Buena pareja
En un contexto como el nuestro, tan propenso al bombo y platillo, un ciclo de lied proporciona, por el car¨¢cter introvertido e intimista, el contrapunto indispensable. Apuntando precisamente en esa direcci¨®n, Matthias Goerne fue un colof¨®n muy valioso. Consciente de lo que el g¨¦nero demanda, huy¨® de cualquier grandilocuencia o artificio. El drama en miniatura que se expresa en cada canci¨®n fue expuesto con claridad y sin manierismo. Se incidi¨®, adem¨¢s, en sus posibilidades c¨ªclicas. El programa estaba articulado de manera que la selecci¨®n de Schubert, seguida de la de Wolf, parec¨ªa plantearse como una secuencia que giraba en torno a oscuridades, fr¨ªo, b¨²squedas y p¨¦rdidas, para desembocar, finalmente, en una explosi¨®n de esperanza: el Es werde Licht de Morgenstimmung (Reinick/Wolf) fue, de alguna manera, la traducci¨®n lieder¨ªstica del glorioso momento donde se hace la luz en La Creaci¨®n de Haydn, tras un amplio pasaje de tinieblas.
Ciclo de lied en el Palau
Matthias Goerne, bar¨ªtono. Andreas Haefliger, piano. Obras de Schubert y Wolf. Palau de la M¨²sica. Valencia, 12 de mayo de 2002.
Matthias Goerne, cantante exquisito, no tiene, sin embargo, una gran voz. Tampoco la ten¨ªa quien fue uno de sus maestros, Dietrich Fischer-Dieskau, y ello no le impidi¨® subirse a un podio del que nadie le ha bajado todav¨ªa. En el caso de Goerne, adem¨¢s, las dificultades en el registro agudo tienden a solucionarse con cierto engolamiento que procura disimular sin demasiado ¨¦xito. Pero s¨ª que consigue convertirlo en algo secundario a base de sinceridad, delicadeza, fraseo primoroso y atenci¨®n al texto. Su zona grave, mucho m¨¢s robusta y segura, luci¨® con especial prestancia en los tres lieder sobre poemas de Miguel ?ngel, donde las notas bajas ten¨ªan, adem¨¢s, un correlato textual ('s¨®lo somos tierra, como veis, todo lo que empieza acaba'). De todas formas, quiz¨¢s fue la Viola de Schubert el lied que le permiti¨®, por su formato m¨¢s largo y variado, demostrar la extensa gama de recursos expresivos, as¨ª como la capacidad para dotar de un perfumado dramatismo a la tenue historia de una violeta.
Todo ello le hubiera resultado bastante m¨¢s dif¨ªcil sin el concurso de Andreas Haefliger. Hijo del tenor Ernst Haefliger (Florest¨¢n en el Fidelio de Furtw?ngler, Evangelista con Richter, famoso int¨¦rprete del Viaje de invierno y destacado ejecutante de roles mozartianos), supo hacer honor a su apellido. Y le dio al piano lo que el piano exige en este g¨¦nero. Con ¨¦l cre¨® atm¨®sferas, contest¨® a la voz, la interrog¨®, se acopl¨® con ella, la dej¨® sola, la reforz¨®. Siempre atento y siempre independiente, siempre acompa?ando y siempre aut¨®nomo. Tremenda dualidad que, ni siquiera en la m¨²sica de c¨¢mara m¨¢s honda, adquiere el calibre que tiene aqu¨ª. El joven pianista asumi¨® sus responsabilidades y pudo con ellas: est¨¢tico en Nacht und Tr?ume, con movimiento marino en Der Zwerg, agitado y amoroso en Auf dem Wasser zu singen... en definitiva: digno partenaire del cantante que ten¨ªa al lado.
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