El est¨®mago de los espa?oles
En el fondo, la afici¨®n a los toros se reduce a una cuesti¨®n de est¨®mago. Hay gente capaz de hacer una perfecta digesti¨®n mientras contempla la lenta agon¨ªa de un animal cubierto de sangre, perforado por distintos hierros, con las costillas en carne viva. Yo envidio a esos espa?olazos que despu¨¦s de comerse unas jud¨ªas con chorizo acuden a la plaza con un puro en las muelas y echan reg¨¹eldos de salud entre moscas en medio del matadero. ?Acaso esto no es una haza?a? Cada d¨ªa crece el n¨²mero de personas que no consigue realizar¨ªa.Para desgracia de la fiesta, nuestra raza est¨¢ en declive hasta el punto que se puede efectuar entre los ciudadanos de este pa¨ªs el siguiente apartado: una amplia mayor¨ªa que siente arcadas ante semejante espect¨¢culo, y unos pocos se?ores que no vomitan por nada. La pol¨¦mica taurina carece de sentido. A estas alturas s¨®lo se trata de un problema de est¨®mago.
No obstante, algunos te¨®ricos, que unen una peque?a filosof¨ªa al inter¨¦s del hampa en el callej¨®n, a¨²n tratan de elevar esta carnicer¨ªa a una representaci¨®n moral invocando la catarsis griega, y por su parte los socialistas, que confunden este residuo de crueldad con la cultura popular, alientan y subvencionan los festejos sangrientos en honor a los santos patronos en pueblos y aldeas. Aunque el buey Apis en persona venga en su ayuda, no hay nada que hacer. Hoy la corrida de toros se enfrenta ya con el simple buen gusto.
Ritos m¨¢gicos que cant¨® Homero
Existen en la historia otras bestialidades sagradas, rodeadas de misterio, que la progresiva sensibilidad del hombre ha superado. Degollar junto al ara del templo a un carnero para agradar a los dioses o descabellar una punta de novillos en el atrio e interrogar sus v¨ªsceras en el desolladero sacerdotal era un rito lleno de magia que tambi¨¦n cant¨® Homero. Pero la nariz de los mortales tiene un l¨ªmite. Lleg¨® un momento en que el hedor de las v¨ªctimas propiciatorias acumuladas en el tabern¨¢culo se apoder¨® del aire de la religi¨®n hasta hacerlo insoportable.
Sin duda, los empresarios del culto, los levitas que se zampaban las ofrendas y algunos id¨®latras castizos a¨²n eran partidarios de aquella fiesta, que al final cay¨® en desuso no por nada, sino porque se hab¨ªa convertido en un estercolero.
En esta ¨¦poca la discusi¨®n de toros ya es un poco rid¨ªcula. Resulta tan aburrida como el propio festejo. Hoy Eugenio Noel no se hubiera comido una rosca. Este escritor desarroll¨® una campa?a antitaurina con un talante de torero fracasado que se ofrec¨ªa a s¨ª mismo en espect¨¢culo. Daba conferencias. Agitaba las pasiones. Cre¨ªa que la fiesta nacional era la causa de todos los males de la patria. Pero no ten¨ªa raz¨®n. La tauromaquia es s¨®lo algo grotesco, una peque?a inmundicia festiva, intr¨ªnsecamente hortera, derivada de una insensibilidad de est¨®magos a prueba de bomba que en las nuevas generaciones levanta sonrisas displicentes.
En un manifiesto de 1917 los socialistas de entonces hab¨ªan programado la abolici¨®n de la corrida por considerarla una: fiesta degradante. Eran otros tiempos. El socialismo de ahora es un toro afeitado al que la derecha ha desplomado algunos sacos terreros en los ri?ones, y en este asunto tambi¨¦n ha cambiado de parecer. Ahora la izquierda fomenta desde arriba las capeas y otros pestilentes jolgorios pueblerinos donde las reses son apaleadas, arrastradas con sogas del cuello y sofritas con bolas de alquitr¨¢n.
Los ¨ªnclitos mozos les cortan los test¨ªculos en vivo para regal¨¢rselos a la novia o, en su defecto, a la patrona del lugar, y a rengl¨®n seguido los toros mueren bajo un fragor de garrotazos.
Por lo visto, a esto se le llama ahora un reencuentro con nuestras tradiciones. Pero no hay nada que hacer. Aunque el buey Apis venga en su ayuda, la fiesta est¨¢ muerta. Tiene en contra el simple buen gusto. S¨®lo se sustenta ya en el est¨®mago de hierro de algunos espa?olazos.
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