La revoluci¨®n silenciosa
Dice el Cor¨¢n: "Los hombres son superiores a las mujeres porque Dios les ha dado preeminencia sobre ellas" (sura IV, 34). Tambi¨¦n dice: "Vuestras mujeres son tierra de labranza para vosotros. Venid a vuestra tierra de labranza como quer¨¢is y obrad por vosotros mismos por anticipado" (sura II, 223).
La constante que se repite en todas las sociedades patriarcales, ya desde antes de Mahoma, de someter la mujer y su poder reproductor al hombre impregna toda la sharia o ley emanada del libro revelado al Profeta de Al¨¢. Con el Cor¨¢n en la mano, las creyentes musulmanas tratan de hallar el mejor acomodo posible a sus ansias de emancipaci¨®n, de libertad, sin conculcar los principios all¨ª establecidos. Pero ¨¦ste se revela como un ejercicio dificil¨ªsimo del que casi ninguna consigue salir airosa. Porque la regulaci¨®n de la vida del buen musulm¨¢n y la buena musulmana es tan exhaustiva y estricta que hace casi imposible cualquier interpretaci¨®n a la baja. Y entonces, ?qu¨¦ ocurre? Que la propia mujer se autolimita, busca justificaciones para las restricciones que ella misma se impone, vendi¨¦ndose a s¨ª misma la idea de que el islam "protege a las mujeres".
La poligamia tiende a caer en desuso, pero sigue practic¨¢ndose, si bien las feministas isl¨¢micas en sus vidas privadas lo aceptan dif¨ªcilmente, s¨®lo por imposici¨®n cuando sus circunstancias personales no les permiten optar por el divorcio
Los movimientos de mujeres musulmanas de Oriente Pr¨®ximo pueden estar de acuerdo con algunas reivindicaciones de feministas occidentales; con otras discrepan abiertamente
El derecho a la educaci¨®n es el gran ausente en todos los c¨®digos de familia y estatutos personales que rigen en los pa¨ªses arabo-isl¨¢micos
El tema es complicado y dif¨ªcil de entender para las mujeres occidentales. Pero basta intentar dialogar sobre la opresi¨®n de la mujer isl¨¢mica con una musulmana practicante para toparnos con un muro de explicaciones que rozan el simplismo. Como que el islam es la religi¨®n en la que la mujer est¨¢ m¨¢s protegida, y sus derechos, m¨¢s respetados. Y a continuaci¨®n sale a relucir, ineluctablemente, el derecho a la herencia, no reconocido antes de Mahoma.
En general, las argumentaciones se basan en lo que signific¨® la llegada del islam en el contexto de las primitivas sociedades tribales de Arabia, donde la mujer no ten¨ªa apenas derecho a existir. Como he dicho anteriormente, muchas reci¨¦n nacidas eran inmediatamente enterradas en las c¨¢lidas arenas del desierto para eliminar cargas familiares, sobre todo en los grupos econ¨®micamente m¨¢s desamparados. El Profeta prohibi¨® enseguida el infanticidio de las ni?as y les otorg¨® el derecho a la herencia, aunque s¨®lo a la mitad de lo que les corresponder¨ªa de haber nacido varones. Tambi¨¦n prohibi¨® la venta de esclavas como prostitutas: "No obligues a tus esclavas a prostituirse si ellas desean vivir en castidad" (sura XXIV, 33). En resumen, la discusi¨®n sobre estos temas enseguida se nos revela como un ejercicio muy delicado.
No obstante, el debate en las sociedades isl¨¢micas est¨¢ abierto. Alguien lo ha llamado "la revoluci¨®n silenciosa" (de las mujeres). Pero existe. Ah¨ª est¨¢n las m¨²ltiples asociaciones de musulmanas que luchan por su liberaci¨®n desde los a?os inmediatos a la descolonizaci¨®n. No caigamos en el error de equiparar estos movimientos con los de las feministas que todos conocemos, a las que miran con cierta reserva, especialmente las musulmanas que viven en Europa como emigrantes. Sus esquemas mentales son distintos de los nuestros. No digo mejores ni peores, sencillamente diferentes. Ellas claman por un cambio desde dentro de su propia cultura, no un cambio impuesto desde fuera, y cuando digo desde fuera quiero decir desde Occidente. Incluso las islamistas exigen un cambio, pero, en este caso, basado en la sharia o ley cor¨¢nica.
