No tan b¨¢rbaros
Nadie se ha dado nunca a s¨ª mismo el nombre de b¨¢rbaro. No es un tipo de palabra que se preste a eso, ya que se usa para aludir a otras personas. De hecho, se trata de un t¨¦rmino que denota alteridad. Lo utilizaron los antiguos griegos para denominar a los pueblos que no eran de origen griego debido a que no pod¨ªan comprender su lengua y les sonaba, por tanto, como un balbuceo ininteligible: "Bar..., bar..., bar...". El s¨¢nscrito, esto es, la lengua usada en la antigua India, cuenta con esa misma palabra, barbara, y significa "tartamudeo, chapurreo" -o, en otras palabras, extranjero-.
Los romanos hicieron suya la voz griega y la emplearon para etiquetar (y a menudo difamar) a los pueblos que ocupaban la periferia de su propio mundo.
Durante siglos nos hemos tragado todos la eficaz propaganda romana, que marc¨® a los b¨¢rbaros para siempre
Los 'saqueos' de Roma no fueron para tanto. Los godos no derribaron m¨¢s que un edificio, y los v¨¢ndalos, ninguno
El miedo desempe?¨® un papel clave en Roma, como si su grandeza fuera producto de la paranoia y la desesperaci¨®n
?Qu¨¦ habr¨ªa ocurrido si la loba se hubiese comido a R¨®mulo y Remo? ?C¨®mo ser¨ªa la historia contada por los b¨¢rbaros?
Una vez que el vocablo cont¨® con el respaldo del poder y la majestad de Roma, la interpretaci¨®n romana pas¨® a ser la ¨²nica vigente, y los pueblos a los que endosaron el ep¨ªteto de b¨¢rbaros quedaron marcados para siempre -ya se tratase de los hispanos, los britanos, los galos, los germanos, los escitas, los persas o los sirios-. Y, desde luego, el apelativo b¨¢rbaro qued¨® convertido en un sin¨®nimo de todo aquello que se considerara diametralmente opuesto a lo civilizado. A diferencia de los romanos, los b¨¢rbaros carec¨ªan de refinamiento, eran primitivos, ignorantes, brutales, rapaces, destructivos y crueles.
Los romanos mantuvieron a raya a los b¨¢rbaros todo el tiempo que pudieron, pero al final se vieron desbordados y las hordas salvajes invadieron el imperio y destruyeron unos logros culturales que hab¨ªan tardado siglos en materializarse. Las hordas b¨¢rbaras que recorrieron enfurecidas el continente europeo extinguieron pr¨¢cticamente toda luz de raz¨®n y civilizaci¨®n, derribaron todo cuanto hab¨ªan levantado los romanos, saquearon la propia Roma y sepultaron a Europa en una edad sombr¨ªa. Los b¨¢rbaros s¨®lo trajeron consigo caos y oscurantismo, y hubo que esperar al Renacimiento para ver nuevamente reavivada la llama del conocimiento y el arte romanos.
El relato nos resulta familiar, pero es una simpleza.
La caracter¨ªstica que confer¨ªa a Roma su singularidad no se deb¨ªa ni a su arte ni a su ciencia ni a su cultura filos¨®fica; no estribaba en su observancia del derecho ni en su preocupaci¨®n por la humanidad ni en su delicada cultura pol¨ªtica. De hecho, en todas esas materias, los pueblos que conquist¨® no s¨®lo la igualaban, sino que incluso la superaban. El rasgo privativo de Roma radicaba en el hecho de poseer el primer ej¨¦rcito profesional que haya conocido el mundo. (...)
Lo cierto es que debemos mucho m¨¢s a los llamados b¨¢rbaros que a los hombres que vest¨ªan la toga. Y el hecho de que sigamos pensando que los celtas, los hunos, los v¨¢ndalos, los godos, los visigodos y dem¨¢s eran b¨¢rbaros implica que todos nosotros nos hemos tragado el anzuelo de la propaganda romana. Todav¨ªa aceptamos que sean los romanos quienes definan nuestro mundo y nuestro concepto de la historia.
