Impuestos y otras falacias
Excesivos o razonables, los impuestos son b¨¢sicamente una forma de compra colectiva por medio de la cual los ciudadanos financian su consumo. Joseph Heath analiza las consecuencias
Muchos errores en el razonamiento econ¨®mico se deben a la tendencia a tratar a las instituciones econ¨®micas como si fueran personas. Con frecuencia, esto se muestra en el modo en que vemos a empresas y Gobierno. Un porcentaje sorprendentemente grande de la poblaci¨®n no entiende que "hacer que el Gobierno pague" por sus problemas equivale a "hacer que sus amigos y vecinos paguen". Siempre he pensado que ser¨ªa ¨²til en este sentido que los locutores, ocasionalmente, emplearan el t¨¦rmino "todos nosotros" por "el Gobierno" en titulares como El reciente fallo de los juzgados sobre paridad en el empleo costar¨¢ al Gobierno m¨¢s de diez mil millones de d¨®lares o, para los estadounidenses, La guerra en Irak cuesta al Gobierno m¨¢s de doscientos millones de d¨®lares al d¨ªa. Del mismo modo, mucha gente piensa que hacer que las empresas paguen impuestos representa una alternativa a que los individuos tengan que pagar impuestos, en vez de que se trate simplemente de una manera indirecta de gravar a los individuos.
Lucro sucio
Joseph Heath
Editorial Taurus
precio: 21euros
Mucha gente no entiende que el hecho de que "el Gobierno pague" implica que paguen los amigos y vecinos
(...) El nivel absoluto de impuestos no es importante; lo que importa es cu¨¢nto quieren comprar los individuos a trav¨¦s del sector p¨²blico (el "club de todo el mundo") y cu¨¢nto valor es capaz de proporcionar el Gobierno. Por eso los sistemas tributarios de bajos impuestos no son necesariamente m¨¢s "competitivos" que los sistemas de impuestos altos (al igual que las comunidades de propietarios con cuotas bajas no son necesariamente lugares m¨¢s atractivos que las comunidades con cuotas altas). Adem¨¢s, el Gobierno no "consume" el dinero recaudado por los impuestos -¨¦sta es una falacia muy importante-; es tan s¨®lo el veh¨ªculo a trav¨¦s del que organizamos nuestro gasto. En este sentido, los impuestos son b¨¢sicamente una forma de compra colectiva.
Hay una enorme confusi¨®n en este sentido. Todos los a?os, en docenas de pa¨ªses de todo el mundo, por ejemplo, los grupos derechistas antiimpuestos hacen un c¨¢lculo y luego declaran de forma solemne el "D¨ªa libre de impuestos", para que la gente sepa el d¨ªa que "dejan de trabajar para el Gobierno y empiezan a trabajar para ellos mismos". Pero tendr¨ªa mucho m¨¢s sentido declarar un "d¨ªa libre de la hipoteca" anual, para que los propietarios de casas supieran el d¨ªa que "dejar¨¢n de trabajar para el banco y empezar¨¢n a trabajar para s¨ª mismos". Al propietario medio le lleva al menos el sueldo de un par de meses pagar la cuenta de su hipoteca anual. ?Pero a qui¨¦n le importa? Los propietarios de casas en realidad no "trabajan para el banco"; tan s¨®lo financian su propio consumo. Despu¨¦s de todo, son ellos los que viven en la casa, no el director del banco. Pasa lo mismo con los impuestos. En realidad usted no "trabaja para el Gobierno" si sus ni?os van a una escuela p¨²blica, si va al trabajo todos los d¨ªas por carreteras p¨²blicas, y cuando espera que el Gobierno pague sus cuentas de hospital si est¨¢ viejo y enfermo. Simplemente, est¨¢ financiando su propio consumo.
Se puede encontrar una falacia similar bas¨¢ndose en la creencia generalizada de que los impuestos reducen el "est¨ªmulo" de la econom¨ªa. Es lo mismo que creer que una reducci¨®n legislada en las cuotas de la comunidad (de propietarios) estimular¨ªa la econom¨ªa. Naturalmente, si las cuotas de la comunidad disminuyen globalmente, habr¨¢ m¨¢s dinero para gastar en los bolsillos de la gente. Pero tambi¨¦n habr¨¢ "menos" dinero para gastar por parte de la comunidad de propietarios. El resultado ser¨¢ sencillamente un cambio, pasando del tipo de bienes provistos a nivel de club al tipo de bienes provistos a nivel privado. Las reducciones de impuestos tienen el mismo efecto. Lo que significan es menos dinero gastado en escuelas y en sanidad, y m¨¢s gastos en coches y casas.