Los movimientos de mujeres de Oriente Pr¨®ximo, ?frica, Asia... pueden estar de acuerdo con algunas reivindicaciones de las feministas occidentales, pero con otras discrepan abiertamente. Est¨¢n de acuerdo en pedir la igualdad de oportunidades, el derecho al trabajo, a la educaci¨®n, al sufragio universal. Pero se muestran en desacuerdo en temas como el de excluir a la familia de los "contratos matrimoniales", la libre elecci¨®n de esposa o esposo -a veces, desde la infancia-, la dote de la novia, la existencia de tutores o mediadores no s¨®lo para el matrimonio, sino tambi¨¦n para el divorcio. Es decir, el sistema de familia nuclear prevalece sobre los derechos individuales de cada uno de sus miembros, sobre todo de las mujeres del clan.
B¨¢sicamente, el razonamiento es el siguiente: los derechos y responsabilidades del hombre y de la mujer ante Dios son iguales; deben ser devotos, caritativos, veraces, humildes, etc¨¦tera. La diferencia s¨®lo radica en la diversificaci¨®n de funciones que les toca desempe?ar en la sociedad. En este sentido, hombres y mujeres tienen que ser complementarios, seg¨²n la tradici¨®n isl¨¢mica, en una organizaci¨®n dirigida a cubrir m¨²ltiples funciones familiares en contraposici¨®n con la competitividad que supone el binomio hombre-mujer, en una sociedad, como la nuestra, en la que cada cual va por libre.
De tal forma se estructuran las sociedades isl¨¢micas sobre la base de sus tradiciones que podr¨ªamos hablar de un feminismo incongruente desde nuestro punto de vista occidental y laico. No obstante, existen unos principios generales a considerar que ata?en a todas las personas por encima de credos pol¨ªticos y religi¨®n. Son unos principios b¨¢sicos, explicitados en la Declaraci¨®n Universal de los Derechos Humanos, que fueron duramente ganados a trav¨¦s de las turbulencias que siguieron a la Ilustraci¨®n. El siglo XVIII, llamado de las luces, marca un antes y un despu¨¦s en la lucha por el respeto a los derechos m¨¢s elementales del ser humano sea cual fuere su clase o condici¨®n. La revoluci¨®n industrial hizo el resto al incorporar a la mujer, como fuerza de trabajo, al tejido productivo econ¨®mico y social. Y ¨¦sta es la asignatura pendiente del mundo musulm¨¢n.
Obviamente que la discriminaci¨®n de los derechos de la mujer no es exclusiva del mundo isl¨¢mico. Lo que ocurre es que entre los musulmanes est¨¢ muy arraigada y no ha menguado ni un ¨¢pice. En este contexto, no debemos olvidar los prejuicios sobre la mujer derivados de la civilizaci¨®n judeocristiana -patriarcal como la isl¨¢mica-, que saca a Eva de una costilla de Ad¨¢n, la responsabiliza del pecado original y la margina de la Iglesia y la sociedad, someti¨¦ndola tambi¨¦n al hombre. Baste recordar todas las admoniciones lanzadas contra la mujer desde san Pablo hasta los grandes padres de la Iglesia cat¨®lica como san Agust¨ªn, Tertuliano, santo Tom¨¢s de Aquino y otros. Pero de aquello hace un mont¨®n de siglos y algo hemos avanzado, a pesar de credos y religiones.
La 'sunna' y la poligamia
La tradici¨®n o sunna en el islam es uno de sus pilares fundamentales. As¨ª, la poligamia, extendida, en la ¨¦poca preisl¨¢mica, por todas las tribus beduinas, incluida la de Abraham, el gran patriarca de las tres grandes religiones monote¨ªstas -juda¨ªsmo, cristianismo e islamismo-, es tolerada y practicada por Mahoma. Hoy en d¨ªa se contempla como una instituci¨®n que tiende a caer en desuso por razones de precariedad econ¨®mica, pero sigue practic¨¢ndose, a pesar de que las feministas isl¨¢micas, en sus vidas privadas, lo aceptan dif¨ªcilmente y s¨®lo por imposici¨®n cuando sus circunstancias personales no les permiten optar por el divorcio. Ah¨ª est¨¢ la flagrante contradicci¨®n que viven muchas mujeres musulmanas, especialmente las de las ¨¦lites acomodadas que han recibido educaci¨®n y estudios universitarios.