No obstante, en los ¨²ltimos 30 a?os, se ha empezado a modificar el gui¨®n. Los descubrimientos arqueol¨®gicos han arrojado nueva luz sobre los textos antiguos que han llegado hasta nosotros, y esto ha propiciado interpretaciones in¨¦ditas del pasado. Hoy sabemos que el Imperio Romano detuvo en seco, durante cerca de 1.500 a?os, numerosos avances cient¨ªficos y matem¨¢ticos en curso, y que en ¨¦pocas mucho m¨¢s recientes ha sido preciso volver a aprender y a descubrir buena parte de lo que ya se sab¨ªa y se hab¨ªa logrado antes de que Roma se alzara con el poder.
Roma emple¨® su ej¨¦rcito para eliminar las culturas que la circundaban, y pagaba a sus soldados con las riquezas que arrebataba a esos pueblos. Romaniz¨® las sociedades conquistadas y dej¨® el menor rastro posible de ellas. Lo cierto es que gran parte de lo que entendemos por civilizaci¨®n romana procede del pillaje cultural por el que un buen n¨²mero de elementos del mundo b¨¢rbaro pasaron a manos romanas. Las conquistas de los romanos se realizaron con espadas, escudos, corazas y piezas de artiller¨ªa copiadas a los pueblos contra los que combat¨ªan; sus ciudades se edificaron con el bot¨ªn arrancado a las culturas m¨¢s pr¨®speras de la periferia romana. (...) Hoy estamos empezando a comprender que la cr¨®nica de esa supuesta involuci¨®n que nos habr¨ªa hecho pasar de la luz de Roma a las tinieblas del orbe b¨¢rbaro es totalmente falsa. (...)
No deber¨ªamos creer todo cuanto nos digan los romanos. ?sta es, por ejemplo, la considerada opini¨®n que le merecen los alces a Julio Cesar. Los cuernos de los alces, seg¨²n nos informa el gran estadista y general, "est¨¢n recortados y las patas carecen de junturas o articulaciones. No se recuestan para descansar, ni pueden levantarse o ponerse en pie si caen a tierra por accidente. Los ¨¢rboles les sirven de lecho: se apoyan sobre ellos y as¨ª, con s¨®lo reclinarse un poco, descansan. Cuando los cazadores descubren, gracias a sus huellas, d¨®nde acostumbran a recogerse, echan abajo o cortan a ras del suelo todos los ¨¢rboles del lugar, pero de forma que parezca que se mantienen en pie. Cuando, seg¨²n su costumbre, se recuestan sobre ellos, derriban con su peso los ¨¢rboles, que ya no tienen ninguna consistencia, y caen juntos".
El ge¨®grafo griego Estrab¨®n y el enciclopedista latino Plinio el Viejo repiten con la mayor solemnidad esta interesante muestra de observaci¨®n zool¨®gica. (...) El entusiasmo que ha venido manifestando desde el Renacimiento la sociedad occidental por todo cuanto guarde relaci¨®n con los romanos nos ha inducido a contemplar gran parte del pasado con sus ojos, aunque tuvi¨¦ramos delante de las narices pruebas contrarias a lo que afirmaban. Por supuesto, el conocimiento pr¨¢ctico que hoy tenemos de los alces es superior al de Julio C¨¦sar, pero, si se trata de los b¨¢rbaros, seguimos tendiendo a aceptar las opiniones que ¨¦l nos ha dejado sobre el particular -las opiniones de un conquistador con prioridades que atender-. Ahora bien, una vez que hemos dado la vuelta al estereotipo y examinado la historia desde una perspectiva no romana, las cosas comienzan a presentar un cariz muy distinto. Por ejemplo, la descripci¨®n que los romanos hicieron de los v¨¢ndalos nos ha legado la voz vandalismo, y, sin embargo, como veremos, los v¨¢ndalos ten¨ªan un comportamiento altamente moral y no s¨®lo eran cultos, sino que sab¨ªan leer y escribir, y a menudo se mostraban mucho m¨¢s civilizados que los romanos.
Los diferentes saqueos de Roma que protagonizaron los godos y los v¨¢ndalos no fueron calamidades destructivas. Los godos no derribaron m¨¢s que un edificio, y los v¨¢ndalos, ninguno. (...)
La Iglesia cat¨®lica (...) hizo todo cuanto pudo -siguiendo, una vez m¨¢s, la gran tradici¨®n romana- por reorganizar a su antojo los pueblos y la historia. Fue la Iglesia la que decidi¨® qu¨¦ documentos habr¨ªan de perdurar y cu¨¢les no: todas las fuentes de que disponemos han llegado hasta nosotros a trav¨¦s de copistas cat¨®licos medievales. Por consiguiente, volvemos a encontrarnos que la imagen del pasado se nos ha transmitido de un modo muy peculiar.