(...) Por varias razones, los impuestos no pueden establecerse como "tasas fijas", del modo en que habitualmente se establecen las cuotas en un club (Margaret Thatcher lo intent¨® en el Reino Unido, pero no consigui¨® llegar muy lejos). Esto significa que se deben recaudar de otra manera, como los impuestos sobre la renta y el consumo, lo que distorsiona los incentivos econ¨®micos y genera todo tipo de conductas contraproducentes para evitar los impuestos (como contratar a astutos asesores fiscales que busquen y exploten las lagunas jur¨ªdicas que existen en materia impositiva). Pero ¨¦ste no es un fen¨®meno exclusivo de los impuestos. Los mercados privados tambi¨¦n tienen costes de transacci¨®n, tales como la exposici¨®n al riesgo de fraude o la necesidad de contratar abogados que supervisen los contratos. Eso no significa que no se deba contratar a un abogado y que no se deban pagar impuestos. (...) La cuesti¨®n es si los beneficios generados por la formaci¨®n de un conjunto ¨®ptimo de personas para compartir un bien son mayores que los costes asociados a los acuerdos adoptados. Decir, como hizo una vez Milton Friedman, que cualquier reducci¨®n de impuestos es una buena reducci¨®n de impuestos es, sencillamente, articular una preferencia arbitraria frente a un tipo particular de acuerdo de compra. Es como decir que la mejor cuota de comunidad es la cuota m¨¢s baja. Muchas personas que compran algo por primera vez ven as¨ª las cosas, pero habitualmente acaban lament¨¢ndolo.
(...) Desde luego, hay una gran diferencia entre pagar cuotas a un club y pagar impuestos al Gobierno. Una consecuencia casi inevitable del consumo compartido es que se reduce la elecci¨®n del consumidor. Es probable que ninguna comunidad de propietarios proporcione exactamente un conjunto de servicios "p¨²blicos" que, en su mayor¨ªa, a usted le sirvan. Es probable que ning¨²n gimnasio tenga exactamente el equipamiento que usted hubiera comprado por su cuenta. Pero con los clubes, el consumidor tiene alguna elecci¨®n. Usted no s¨®lo puede buscar aquel que mejor se ajusta a sus necesidades, sino que tambi¨¦n tiene la opci¨®n de dejarlo si, por ejemplo, se toman decisiones demasiado contrarias a sus deseos.
Sin embargo, en el caso del Estado, habitualmente no existe la opci¨®n de salirse (aunque usted se vaya, puede que no encuentre ning¨²n otro Estado dispuesto a acogerlo). Por ello, es probable que el conjunto de bienes que usted consiga por ser miembro no se ajuste en absoluto a sus necesidades ("?Para qu¨¦ necesito colegios p¨²blicos? Yo no tengo hijos"). La provisi¨®n de bienes p¨²blicos por parte del Estado no es s¨®lo un caso de compra colectiva; tambi¨¦n es un caso de compra colectiva obligatoria. As¨ª que, aunque el car¨¢cter econ¨®mico de la transacci¨®n pueda ser el mismo en los dos casos, en el caso del Estado hay una interferencia con la libertad individual que muchos ven como un insulto a la inteligencia.
?Qu¨¦ debemos decir ahora? Desde luego, la observaci¨®n es correcta. Tiene que pagar sus impuestos, y hacerlo por una amplia variedad de bienes p¨²blicos, incluso aunque no lo utilice. Por esto, la provisi¨®n por parte del Estado se deber¨ªa considerar s¨®lo en caso de flagrante fallo del mercado, cuando las soluciones del tipo caf¨¦ para todos son mejores que la alternativa (...) Cuando el Estado del bienestar proporciona un determinado bien, lo hace a muy bajo nivel, dando libertad a los consumidores para que "colmen" su derecho a comprar m¨¢s cantidad de ese bien en los mercados privados. Esto es verdad en las principales categor¨ªas de gasto del Estado del bienestar: pensiones, educaci¨®n, seguridad, seguros por invalidez, seguros de salud, comunicaciones (como el servicio de correos) y, a veces, incluso las redes de transporte. Son los pobres los que sufren m¨¢s las restricciones a la posibilidad de elecci¨®n del consumidor, pero probablemente no se quejen, pues el paquete del tipo caf¨¦ para todos tiene mucho m¨¢s valor que cualquier cosa que pudieran permitirse por su cuenta.
Lucro sucio, de Joseph Heath. Editorial Taurus. Precio: 21 euros.
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