Rehabilitaci¨®n
Durante unas semanas, mi maltrecha anatom¨ªa ha recibido el traum¨¢tico efecto de la radioterapia. Onda corta, rayos l¨¢ser y otros ingenios remiendan transitoriamente la desabrida respuesta de los viejos huesos y articulaciones al indecente y traicionero paso de la edad. Al cabo de 15 o 18 a?os vuelvo a la consulta del especialista: ayer, a causa, de un accidente; ahora, caduco y estropeado, sin causa aparente. Los aparatos radiantes son quiz¨¢ otros, de nueva generaci¨®n; reconoc¨ª algunos, mec¨¢nicos, para estirar v¨¦rtebras y remediar artrosis. Contin¨²an dos de las enfermeras de aquel equipo, en el acto identificadas, con apenas cambios en su aspecto, impolutas dentro de los mismos uniformes blancos, color que favorece en toda ¨¦poca. En ellas se hab¨ªa detenido el tiempo. Tres o cuatro m¨¢s j¨®venes aseguran la n¨®mina.No creo que hubiera un solo paciente particular: se han acabado. Todos procedemos de entidades asistenciales, mutuas, aseguradoras, cofrad¨ªas... Yo iba, esta vez, amparado por la ancha sombra de la Asociaci¨®n de, la Prensa de Madrid, superviviente de los malos tratos que le propinaron -no hace mucho- algunos de sus afiliados; pero ¨¦sa es otra historia. El doctor titular recibe, inspecciona, interpreta la comisi¨®n de su colega generalista y entrega al paciente en manos de la avezada escuadra femenina. Ya: s¨®lo ser¨¢ visible en la cita convenida, salvo incidencia, claro.
La cl¨ªnica, a grandes rasgos descriptivos, es un amplio recinto, con algunos aparatos que, de sopet¨®n, semejan instrumentos de tortura y son todo lo contrario. Unos cub¨ªculos, resguardados por discretas cortinas, para quienes han de descubrir partes veladas del cuerpo, que, dicho sea de paso, en estas sofocantes jornadas y entre la gente joven, son escasas. No hay bullicio, sino animaci¨®n, en este lugar de reanimaci¨®n y rehabilitaci¨®n. Predomina la tercera edad, que no se resigna al dolor y le da el alto a la degradaci¨®n corporal. Tampoco falta, aunque en minor¨ªa, el elemento mozo, que ha saltado de las tablas de esquiar o el sill¨ªn de la moto hasta el tratamiento reparador, aunque quiz¨¢ vayan a otros fisioterapeutas; ignorado el grado de sus males, no obstante, uno se cambiar¨ªa por ellos sin la menor vacilaci¨®n.
Hubo un tiempo -digamos que apenas 50 a?os- en que se debati¨® la idoneidad entre enfermeras y monjitas hospitalarias. En los centros sanitarios eran preferidas las segundas, posiblemente por tratarse de mano de obra barata. Su entrega era casi total, con los intransigentes momentos dedicados al rezo y a los compromisos regulares. A las tituladas se les reprochaba la observancia del horario laboral, reconoci¨¦ndose, en cambio, la mayor competencia. El antagonismo se ha resuelto por s¨ª solo: apenas quedan monjas y las ventajas profesionales priman sobre el depreciado amor al pr¨®jimo. Entre los remotos recuerdos de aquellas religiosas sobreviven dos: el innegable desinter¨¦s y una frecuente inclinaci¨®n hacia el mal humor.
Estas mujeres de la cl¨ªnica producen mi admiraci¨®n por su permanente jovialidad, la incre¨ªble memoria para retener el nombre de pila de cu¨¢ntos pasan por sus cuidados, la delicadeza -dificil¨ªsima cualidad- de administrar el tuteo y propinar, en todo caso, el trato denodado, mixto de intimidad, aliento, gracia y respeto. Quiz¨¢ este talante sea una habilidad aneja y precisa para sobrellevar los ¨¢ridos, persistentes y enojosos ejercicios, merced al son animoso que transmiten. All¨ª no se habla jam¨¢s de pol¨ªtica, de f¨²tbol, cotilleos sociales, programas de televisi¨®n ni comportamientos p¨²blicos corruptos.
Las tandas de inmovilidad, mientras el haz m¨¢gico, el calor templado de una l¨¢mpara verdosa, el rayo rojizo que parchea mis adentros, hacen que sienta una sinuosa envidia, un amortizado deseo de que las fuertes y suaves manos de la masajista morenita lleven docilidad al brazo quebrado, o la armon¨ªa funcional al espinazo hecho fosfatina. Fueron beneficiosas y suficientes las sesiones de rehabilitaci¨®n. El d¨ªa de la despedida, sin entrar en explicaciones, di las gracias y pronunci¨¦ un cr¨ªptico "volver¨¦". Alifafes no faltan.
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