animal especialmente temido o venerado en la regi¨®n. La porca, partida en dos por una picota, a la que sirve de base, parece, sin embargo, ya bastante muerta y el viajero se sienta a fumar su cigarro al lado, a la sombra de los tilos que han plantado en torno a ella, mientras observa el ir y venir de la gente que despierta -ya tarde- a la ma?ana de verano en esta ciudad dormida, como la porca, en la leyenda de su castillo y en el tiempo. Ellos son los verdaderos bragantinos, los verdaderos reyes. de Portugal, aunque sus vecinos de all¨¢ abajo no lo, sepan.
Segunda feira en Bragan?a
En las calles de Bragan?a (la ciudad nueva, aunque tampoco es tan nueva), hay ya mucha animaci¨®n cuando el viajero regresa a ella. Son las diez de la ma?ana y la gente viene y va de un sitio a otro o se agolpa en los comercios y en las tiendas. Hoy es segunda feira, d¨ªa de mercado en Bragan?a, y como adem¨¢s es fiesta (Nossa Senhora das Gra?as, cuya festividad se conmemora ma?ana, pero cuyas celebraciones empiezan hoy al decir de los carteles), los bragantinos est¨¢n todos en la calle comprando o haciendo recados o, simplemente, matando el tiempo. Hay tambi¨¦n mucha gente de los pueblos, campesinos que han venido a la ciudad a hacer sus compras o a ver al m¨¦dico o al abogado y emigrantes que han venido a visitarla aprovechando que est¨¢n de vacaciones en sus pueblos y a los que se les nota en seguida su condici¨®n y su procedencia. Mientras que aqu¨¦llos visten de pobre y llegan en autobuses o en camionetas atiborradas de gente hasta lo imposible, ¨¦stos visten de turistas y circulan por las calles de Bragan?a en sus flamantes coches de importaci¨®n y con matr¨ªculas extranjeras.
El viajero, despu¨¦s de abrirse paso entre ellos, consigue al fin aparcar el suyo, en una acera frente a la S¨¦, y, tras desayunar frugalmente en el Caf¨¦ A Chave D'Ouro, un enorme cafet¨®n situado en una esquina de la plaza, se dedica a pasear por la ciudad confundido entre la gente. Primero va hacia la catedral, una modesta iglesia encalada que anta?o fue de los jesuitas, sin mayores atractivos desde fuera (y, por lo que dicen las gu¨ªas, tampoco dentro: el interior posee algunos azulejos notables, un ¨®rgano con carpinter¨ªa policromada y los altares del coro en madera esculpida y dorada), y, luego, sin visitarla, da media vuelta y se pierde por las calles que confluyen en la plaza frente a aqu¨¦lla. Al viajero le gustan las catedrales, pero las de verdad.
El viajero va contento. El viajero acaba de desayunar y, como, adem¨¢s,. hoy es su primer d¨ªa de viaje y est¨¢ fresco todav¨ªa -pese a que el sol ya empieza a pegar-, pasea por las calles de Bragan?a feliz por estar aqu¨ª y deseoso de conocerla. Aunque, a decir verdad, lo que menos le atraen son sus monumentos. Lo que al viajero le atrae, y lo que mira al pasar, es la gente, esos hombres y mujeres que hablan en los portales o entretienen la ma?ana en las terrazas de los caf¨¦s o ante los escaparates de los comercios. El viajero no sabe portugu¨¦s, pero entiende lo que dicen, aunque sea solamente por sus gestos. Por gestos se explica ¨¦l, aparte de en espa?ol, cuando quiere saber algo o cuando, como ahora, entra a comprar a una tienda comida y agua para el camino, y todos le entienden perfectamente. Al fin y al cabo -piensa mientras camina-, el portugu¨¦s y el espa?ol son dos idiomas hermanos, aunque Portugal y Espa?a hayan estado enfrentados durante tanto tiempo.
Hay algunos, sin embargo, que, aunque les gustar¨ªa, ya no pueden entenderle. Do?a Mar¨ªa da Piedade Pires, por ejemplo, o don Jo¨¢o Alberto D¨ªas, apodado Bicheiro, no podr¨¢n ya hacerlo nunca porque murieron ayer, seg¨²n anuncian en las paredes unas esquelas enormes, tan grandes como carteles, que acompa?an al viajero en su paseo por Bragan?a y que le dan a Sus calles un aire f¨²nebre, sobre todo ahora que han empezado a tocar las campanas, a pesar del bullicio que hay en ellas. Aunque la mayor esquela, y la m¨¢s antigua -de 1920-, la encuentra frente a una iglesia en cuya fachada principal un gran mural de azulejos recuerda a o heroico bragantino teniente general Manuel Jorge Gomes de Sep¨²lveda, al que los azulejos muestran arengando a sus paisanos, la tarde del 11 de junio de 1808, desde las escalinatas de esta misma iglesia (la misma iglesia, por cierto, aunque reconstruida, en la que, seg¨²n la historia, se casaron siglos antes en secreto el rey Pedro I de Castilla y su amante la gallega In¨¦s de Castro, aquella que reinar¨ªa despu¨¦s de muerta), con ocasi¨®n de la libe raci¨®n de Portugal de los franceses. La iglesia se llama de S?o Vicente y la esquela es un monolito que se alza enfrente de aqu¨¦lla y que recuerda a los bragantinos muertos en Francia y en ?frica, pero no en lucha con los franceses, sino con los alemanes, durante la Primera Guerra Mundial. La lista, que encabeza por un lado el capit¨¢n Mario Lopes Saldanha y por el otro -el de ?frica- el cabo Alfredo Santos, est¨¢ esculpida en la piedra y la integran una treintena de hombres, de alguno de los cuales s¨®lo se recuerda el nombre. No es extra?o que a esta calle, una de las m¨¢s viejas de la ciudad -aparte, claro est¨¢, de las de la Vila-, la bautizaran los bragantinos con el sonoro nombre de R¨²a dos Combatentes da Grande Guerra.
Aunque, para combatientes, los santos de la iglesia. El viajero se asoma un instante a verlos y los encuentra solos en sus altares, sin nadie que los mire o que les rece. Ni siquiera hay turistas en esta iglesia en la que, seg¨²n la historia, pasaron cosas tan importantes y tan trascendentales para los portugueses. Debe de ser el destino de esta ciudad y esta tierra que, por quedar a desmano de todos los caminos importantes, sigue dormida en el tiempo.
-?Me compra una tirita? -le aborda un ni?o gitano cuando, despu¨¦s de mirar los santos, vuelve a salir a la calle.
-?Y para qu¨¦ quiero yo una tirita? -le pregunta el viajero, sorprendido.
-Por si se hiere -le dice el ni?o, muy serio.
Continuar¨¢
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