Hospitales
El que quiera saber lo que es la vida que venga a un hospital, me dice un m¨¦dico, veterano en ver carencias y en falta de medios. Y es verdad, se trata de una experiencia que por poco receptivos que seamos nos obliga a ver las cosas de otra manera, por lo pronto, a darnos cuenta de que dependemos de los dem¨¢s en mayor medida de lo que creemos y que hay momentos en que la ayuda es necesaria, se quiera o no, y esto sirve para la vida en general. Por eso, cuando alguien declara con soberbia que no le debe nada a nadie, me hace pensar. Me hace pensar que nunca habr¨¢ estado enfermo, ni habr¨¢ tenido que pedir trabajo, ni le habr¨¢n hecho re¨ªr. ?C¨®mo se puede estar seguro de que no se le debe nada a nadie?
El hospital es un mundo aparte, con su olor, su est¨¦tica y su estilo de vida, del que, en cuanto le asignan cama, pasa a formar parte el enfermo. El acompa?ante del enfermo es otra cosa, es alguien que vive la situaci¨®n sentado en una silla o bien apoyado en la pared del pasillo interactuando con los que est¨¢n en su misma situaci¨®n. Tambi¨¦n va y viene a la m¨¢quina del caf¨¦ o de las coca-colas y, al cabo de los d¨ªas, conoce la planta mejor que su barrio y a los acompa?antes de otros pacientes, mejor que a sus vecinos. El olor se nota nada m¨¢s entrar en el vest¨ªbulo, baja de los pasillos y de las habitaciones por escaleras y ascensores y se queda pegado a la ropa. Es tan denso que podr¨ªa ser de color verde, pero nadie ha sabido describ¨ªrmelo, todo el mundo arruga la nariz y dice, ese olor. Podr¨ªa ser una mezcla de antibi¨®tico, zumo de naranja y lej¨ªa. Al principio, aunque no queramos ser escrupulosos, provoca un cierto rechazo y tendemos a respirar a medio gas. Parece que as¨ª no se llega a estar del todo all¨ª, que de alguna forma una parte de los pulmones y del cuerpo contin¨²a en la vida normal. Pero a las cuatro horas de habitaci¨®n ya nos hemos curado de estas tonter¨ªas. Porque para los acompa?antes m¨¢s inc¨®modo que el olor es la silla, y con suerte el sill¨®n, donde tendremos que pasar la noche. Lo que no es para tanto porque si llegamos a coger el sue?o, con el cuello torcido y los pies hinchados, ser¨¢ como viajar en turista. En cualquier caso, el sue?o no ser¨¢ muy largo porque las enfermeras con sus continuas entradas y salidas nos recuerdan que esto no es un hotel. Sin embargo, no nos proh¨ªben estar aqu¨ª mortific¨¢ndonos. En este punto es reconfortante saber que tambi¨¦n los hijos del pr¨ªncipe Raniero se han turnado para acompa?ar a su padre como si fueran pueblo. Y es que, al final, de una manera o de otra, todos terminamos igual. Habr¨¢ que volver a leer a Jorge Manrique.
Es curioso porque la habitaci¨®n, sobre todo si es de la Seguridad Social, acaba absorbi¨¦ndonos. Llegamos a conocer la vida del de la cama de al lado con pelos y se?ales, a sentirnos sus c¨®mplices, a llamar al timbre si se le agota el suero. Llegamos a conocer a su marido o mujer, a sus hijos o padres y a saber qui¨¦n se preocupa m¨¢s por ¨¦l y cuando le trasladan o le dan el alta, casi le echamos de menos. Al fin y al cabo, una habitaci¨®n de hospital es parecida a una novela o una pel¨ªcula: el protagonista est¨¢ en la cama y el resto de los personajes de su historia van y vienen formando un cuadro borroso de su vida hasta para ¨¦l mismo. A veces, incluso, se convierte en el camarote de los hermanos Marx y tiene que llegar un sanitario a poner orden.
De hecho, ha dado juego para hacer pel¨ªculas y series de televisi¨®n de gran ¨¦xito como Urgencias, a la que fui aficionada durante cierto tiempo por las gafas, como de bucear, que los doctores se ponen en el quir¨®fano y los gorros de retales de flores. Tal vez nunca, ni cuando de peque?os nos disfraz¨¢bamos de m¨¦dicos y enfermeras, se ha explotado tanto la est¨¦tica hospitalaria. Radiograf¨ªas colgadas de la pared, camillas, guantes, instrumental, gomas, goteros, batas blancas y verdes. A m¨ª personalmente, en los hospitales de verdad, todo eso hace que me tiemblen las piernas y, de tener que ingresar en alguna cl¨ªnica, preferir¨ªa hacerlo en La monta?a m¨¢gica, de Thomas Mann. Mientras tanto, agradezco profundamente que haya gente entregada a prepararse para atendernos cuando llegamos a ese mundo aparte, que es el m¨¢s real que existe, tal vez el ¨²nico real. Seguro que el hospital de Legan¨¦s necesitar¨ªa que se atendiesen m¨¢s sus necesidades que las denuncias an¨®nimas.
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