En Marruecos, el movimiento isl¨¢mico Justicia y Espiritualidad del anciano jeque Abdesalam Yassin -tolerado por el Gobierno, aunque prohibido c¨®mo partido pol¨ªtico- puso el grito en el cielo despu¨¦s de que, en el verano de 2000, el Gobierno del socialista Youssoufi prohibiera las playas exclusivas para islamistas, con apartados aislados para cada sexo, donde las mujeres deb¨ªan ba?arse cubiertas de la cabeza a los pies, mientras que los hombres lo pod¨ªan hacer, en su reservado, con el t¨ªpico ba?ador occidental. Tampoco sent¨® bien el Plan de Acci¨®n Nacional para la Integraci¨®n de la Mujer, dentro de las medidas liberalizadoras emprendidas por el joven monarca Muhammad VI tras su llegada al trono, a causa de las t¨ªmidas reformas aperturistas que supone respecto a las mujeres.
Sucede que el machismo no solamente se halla enraizado entre la poblaci¨®n masculina, sino que impregna tambi¨¦n la mentalidad de las propias mujeres araboisl¨¢micas. No quedan tan lejos en el tiempo las prevenciones de nuestras madres cuando empezaron a ejercer las primeras mujeres m¨¦dicas y la desconfianza hacia su capacidad profesional hac¨ªa que prefirieran seguir acudiendo a los tradicionales consultorios masculinos. O una serie de profesiones -como minera, periodista, bombera- que se consideraban "propias de hombres". En cuanto a la discriminaci¨®n positiva por sexo, o pol¨ªtica de cuotas para las mujeres, es una pr¨¢ctica muy en boga desde hace unos a?os en nuestro mundo rico, desarrollado y sobre todo liberal. Salvando las distancias, claro.
Pero ya sea en Rabat, Argel, T¨²nez, El Cairo, etc¨¦tera, mujeres como las marroqu¨ªes F¨¢tima Mernissi y Leila Chafai, o las argelinas Salima Ghezali y Louisa Hanoun, o la feminista egipcia Nawal al Saadawi -llevada a juicio por herej¨ªas contra el islam-, por citar s¨®lo unas cuantas, hacen frente al reto de conseguir superar el modelo patriarcal que impide la igualdad entre hombre y mujer, y, por tanto, la emancipaci¨®n de esta ¨²ltima.
En los pa¨ªses araboisl¨¢micos, al igual que en Occidente, existe una realidad en alza que juega a favor de la mujer en este sentido: la necesidad de que la esposa aporte un salario complementario para tirar adelante la econom¨ªa dom¨¦stica. Muchos esclavos se redimieron por el trabajo, y esta v¨ªa ha servido y sirve hoy a muchas mujeres para ganar peque?as o grandes victorias en su lucha por la emancipaci¨®n. El n¨²mero de mujeres que trabajan, en puestos quiz¨¢ poco cualificados y siempre mal remunerados, en el mundo musulm¨¢n va en aumento. Ello las obliga a salir de casa, donde permanecieron siglos encerradas, casi esclavas entre el analfabetismo y la tradici¨®n isl¨¢mica, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Al producirse la independencia de las colonias, el acceso de las mujeres a la educaci¨®n aument¨® espectacularmente. Es decir, la escolarizaci¨®n de las ni?as pas¨® de ser pr¨¢cticamente nula, sobre todo en el campo, y m¨ªnima en las clases econ¨®micamente privilegiadas (en Marruecos, el promedio en el momento de su independencia era de un 13%), a verse espectacularmente multiplicada, aunque los ¨ªndices de analfabetismo femenino -como hemos visto anteriormente- se mantengan en unos niveles intolerables a estas alturas.
