El nuevo romanticismo
Era lo que nos faltaba. No les bastaba a los poderes establecidos con los nuevos fill¨®sofos, con el eurocomunismo, con la euroderecha, con el socialismo de rostro humano ni con los disidentes del Este: el liberalismo avanzado de Giscard d'Estaing acaba de lanzar con todo el bombo y platillo que le proporciona la gran maquinaria editorial francesa el neorromanticismo.Los intelectuales que difunden una ideolog¨ªa son, a la vez, reflejo de la clase social que representan, y muy floja tiene que estar ideol¨®gicamente la sociedad liberal de Giscard d'Estaing para verse obligada a echar mano de gente tan mediocre como del escritor de novelas rosas Gonzague Saint-Bris, del insignificante presentador de televisi¨®n Patrick Poivre d'Arvor y del prochino desconcertado -?c¨®mo no lo va a estar el pobrecillo?- Michel de Saint-Bris.
Me dir¨¢ el lector que ya con los ?nuevos fil¨®sofos? y con Pierre-Henri Levy se hab¨ªa lucido el ?faro del mundo? que pretende ser Francia y la ?ciudad luz?, t¨ªtulo que sigue reclamando Par¨ªs. Pero no. Esto es peor.
El nuevo romanticismo es, en versi¨®n francesa, nuestro pasotismo. Yo no s¨¦ si nos lo est¨¢n copiando o no, y si los responsables de la orientaci¨®n ideol¨®gica en Francia colaboran ?la mano en la mano? con sus hom¨®logos espa?oles, tal como est¨¢n haciendo ambas polic¨ªas en el Pa¨ªs Vasco. Es posible. Mas enorgullezc¨¢monos: por una vez somos pioneros, en lugar de ir a remolque como fuimos del existencialismo, de la nueva novela o del cine-verit¨¦. Y si no hemos tenido a un RobbeGrillet, ni a un Jean-Luc Godard, ni mucho menos a un Jean-Paul Sartre, contamos con Agust¨ªn Garc¨ªa Calvo, que tanto sabe de sintaginas, y que da sopas con ondas a sus ep¨ªgonos franceses.
El pasotismo espa?ol surgi¨®, a ra¨ªz de la muerte de Franco, por la decepci¨®n de muchos j¨®venes que se, cre¨ªan que iban a vivir en un mundo distinto. El nuevo romanticismo apareci¨® en Francia despu¨¦s de la derrota de las izquierdas en las elecciones de 1978, ante la evidencia de que habr¨ªa liscardismo por muchos a?os. El poder ha querido canalizar este des¨¢nimo ofreci¨¦ndole una ideolog¨ªa de evasi¨®n.
Nada de esto es nuevo. Ya el gran abanderado de los verdaderos rom¨¢nticos, Alfred de Musset, explicaba la aparici¨®n de este movimiento literario -y concepci¨®n del mundo- por la frustraci¨®n de dos revoluciones: ?Toda la enfermedad del siglo proviene de dos causas: el pueblo que ha pasado por 1773 y'por 1814 lleva dos heridas en el coraz¨®n. Todo lo que era ha dejadode existir; todo lo que ser¨¢ todav¨ªa no existe. No busqu¨¦is otras razones para explicar nuestros males.? M¨¢s adelante el autor de Las confesiones de un hijo del siglo escribe estas frases, justas en sud¨ªa y prof¨¦ticas hoy: ?De esta fonma los j¨®venes encontraban un empleo de la fuerza inactiva en la afecci¨®n de la desesperaci¨®n. Re¨ªrse de la gloria, de la religi¨®n, del amor, de todo el mundo es un gran consuelo para los que no saben qu¨¦ hacer. Un sentimiento de malestar inexplicable empez¨® a fermentar, pues, en todos los corazones j¨®venes. Condenados al reposo por los soberanos de este mundo, entregados a toda clase de pedantes, a la ociosidad y al aburrimiento, esos j¨®venes ve¨ªan alejarse de ellos las olas espumosas contra las que hab¨ªan preparado sus brazos.?
El desaliento juvenil data del a?o crucial de 1968. Las barricadas insurreccionales del Barrio Latino se inspiraban en el Canto de guerra parisiense, de Rimbaud: fueron arrasadas por los carros de la polic¨ªa y enterradas por la grotesca manifestaci¨®n burguesa, del 30 de mayo. En Checoslovaquia, Jan Palach se inmolaba con un gesto tr¨¢gico y rom¨¢ntico, y al terminar su vida se acababan las aspiraciones de sus compa?eros.
Ya ni siquiera le quedaba ala juventud el ejemplo de los campus americanos. La Beat generation se estaba disolviendo. Hair se qued¨® en un mal recuerdo. Todav¨ªa en el verano de 1969 cerca de un mill¨®n de personasse reun¨ªan durante tres d¨ªas en Woodstock, en el mayor festival de rock de la historia. Fue el canto del cisne. Tres meses despues mor¨ªa Kerouac. Warhol ya hab¨ªa hecho sus mejores pel¨ªculas. Se separaron los Velvet Underground, y Syd Barret, uno de los personajes m¨¢s importantes del nuevo romanticismo por venir, acababa de desaparecer. Brian Jones se ahogaba en el fondo de una piscina, y en 1971 mor¨ªa Jim Morrison en Par¨ªs, a los veintisiete a?os.
Los caminos de la evasi¨®n conducen entonces a Katmand¨², y de all¨ª se vuelve con la euforia de la droga, de la bisexualidad y con guirnaldas de flores. Lejos estamos de los bajos fondos de Nueva York, de los muelles, de las motos y, de las cadenas. David Bowie, con el pelo te?ido de verde o de amarillo, calzado con botas blancas, encarna la ambig¨¹edad sexual. Llegan los punks, semejantes a las bandas de los barrios bajos de Dubl¨ªn, con trajes lacerados, pelos cortos y asimilando igualmente los imperdibles y las cruces gamadas. Con ellos nace un nuevo romanticismo, s¨®rdido y nauseabundo.
Francia ha querido encauzar estas desilusiones hacia evasiones literarias. Henry-Levy, el dandy tenebroso, con sus viajes a Argentina y organizando el ?barco para Vietnam?, juega a ser el lord Byron de nuestra ¨¦poca. Los tres autores de poca monta antes citados debieran corresponder a los V¨ªctor Hugo, Chateaubriand o Alfred de Musset. Pero, sinceramente, hasta triste resulta decir que no dan la talla.
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