La revoluci¨®n que no fue
Una madrugada de comienzos de este a?o, Manuel Salvador Monge, El Chirizo, fue asesinado a estocadas de bayoneta durante una ri?a de cantina en el barrio de Monimb¨®, en Masaya. La v¨ªctima pasaba los 50 a?os, y a la hora de su muerte discut¨ªa con el hechor, un adolescente que ni siquiera lo conoc¨ªa, acerca de qui¨¦n de los dos era m¨¢s hombre, dice la cr¨®nica policial. El adolescente ignoraba que hab¨ªa matado a uno de los integrantes del comando que bajo la jefatura de Ed¨¦n Pastora tom¨® por asalto el Palacio Nacional en Managua, el 22 de agosto de 1978, uno de los hechos decisivos en la ca¨ªda de la dictadura din¨¢stica de la familia Somoza. Un h¨¦roe, pobre toda su vida, y olvidado, hab¨ªa ca¨ªdo en un oscuro pleito de borrachos.
?Hubo alguna vez una revoluci¨®n? Nunca antes la riqueza ha estado peor repartida ni han sido tantos los pobres que ara?an en los basureros
El sentido de soberan¨ªa se disuelve en obsequiosa complacencia. Hay quienes piensan que el destino de Nicaragua es adelantarse a los deseos de Washington
Hay en Nicaragua una democracia sin apellidos, y el ej¨¦rcito y la polic¨ªa creados por la revoluci¨®n sandinista est¨¢n sometidos al poder civil
Este Frente Sandinista de l¨ªderes envejecidos, aunque due?o de un respetable poder de convocatoria, ha dejado de encarnar cualquier idea de revoluci¨®n.
Pero no s¨®lo los h¨¦roes que sobrevivieron a la lucha contra el ¨²ltimo de los Somoza se pierden hoy en el olvido. Tambi¨¦n los que cayeron combatiendo entonces van siendo relegados, y sus nombres, con los que al triunfo de la revoluci¨®n fueron bautizados barrios, hospitales, mercados, escuelas, pasan al destierro o comparten glorias con los nombres que esos sitios ten¨ªan bajo la dictadura. Amargas iron¨ªas. Un barrio de Managua, que se llamaba Colonia Salvadorita en honor a la esposa del primero de los Somoza, pas¨® a llamarse Colonia Cristi¨¢n P¨¦rez, en homenaje a un m¨¢rtir de la resistencia urbana asesinado en Managua pocos meses antes de la victoria. Hoy la colonia se conoce como Salvadorita-Cristi¨¢n P¨¦rez.
Un viajero que tras estos 25 a?os regresara a Nicaragua, o viniera por primera vez, habr¨ªa de preguntarse si aqu¨ª hubo alguna vez una revoluci¨®n. No hay huellas visibles, a no ser por la ret¨®rica, cada vez m¨¢s confusa, del l¨ªder del Frente Sandinista, Daniel Ortega, quien igual ataca con la misma virulencia de antes al imperialismo norteamericano, y felicita cumplidamente a Fidel Castro en su cumplea?os, que propone a su antiguo adversario, el cardenal Miguel Obando y Bravo, como candidato al Premio Nobel de la Paz, mientras sus diputados en la Asamblea Nacional tocan retirada a la hora de discutirse una ley sobre el aborto, y fieles a la nueva alianza con la jerarqu¨ªa conservadora de la Iglesia cat¨®lica, rechazan a¨²n el aborto terap¨¦utico en caso de violaciones de menores.
Riqueza mal repartida
?Hubo alguna vez una revoluci¨®n? Nunca antes la riqueza ha estado peor repartida, ni han sido tantos los pobres que ara?an en los basureros de Acahualinca sobrevolados por los zopilotes, o que recorren en bandadas las vecindades de los sem¨¢foros en las calles de Managua vendiendo de todo, desde animalitos expulsados de las selvas que retroceden ante la inclemente depredaci¨®n de las mafias madereras, a bisuter¨ªas y art¨ªculos de contrabando, y que cuando cae la noche regresan a las barriadas de casas improvisadas con ripios y desechos de empaque, y que se multiplican a diario, con lo que la ciudad, lejos de las luces de los m¨¢gicos centros de compra, parece un enorme campamento de damnificados.