El derecho a la educaci¨®n es el gran ausente en todos los c¨®digos de familia y estatutos personales que rigen en los pa¨ªses araboisl¨¢micos. Pero en los ¨²ltimos a?os estas naciones han sufrido importantes cambios tanto pol¨ªticos como sociales: la emigraci¨®n del campo a la ciudad, la incorporaci¨®n de la mujer al mundo del trabajo, la escolarizaci¨®n de las ni?as, etc¨¦tera. En definitiva, lo que la marroqu¨ª Leila Chafai, doctora en sociolog¨ªa, llama "la feminizaci¨®n del espacio p¨²blico". Dice Chafai: "Muchas familias, sobre todo en las ciudades, ya viven fuera de la ley, es decir, no sujetas a la mudawana. La mujer se casa con un hombre menos machista, puede exigir f¨¢cilmente sus derechos, puesto que ella tambi¨¦n tiene el poder econ¨®mico y sobre todo su autonom¨ªa. El nuevo espacio dom¨¦stico s¨®lo da cabida a una sola mujer, un marido, algunos hijos y la tutela familiar no existe. As¨ª, desde marzo de 1992, las organizaciones feministas se movilizaron por el cambio del 'estatuto personal' exigiendo una ley igualitaria y exponiendo sus reivindicaciones en prensa, radio y televisi¨®n. Al fin, las enmiendas aportadas a la mudawana [en Marruecos] llegaron en septiembre del a?o siguiente".
Las reformas fueron de m¨ªnimos, pero algo se consigui¨®. Por ejemplo, se flexibilizaron disposiciones relativas a la exigencia de los imprescindibles tutores matrimoniales, o la incapacitaci¨®n de las madres como administradoras de los bienes de sus hijos a la muerte del marido, o la facilidad para el hombre de obtener el divorcio sin mediaci¨®n judicial, lo cual ven¨ªa a ser un repudio encubierto. Se desoy¨® una de las principales reivindicaciones de las organizaciones de mujeres: la abolici¨®n de la poligamia, as¨ª como la supresi¨®n de la tutela sobre sus vidas (ahora s¨®lo paterna), que las convierte en eternas menores de edad.
Y cuando, en el a?o 2000, el Gobierno socialista de Youssoufi -animado por el ¨¢nimo aperturista y liberal del nuevo rey Muhammad VI- present¨® un proyecto de reformas serias del estatuto personal de la mujer, aumentando la edad del matrimonio de los 15 a los 18 a?os, reemplazando el repudio por el divorcio o prohibiendo la poligamia, los grupos islamistas empezaron a movilizar a sus gentes en continuas manifestaciones con el argumento de que tales reformas "abrir¨ªan la puerta a la prostituci¨®n". Las asociaciones de mujeres emergieron en toda la comunidad musulmana, sobre todo a partir de los a?os ochenta. Ser¨ªa largo enumerarlas una a una. Lo fundamental es destacar la importancia que todas conceden no s¨®lo a la escolarizaci¨®n primaria, sino especialmente a la educaci¨®n secundaria. Porque la instrucci¨®n modifica las relaciones con las madres, a menudo analfabetas, que no saben c¨®mo reaccionar ante estas hijas contestatarias cuyas reivindicaciones no entienden. No es as¨ª en todos los casos, naturalmente. Algunas se solidarizan con unas aspiraciones quiz¨¢ so?adas por ellas en su juventud.