Debido a que la palabra b¨¢rbaro, tal como la empleamos nosotros, es en esencia un t¨¦rmino que utilizaban los romanos para definir a quien no lo era, deberemos comenzar por Roma. Los romanos ten¨ªan una idea muy clara de s¨ª mismos. (...) Todos los dem¨¢s, todos los que eran extranjeros, eran b¨¢rbaros y hab¨ªa que temerlos.
Por extra?o que parezca, el miedo parece haber desempe?ado un papel clave en la historia de Roma. (...) Es casi como si la grandeza de Roma hubiera sido un producto de la paranoia y la desesperaci¨®n. Otra circunstancia ins¨®lita es que podr¨ªa darse el caso de que el principal acontecimiento de la historia romana, el que desencaden¨® esa paranoia, no hubiera existido nunca -quiz¨¢ no pasara nunca de ser una leyenda-. Fuera cierto o falso, lo que s¨ª ocurri¨® es que el gran historiador romano Tito Livio (59 a. C.-17 d. C.) lo hizo constar por escrito, y que a partir de ese momento su narraci¨®n se convirti¨® en el texto hist¨®rico est¨¢ndar que hab¨ªa de quedar impreso en la mente de todo romano. As¨ª es como los romanos aprendieron a temer a los b¨¢rbaros.
A finales del siglo IV a. C., en la ¨¦poca en que la ciudad de Roma estaba empezando a dominar el centro de Italia, un grupo de gentes muy distintas procedentes de la Galia cruz¨® los Apeninos y se asent¨® en la costa adri¨¢tica entre lo que hoy son las poblaciones de R¨ªmini y Ancona. Se llamaban los senones, y fundaron una peque?a urbe denominada Senigallia. Desgraciadamente, result¨® ser el sitio perfecto para pasar unas vacaciones en la playa, pero poco pr¨¢ctico desde el punto de vista agr¨ªcola. No les result¨® f¨¢cil encontrar un emplazamiento mejor -otros grupos celtas se hab¨ªan instalado ya en los mejores asentamientos-. De este modo, en el a?o 390 a. C., los guerreros senones se presentaron a las puertas de Clusium (la actual Chiusi, en la Toscana): "Extra?os hombres a millares..., hombres de unas trazas que los ciudadanos jam¨¢s hab¨ªan visto, estrafalarios soldados provistos de sorprendentes armas". Daba la impresi¨®n de que Clusium no estaba tan bien protegida como las dem¨¢s poblaciones en las que hab¨ªan probado suerte, as¨ª que aquellos temibles reci¨¦n llegados pidieron que se les cedieran tierras buenas en las que poder establecerse.
Los habitantes de Clusium lanzaron un llamamiento a Roma a fin de recibir ayuda en las negociaciones, y los romanos enviaron, como corresponde, a tres hermanos de la familia Fabia para que actuaran como ¨¢rbitros. Seg¨²n Livio, cuando los emisarios romanos preguntaron a los celtas en qu¨¦ basaban su derecho a solicitar tierras del pueblo de Clusium, "la altiva respuesta fue que sus armas eran ley, y que los valientes eran due?os de todo".
Los hermanos Fabios eran j¨®venes y arrogantes, y no demostraron ser los diplom¨¢ticos con m¨¢s tacto del mundo. Se trataba, de acuerdo con Livio, de "delegados de temperamento violento que se asemejaban m¨¢s a los galos que a los romanos". De hecho, eran los celtas quienes parec¨ªan mostrar mayor respeto por el derecho internacional. Una vez que las conversaciones quedaron rotas, los hermanos Fabios se unieron a los ciudadanos de Clusium en la guerra contra los senones. Uno de los hermanos, Quinto Fabio, lleg¨® incluso a matar a uno de los cabecillas celtas. Seg¨²n han observado tanto Livio como Plutarco, otro historiador, era "contrario al derecho de gentes" que un negociador empu?ase las armas para prestar apoyo a uno de los bandos en su lucha contra el otro. Los senones se sintieron, con raz¨®n, ultrajados, y decidieron enviar a Roma a sus propios embajadores para exponer su queja.
