El escritor franc¨¦s Herv¨¦ Guibert muere de sida en Par¨ªs a los 36 a?os
Amigo de Foucault, fue uno de los primeros en anunciar p¨²blicamente su enfermedad

El escritor franc¨¦s, Herv¨¦ Guibert, de 36 a?os, muri¨® el pisado viernes v¨ªctima del Sida en el hospital Antoine Beclere de Chamart, en las afueras de Par¨ªs. Autor de obras como Al amigo que no me salv¨® la vida y El tratamiento compasivo, Guibert fue uno de los primeros personajes famosos que revel¨® p¨²blicamente su enfermedad. Guibert fue uno de los ¨²ltimos amigos ¨ªntimos del fil¨®sofo Michel Foucault. El ministro franc¨¦s de Cultura, Jack Lang, destac¨® ayer el coraje demostrado por este escritor y periodista al decidir luchar con todas sus fuerzas y talento contra la enfermedad.
La mala noticia de la muerte de Guibert es -si nos exclu¨ªmos del c¨ªrculo de su intimidad, para cuyos miembros constituir¨¢ igualmente un hecho tr¨¢jico- una noticia literaria. Desde que en 1988 el escritor tuvo constancia indudable de que hab¨ªa desarrollado la enfermedad fatal del sida, su valeroso ejemplo humano se resolvi¨® en t¨¦rminos escritos, en un asombroso, impetuoso y tambi¨¦n muy hermoso combate literario contra el aviso de la muerte. Hace s¨®lo seis meses, entrevistado en Le Nouvel Observateur, tras la salida en Francia de La mort propagande, donde recuperaba textos de juventud junto a la reedici¨®n de su primer libro, y ya en prensa la que constituye hoy su ¨²ltima obra en vida, Mon valet et moi, Guibert confesaba seguir trabajando a ritmo infatigable, con intenciones de secreta conjuraci¨®n frente: al silencio terminal que ¨¦l mismo aclaraba en voz alta al periodista: "Quiero quitarme de encima el sida, querr¨ªa arrancarlo. Desgraciadamente eso no es posible".Lo ¨²nico posible ahora es leer a Guibert literariamente, sin compasi¨®n ni morbo, admirando en su fren¨¦tica trayectoria de los ¨²ltimos cuatro a?os (ya antes, a pesar de su juventud, hab¨ªa publicado una docena de t¨ªtulos), una apuesta de trascendencia art¨ªstica a partir del vidrioso motivo de una condena mortal relatada por el propio condenado.
Herv¨¦ Guibert no se pudo arrancar la condena de la enfermedad, pero sali¨® triunfante de ese reto, no s¨®lo en los dos libros mayores que describen sin veladuras el progreso de su propio mal (Al amigo que no me salv¨® la vida y El tratamiento compasivo, de pr¨®xima publicaci¨®n por Tusquets Editores en Espa?a), sino por una original v¨ªa interpuesta, en su ¨²ltima novela, aparecida en septiembre, Mon valet et moi.
Se trata en este caso de un divertimento lleno de escenas de marivaudage er¨®tico, con frecuencia picantes, en el que la relaci¨®n entre un viejo autor teatral y su nuevo y lanzado sirviente da pie a un interesante ejercicio de trasposiciones voyeur¨ªsticas, de gran eficacia narrativa, en las que no es dif¨ªcil advertir la identificaci¨®n del escritor en forzosa limitaci¨®n sexual con las imaginativas contemplaciones de su anciano y ya inactivo protagonista.
Deja Guibert tambi¨¦n un caudal impreciso de actividades pl¨¢sticas, en pintura y fotograf¨ªa. Y si bien como fot¨®grafo ya era conocido antes de su enfermedad, parece ser que la pintura ha sido una pasi¨®n ¨²ltima, otro sustituto del erotismo seg¨²n ¨¦l, que tambi¨¦n le llev¨® a iniciar una nueva novela sobre el medio art¨ªstico, que ignoro si ha podido terminar. No es extra?o, en cualquier, caso, el despertar de esta pasi¨®n, ya que Guibert siempre sinti¨® afinidad por la obra de algunos pintores, siendo en particular uno de ellos Bacon, una confesada fuente de inspiraci¨®n literaria. Hace poco, yendo en autob¨²s a una de sus regulares pruebas m¨¦dicas, un muchacho que le reconoci¨® por las fotos y que seg¨²n Guibert estaba "un poco tarumba", le acarici¨® la mano y le dijo: "Usted es historia. Historia de los hombres, historia de la literatura". Y si siempre habr¨¢ que reconocerle al enfermo Herv¨¦ Guibert la valiente decisi¨®n de conjurar p¨²blicamente esta enfermedad, la memoria de su palabra escrita, lo ¨²nico que sobrevive al cuerpo del escritor, puede descansar en paz: sus libros vencer¨¢n al olvido.
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