T¨²nez: ni sumisas ni liberadas
De entre los pa¨ªses del Magreb (norte de ?frica), T¨²nez es el pa¨ªs con un sistema jur¨ªdico menos discriminatorio para la mujer, al menos sobre el papel. La poligamia y el repudio est¨¢n prohibidos, el divorcio se halla al alcance de las mujeres en condiciones equitativas y la escolarizaci¨®n de las ni?as es p¨²blica aun cuando siga habiendo un ¨ªndice de analfabetas inaceptable. Seguramente, las tunecinas son las mujeres m¨¢s emancipadas del mundo ¨¢rabe, excepci¨®n hecha de Irak y Siria, cuyos reg¨ªmenes baazistas de distinto signo, pero laicos ambos, conceden una mayor autonom¨ªa a las mujeres, al menos sobre el papel. El hecho es que T¨²nez ha conseguido hacer grandes avances en el plano jur¨ªdico respecto a las mujeres, flexibilizando su estatuto personal al m¨¢ximo. Sin embargo, sobre el terreno, el comportamiento de la mayor¨ªa de las mujeres sigue condicionado por una serie de tab¨²es, entre los cuales el m¨¢s significativo es el relativo a la sexualidad. Un sondeo que se realiz¨® en 1993 entre la poblaci¨®n femenina sobre la tradici¨®n de llegar virgen al matrimonio arrojaba un pasmoso 87% a favor. Un 60% concibe la actividad sexual como un deber impuesto por la sociedad y la religi¨®n. Las j¨®venes que practican el sexo antes del matrimonio -que las hay- tienen el recurso de acudir al cirujano. En T¨²nez, como en Marruecos, Argelia, etc¨¦tera, hay m¨¦dicos que cobran sumas exorbitantes por dejar un himen como nuevo para que el inadvertido esposo disfrute de una noche de bodas como Dios manda. Claro que estos enga?os quedan restringidos generalmente a las chicas de clases acomodadas o con poder econ¨®mico suficiente para pagar la factura de la intervenci¨®n quir¨²rgica.
Saida Douki, profesora de psiquiatr¨ªa del hospital Razi de Manouba (T¨²nez), apunta a las propias mujeres como las responsables de no tomar ni aun lo que la ley les concede y de educar a sus hijos en el machismo m¨¢s puro y duro. "Son ellas, las madres, las educadoras de hombres", dice la doctora Douki en unas declaraciones recogidas por Samy Ghorbal en L'Intelligent, "las que perpet¨²an el modelo tradicional [...]. Encerrada en su maternidad, la mujer guarda el poder de prolongar indefinidamente los lazos exclusivos, casi incestuosos, que la unen a sus hijos varones. Ella los educa en el culto a su virilidad y a su superioridad al mismo tiempo que inculca a sus hijas la idea de que deben aceptar los l¨ªmites de su condici¨®n". Esta idea se halla tambi¨¦n destacada por Camille Lacoste- Dujardin en su libro sobre patriarcado y maternidad en el mundo ¨¢rabe, Las madres contra las mujeres, cuando dice: "La joven madre, colmada por la presencia de este peque?o var¨®n que ha creado, lo llena de caricias que contribuyen a despertar su sensualidad. Los juegos de contacto corporal, roces, masajes, mordisqueos, no evitan ning¨²n lugar del cuerpo de este ni?o, y el sexo del peque?o var¨®n es especialmente objeto de m¨²ltiples atenciones, solicitaciones y juegos por parte de la joven madre, que pasa as¨ª con mucha facilidad de lo l¨²dico a lo er¨®tico. Esta proximidad activa establece entre la madre y el beb¨¦ una relaci¨®n muy estrecha, muy rica, muy completa". No es de extra?ar que el v¨ªnculo con la madre persista y tenga un gran peso, m¨¢s tarde, a lo largo de toda la vida adulta del hijo.
Para Saida Douki, el matrimonio del hijo no pone fin a esta relaci¨®n de dependencia, sino que, por el contrario, afirma el triunfo de la madre, que le elige la esposa y que se interpondr¨¢ permanentemente entre ¨¦sta y su marido. Destaca Douki que la funci¨®n de la poligamia es un obst¨¢culo casi insalvable para instaurar una relaci¨®n privilegiada con una sola mujer en detrimento de la relaci¨®n con la madre. Porque para el marido con m¨¢s de una esposa, la verdadera mujer de su vida ser¨¢ siempre la madre. Para terminar, esta eminente psiquiatra tunecina, tras insistir en que las madres son las que construyen la misoginia de los hombres y que su relaci¨®n con los hijos hace a ¨¦stos incapaces de poder establecer relaciones de igualdad con otras mujeres, pide una mayor implicaci¨®n del padre en la educaci¨®n de los hijos dentro del hogar con el fin de construir una vida de familia triangular m¨¢s sana. Tambi¨¦n hace hincapi¨¦ en el acceso de las j¨®venes a la ense?anza secundaria y superior y al trabajo como ¨²nico medio de emanciparse.
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