Por desgracia, los hermanos Fabios pertenec¨ªan a una familia muy poderosa, y cuando el senado refiri¨® el asunto al pueblo de Roma, ¨¦ste respald¨® las acciones de los dos legados, y lo que es a¨²n peor, cubri¨® de honores a la familia. Los embajadores celtas advirtieron a los romanos que esa actitud tendr¨ªa repercusiones y acto seguido partieron de vuelta a Clusium. Una vez en la ciudad, se tom¨® la decisi¨®n de ense?ar a respetar la legalidad internacional a aquellos presuntuosos romanos en lo sucesivo. Seg¨²n Plutarco, el ej¨¦rcito, a las ¨®rdenes de Breno, cubri¨® en perfecta formaci¨®n los 128 kil¨®metros que separan Clusium de Roma: "Contrariamente a lo esperado, no causaron ning¨²n da?o a su paso, ni cogieron nada de los campos, y al cruzar por las ciudades, anunciaban con grandes voces que se dirig¨ªan a Roma, que s¨®lo a los romanos ten¨ªan por enemigos y que consideraban amigos suyos a todos los dem¨¢s pueblos".
Despu¨¦s, aquel "extra?o enemigo venido de los confines de la tierra" aplast¨® al ej¨¦rcito romano y se dispers¨® por la ciudad, que incendi¨® y saque¨®. Muchos romanos huyeron, y los que optaron por permanecer se refugiaron en el monte capitolino. Breno y su ej¨¦rcito les sometieron a asedio durante seis meses, pero al final accedieron a retirarse a cambio de 450 kilos de oro.
Trescientos a?os despu¨¦s, Livio relata el horror y el oprobio de aquel acontecimiento, que habr¨ªa de obsesionar las mentes romanas por espacio de ocho siglos: "Se a?adi¨® el ultraje a una situaci¨®n que ya de por s¨ª era suficientemente escandalosa, pues los pesos que los galos aportaron para determinar la cantidad de metal requerida hab¨ªan sido falseados, y cuando el comandante romano lo censur¨®, el insolente b¨¢rbaro arroj¨® su espada a la balanza, exclamando: 'Vae victis!' (?Ay de los vencidos!)".
Seg¨²n Livio, en esa ¨¦poca, los romanos consideraron seriamente la posibilidad de abandonar su ciudad. Sin embargo, decidieron reconstruirla para no volver a encontrarse en la vergonzosa tesitura de descubrirse en el bando perdedor. La leyenda de Breno se convirti¨® en uno de los elementos impulsores de la expansi¨®n romana. Al otro lado de las fronteras hab¨ªa b¨¢rbaros, terribles salvajes, y Roma se ve¨ªa en la necesidad de reforzarlas. Y no s¨®lo eso: tambi¨¦n ten¨ªa que desplazarlas, alej¨¢ndolas cada vez m¨¢s de su propio centro, hasta que, en ¨²ltimo t¨¦rmino, no quedase ya espacio para los b¨¢rbaros, salvo en el caso de que se los hubiera romanizado por completo. A partir de aquel momento, Roma habr¨ªa de atenerse a la doctrina de los ataques preventivos para as¨ª someter a todos los pueblos que alentaban al otro lado de sus l¨ªmites y poner al mundo romano a resguardo de la alteridad.
Pese a que ya no demos cr¨¦dito a la existencia de mam¨ªferos cuadr¨²pedos carentes de articulaciones, a¨²n seguimos aceptando la cosmovisi¨®n que nos han legado los romanos de su mundo, un parecer en el que la palabra b¨¢rbaro acompa?a siempre a la voz hordas. Los romanos elaboraron una imagen de s¨ª mismos que los presentaba como un pueblo civilizado capaz de erigir un imperio para mantener a raya a un mundo habitado por un conjunto de tribus dispersas integradas por violentos cafres.
La leyenda de Roma arranca con la f¨¢bula de R¨®mulo y Remo, dos ni?os peque?os perdidos a los que amamant¨® una loba. (...) Ha llegado el momento de preguntarnos c¨®mo habr¨ªa sido el mundo si la loba, en vez de darles de comer, hubiera optado por zamp¨¢rselos. ?Qu¨¦ habr¨ªa pasado si Roma no hubiese existido?
?C¨®mo habr¨ªa sido la historia de haberla escrito ¨²nicamente los b¨¢rbaros?
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