?Y los ideales? Desaparecidos bajo un alud de desesperanza, de frustraciones, de confusi¨®n ideol¨®gica, de ret¨®rica vac¨ªa, y, otra vez, de olvido. El 70% de la poblaci¨®n actual de Nicaragua no pasa de los 30 a?os, con lo que la memoria que los j¨®venes tienen de la revoluci¨®n es precaria; tampoco se ense?a mucho sobre ella en las escuelas, y los juicios de quienes la vivieron siguen polarizados como antes. Un amanecer radiante para unos, la noche oscura para otros, seg¨²n la frase acu?ada por el papa Juan Pablo II en su segunda visita, en 1996, a Nicaragua.
Desde el comienzo de los a?os noventa, tras la derrota electoral del sandinismo, los ideales de solidaridad y entrega a los m¨¢s pobres y necesitados pasaron a ser sustituidos por el culto exacerbado al individuo. El reino prometido es hoy para los j¨®venes el de las oportunidades personales, y la nueva filosof¨ªa sin cuestionamiento dice que yo soy mi propio pr¨®jimo. Por supuesto, el s¨¢lvese quien pueda campea hoy en Am¨¦rica Latina; pero s¨®lo en Nicaragua hubo una revoluci¨®n.
Y s¨®lo Nicaragua proclam¨® con terquedad en el continente su derecho de pa¨ªs peque?o a la independencia pol¨ªtica, lejos de la sombra tradicional de Estados Unidos, presente en la historia desde que William Walker, el filibustero sure?o, se proclam¨® presidente del pa¨ªs a mediados del siglo XIX, un dominio que tras repetidas intervenciones militares dur¨® hasta el fin del reinado de la familia Somoza. Esa defensa de la soberan¨ªa, parte de los ideales de rescate de la naci¨®n, llev¨® al extremo del enfrentamiento y la agresi¨®n durante la era de Reagan. Hoy, el sentido de soberan¨ªa parece disolverse en obsequiosa complacencia, como en los peores tiempos, y hay quienes piensan, otra vez, que el destino manifiesto de Nicaragua es adelantarse a los deseos de Washington. El env¨ªo de una peque?a tropa a Irak, una operaci¨®n para la que el Gobierno tuvo que buscar su propia financiaci¨®n, es un ejemplo.
?Y qu¨¦ se hizo de las transformaciones revolucionarias? La severa enemistad de Reagan, que puso la m¨¢quina del imperio a trabajar en contra de un peque?o pa¨ªs en rebeld¨ªa como si se tratara de una potencia mundial, hizo que el Gobierno sandinista tuviera que concentrar todos sus esfuerzos en la guerra, y dejara en el camino sus mejores ambiciones de transformaci¨®n de la sociedad. El lema de la Cruzada Nacional de Alfabetizaci¨®n, "convirtiendo la oscurana en claridad", que logr¨® unir en 1980 al pa¨ªs para que miles de j¨®venes salieran por todo el territorio a ense?ar, dar¨ªa paso luego a otro contrario: "Todo para los frentes de guerra". El empe?o b¨¦lico consumi¨® recursos y dispar¨® el gasto publico m¨¢s all¨¢ de toda posibilidad material, e hizo colapsar la precaria econom¨ªa, con graves consecuencias de desabastecimiento e inflaci¨®n, y, sobre todo, de inconformidad.
Hoy no sobrevive la alfabetizaci¨®n, ni el ensue?o de la educaci¨®n popular que llevar¨ªa a todos los estudiantes de la escuela primaria hasta el cuarto grado. Los ¨ªndices de alfabetizaci¨®n han retrocedido hasta niveles de ayer, y un mill¨®n de ni?os, la mitad de la poblaci¨®n de edad escolar, no tienen escuelas adonde ir. En los hospitales p¨²blicos las carencias son tales que los familiares de los pacientes tienen que aportar el plasma, y hasta el hilo de sutura para las cirug¨ªas. Y de la reforma agraria, que pretendi¨® entregar la tierra a los campesinos, s¨®lo quedan escombros.
Al principio, el Gobierno sandinista pretendi¨® organizar con la tierra reformada unidades de producci¨®n estatal, donde los campesinos ser¨ªan hu¨¦spedes productores, despu¨¦s de que durante la lucha armada se hab¨ªa prometido entregarla en propiedad, lo que trajo agudas inconformidades, tales que muchos se sumaron en el campo a las fuerzas de la Contra. La rectificaci¨®n vino tarde, cuando la guerra se hab¨ªa recrudecido, y vino mal, porque los t¨ªtulos de propiedad no permit¨ªan ni heredar, ni vender la tierra.
