La comida triste del tren y su fauna
En la oferta gastron¨®mica para los viajeros, s¨®lo hay chocolatinas, ¡®snacks¡¯ y s¨¢ndwiches plastificados
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Viajo a 300 kil¨®metros por hora y, por el pasillo central del tren, pasa una azafata empujando un carrito al grito de ¡°?codos, pies, rodillas!¡±. ¡°?Que si quiero o que si tengo?¡±, pienso. Sonr¨ªo para mis adentros, me recojo en el asiento para que el trasto no me atropelle, y disfruto unos instantes de imaginar a esa chica lanzando extremidades sanguinolentas a una turba risue?a de pasajeros zombis sibaritas que, inquietos, pese al desasosiego perenne que corroe a los no-muertos por dentro, mantienen una compostura perfecta. Todos llevan auriculares, la camisa bien planchada y el cintur¨®n de seguridad abrochado.
A mi izquierda, una pareja joven se las ve con un ni?o al que le chirr¨ªan las juntas, completamente entregado en cuerpo y alma a la tarea de doblegar la voluntad de sus padres a base de gemir de aburrimiento. El trayecto no ha hecho m¨¢s que empezar y me reconozco con una fuerza de voluntad menor que la del peque?o. Recojo los b¨¢rtulos y emigro al vag¨®n cafeter¨ªa. Los trenes Ouigo, la empresa francesa que cubre los trayectos Madrid-Barcelona a bajo coste, son m¨¢s inc¨®modos que los AVE, pero, para compensar, tienen taburetes en el vag¨®n restaurante.
La fantas¨ªa del c¨¢ntico ¡°codos, pies, rodillas¡± se queda en eso, una fantas¨ªa. No se traduce en codillo asado, manitas de cerdo o caldito de ternera reconfortante en los paneles iluminados que anuncian, desde el fondo de la barra de acero, la oferta gastron¨®mica para los viajeros. S¨®lo hay chocolatinas, snacks y s¨¢ndwiches plastificados, y pido una infusi¨®n. La innovaci¨®n en la comida de quinta gama, precocinada y envasada, debi¨® de inventarse para otros fines, supongo.
Me instalo en una esquina, dejo el bolso a mi lado y me dispongo a seguir con la lectura que me ocupa estos d¨ªas. Pero no consigo leer una sola l¨ªnea. De pie, a dos metros de m¨ª, un exaltado de la cuerda de Llados, ese cantama?anas con especial inquina contra las barrigas, que cobra 1.000 euros de tique de entrada a los se?ores para insultarlos y verlos hacer flexiones y saltar durante una hora en eventos exclusivos en salones de hoteles, le est¨¢ calentando la cabeza un pobre chaval. Lo tiene acorralado. ¡°Tienes que encontrar tu sue?o y ponerlo a facturar, y tienes que conquistar mujeres, muchas mujeres. Coleccionar braguitas. El secreto para conseguirlo es escuchar, t¨ªo. Te lo digo yo. Yo abr¨ª los ojos hace poco, ?como t¨²!¡±, le explica. ¡°Alucin¨¦ con c¨®mo escuchar hace sentir especiales a las hembras, t¨ªo. Todo se basa en quedarse quieto y callado y mantener los ojos muy abiertos, ladear la cabeza de vez en cuando y fijar la mirada en su barbilla. Desde que lo descubr¨ª vivo la vida de mis sue?os¡±. Se le ve hinchado de ese entusiasmo expansivo que, de lejos, a una distancia de unos dos metros, se podr¨ªa confundir con desesperaci¨®n. La semana que viene se marcha diez d¨ªas de retiro a Ciudad de M¨¦xico, dice, para desconectar. Hoy est¨¢ en la versi¨®n low-cost del AVE invirtiendo dos horas de su tiempo valioso en comerle la oreja a un mochilero.
Cierro el libro, recojo el bolso y la infusi¨®n, pido una tapa de pl¨¢stico para el vaso al pasar por la barra del bar, y me vuelvo a mi sitio. La pareja con el ni?o ha desaparecido y, de entre la bruma de silencio espeso que embute el vag¨®n, emerge la conversaci¨®n del grupo de cuatro que ocupa el compartimento al otro lado del pasillo.
¡°Nosotros fuimos los primeros en traer el brunch a Barcelona. Somos unos pioneros¡±. Sorben Coca-Cola cero y Aquarius mientras comen mezclum en bl¨ªsteres de cart¨®n reciclable. Abren las c¨¢psulas de ali?o, las vac¨ªan sobre las ensaladas y tiran los envases al suelo.
Me levanto un momento del asiento para recolocar la mochila en el compartimento superior y, con disimulo, echo un vistazo a los zapatos del joven de flequillo ondulado que habla. Debe rondar los 35 y pregunta ¡°?qu¨¦ puede costar un aguacate medio?¡± a sus compa?eros. ¡°Soy un experimentador, un apasionado del producto¡±, a?ade. Lleva zapatos de piel cosida, con suela de madera y cordones. ¡°Hago unas lentejas excelentes. Sin patata ni morcilla ni nada de eso. Con foie. La cocina si la haces con amor y disfrutando se nota. Tienes que apuntar al 10 para conseguir un 7¡å. Le reconozco. Su padre es un conocido empresario, presidente y fundador de lo que hoy es un peque?o gran imperio gastron¨®mico; un hombre hecho a s¨ª mismo, de aquellos que empezaron peque?o y, a fuerza de riesgo y talento, crecieron. El joven, de calzado caro, paladar infantil y modales de se?orito que no barre su propia casa, es un c¨®ctel de t¨®picos trillados con la prepotencia resultante de mezclar una vida de confort, el apellido y la herencia paternos, y el poder¨ªo f¨ªsico de la treintena.
El problema de este ¡°apasionado del producto¡± es que ¡°en cada sitio tienen costumbres distintas y, claro, hay que convencerles. En Barcelona, M¨¢laga, Valencia o Mallorca ya estamos picando piedra, ?somos el futuro! Para esto est¨¢is vosotros. Queremos un equipo joven. Podemos pagar el aguacate al precio que nos d¨¦ la gana si compramos cantidad¡±.
Pienso en el d¨ªa que mi madre mand¨® astillar y quemar la mesa larga de madera maciza de roble americano donde com¨ªa toda la familia, hecha a mano por mi abuelo, y la cambi¨® por una plegable de aglomerado rechapado de melamina, porque era m¨¢s moderna. Me bajo del tren.
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