S¨®lo tras la derrota electoral, antes de la transferencia de poder al Gobierno de Violeta Chamorro, estos t¨ªtulos vinieron a ser otorgados de manera completa, pero ca¨®tica, dando pie a un enredo descomunal en cuanto a los derechos de propiedad, entre antiguos y nuevos propietarios, que a¨²n no termina de resolverse. Pero los campesinos, abandonados a su propia suerte, sin cr¨¦ditos ni recursos productivos, fueron vendiendo sus tierras a precios de remate a los antiguos propietarios, o a nuevos propietarios, voraces tambi¨¦n, muchos de ellos surgidos de las filas del propio sandinismo.
Y la ¨¦tica revolucionaria, ?ad¨®nde fue entonces a parar? Junto con el caos en la distribuci¨®n de tierras a los beneficiarios de la reforma agraria, se dio durante el periodo de transici¨®n un masivo reparto de bienes del Estado, que favoreci¨® a dirigentes y partidarios del Frente Sandinista en todos los niveles, la rapi?a que lleg¨® a ser conocida como "la pi?ata" y que ven¨ªa a contradecir los principios ¨¦ticos proclamados por la revoluci¨®n. En todas partes de Am¨¦rica Latina existen los corruptos, pero s¨®lo en Nicaragua hab¨ªa habido una revoluci¨®n.
Tiempos de pi?ata
Y peor que esa primera pi?ata fue la segunda, cuando el Frente Sandinista consinti¨® en que el Gobierno de Violeta Chamorro privatizara el grueso de los bienes y empresas estatales, a cambio de un 30% de esos bienes y empresas que pasar¨ªan a mano de los trabajadores, una operaci¨®n que nunca se dio. Los verdaderos beneficiarios fueron l¨ªderes sindicales corruptos, que en su mayor¨ªa vendieron luego su participaci¨®n, y dirigentes del propio Frente Sandinista, ahora parte de la ¨¦lite de nuevos ricos de Nicaragua.
?Qu¨¦ ha quedado entonces de toda aquella empresa hist¨®rica? Lejos de los ideales de origen, y sin ninguna de las ilusiones de transformaci¨®n de la realidad del pa¨ªs cumplidas, pareciera no haber ninguna herencia de aquellos a?os dram¨¢ticos que conmovieron al mundo. Pero los logros y las consecuencias verdaderas de la revoluci¨®n, si no se advierten, es porque son hoy parte de la sustancia del pa¨ªs.
Haber terminado con la obscena dictadura militar de Somoza es el primero de los logros. Fue el Frente Sandinista el que logr¨® movilizar al pueblo en aquella lucha, sobre todo a los j¨®venes de todas las clases sociales, y a su habilidad pol¨ªtica se debi¨® la unidad de todas las fuerzas del pa¨ªs, la formaci¨®n de un frente internacional de respaldo, y las exitosas negociaciones con el Gobierno del presidente Carter para que Estados Unidos aceptara la salida de Somoza, lo que dio paso tambi¨¦n, en ¨²ltima instancia, a la desaparici¨®n de la Guardia Nacional, creada por el propio Estados Unidos en 1927.
Y si el primer hecho trascendente de la revoluci¨®n fue el fin de la dictadura, el ¨²ltimo fue la admisi¨®n sin condiciones de la derrota electoral de 1990 la misma noche del 15 de febrero, y la entrega del poder tres meses despu¨¦s al nuevo Gobierno electo en las urnas. Se necesit¨® valent¨ªa para sacar a Somoza, y tambi¨¦n se necesitaba valent¨ªa para dejar el poder conquistado con las armas aceptando sin vacilaciones el mandato de los votos, porque el Frente Sandinista no estaba renunciando simplemente al ejercicio del Gobierno, sino al ejercicio del poder revolucionario concentrado bajo su ¨¦gida de partido hegem¨®nico.
Aceptar la derrota fue clave en un pa¨ªs en donde las elecciones hab¨ªan sido una rareza, y los fraudes y golpes de Estado la regla com¨²n, y la democracia se volvi¨® irreversible a partir de aquella noche. Otros dir¨¢n que hay democracia porque la guerra de los Contra forz¨® al Frente Sandinista a realizar las elecciones que perdi¨®. Pero tenemos hoy una democracia sin apellidos, lejos de aquella l¨ªnea divisoria ideol¨®gica entre democracia burguesa y democracia proletaria, y el Ej¨¦rcito Nacional y la Polic¨ªa Nacional, instituciones creadas por la revoluci¨®n, responden a esa democracia, sometidas al poder civil. No existe ning¨²n espionaje de la vida de los ciudadanos, ni hay detenciones arbitrarias, ni desapariciones, ni c¨¢rceles secretas, ni escuadrones de la muerte. Vivir libres del temor, y del terror, es ya un avance inapreciable.
Nadie a estas alturas, cualquiera que sea su color pol¨ªtico, cambiar¨ªa esa democracia ni por una dictadura militar de derecha, ni por otra de izquierda inspirada en la majestad omn¨ªmoda de un partido. Imperfecta como es, envilecida desgraciadamente por la corrupci¨®n tantas veces sin castigo, y amenazada por el autoritarismo, la democracia se ha vuelto insustituible, pero necesitar¨¢ una nueva vuelta de tuerca que la libere de sus cerrojos. Y el cerrojo es doble.
Las figuras de Daniel Ortega, caudillo sandinista, y la de Arnoldo Alem¨¢n, caudillo liberal, oscurecen las perspectivas democr¨¢ticas de Nicaragua porque conforme sus pactos vedan toda participaci¨®n pol¨ªtica que no sea la de sus propios partidos; y porque esos mismos pactos alimentan los repartos de poder, facilitan la manipulaci¨®n de los tribunales de justicia, e impiden el desarrollo institucional, vienen a ser tambi¨¦n responsables de la corrupci¨®n.
?Herencia tambi¨¦n de la revoluci¨®n un caudillo que se reparte con otro cuotas de poder, y estorba el desarrollo institucional? No s¨®lo la cultura autoritaria de origen del sandinismo, inspirada en el marxismo ortodoxo, sino toda la cultura pol¨ªtica del pa¨ªs, desde el siglo XIX, favorece la figura del caudillo que se alimenta, precisamente, del atraso democr¨¢tico y sigue representando a la vieja sociedad rural que a¨²n domina en Nicaragua pese a los amagos de modernizaci¨®n. ?No fue, entonces, la revoluci¨®n un factor de modernizaci¨®n? Su impulsos de transformar la sociedad lo fueron, pero no el esquema pol¨ªtico vertical al que en t¨¦rminos ideol¨®gicos algunos de sus dirigentes militares se aferraron hasta casi el final. Estos esquemas fueron derrotados por la realidad, pero no fueron derrotados en sus mentes; de all¨ª que aquel acto trascendental de aceptaci¨®n de la derrota electoral en 1990 se haya convertido luego en motivo de arrepentimiento, bajo aquella proclama inmediata de Daniel Ortega de "gobernar desde abajo".
Desgarramiento social
La convivencia democr¨¢tica en Nicaragua ha dependido hasta ahora del entendimiento t¨¢cito de la mayor¨ªa del electorado, de que el partido que sigue representando en la sociedad a la vieja revoluci¨®n de hace un cuarto de siglo, el Frente Sandinista, puede participar del poder, pero no volver a ¨¦l, desde luego que ese propio caudal electoral, fuerte como es, lo deja siempre en minor¨ªa. Pesa m¨¢s el recuerdo del partido que, tras expropiar primero los bienes de Somoza, termin¨® confiscando otros de manera indiscriminada, no s¨®lo a los terratenientes, y que caus¨® tantos temores con el servicio militar como para enviar a miles al exilio, que el recuerdo del partido que un d¨ªa quiso afirmar la identidad nacional, recuperar el sentido de soberan¨ªa, ense?ar a leer y distribuir justamente la tierra.
Esto ha hecho que, a partir de las elecciones de 1990, la voluntad electoral se haya definido siempre con sentido negativo, es decir, votando en contra de la persona de Daniel Ortega como candidato, y de todo lo malo que en la memoria del pasado representa, y no a favor de ning¨²n programa de gobierno, por muy atractivo que sea. La memoria del miedo, y la desconfianza, terminan imponi¨¦ndose, y todo se vuelve un asunto de credibilidad.
Porque, pese a la calidad de sus ideales, la revoluci¨®n dividi¨® a la sociedad, no entre ricos y pobres, como alguna vez he insistido, sino de arriba abajo, un desgarramiento que atraves¨® todos los sectores sociales, y llev¨® a una guerra de toda una d¨¦cada. Un recuerdo siempre persistente que s¨®lo un Frente Sandinista diferente, con una dirigencia proveniente de una nueva generaci¨®n de j¨®venes, con ideas nuevas, podr¨ªa borrar.
Por el momento, este Frente Sandinista de l¨ªderes envejecidos, aunque due?o de un respetable poder de convocatoria popular, ha dejado de encarnar cualquier idea de revoluci¨®n. La revoluci¨®n que llev¨® a empe?ar su vida en acciones audaces a h¨¦roes an¨®nimos como Manuel Salvador G¨®mez, El Chirizo.
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