Muy lejos del 'boom'
Mi generaci¨®n fue la ¨²ltima cuya formaci¨®n literaria fue, fundamentalmente, nacional. Crecimos leyendo a los chilenos, a los chilenos muertos, para ser preciso. En mi casa, como en la mayor¨ªa de las casas de clase media, la biblioteca consist¨ªa ¨²nicamente en una colecci¨®n de libros baratos que ven¨ªan de regalo con la revista Ercilla, un semanario oficialista. La biblioteca Ercilla inclu¨ªa varias decenas de t¨ªtulos de color rojo para la literatura espa?ola y de color caf¨¦ para la literatura chilena y de color beige para la literatura universal. No hab¨ªa una colecci¨®n de libros latinoamericanos. No hab¨ªa, para nosotros, literatura latinoamericana. Do?a B¨¢rbara y el Mart¨ªn Fierro figuraban entre los libros de literatura universal y, si mal no recuerdo, la obra m¨¢s actual de la literatura espa?ola era Niebla, de Unamuno. Mi generaci¨®n creci¨® creyendo que la literatura chilena era de color caf¨¦, y que no hab¨ªa algo as¨ª como una literatura latinoamericana. Por eso siento tan lejana la experiencia del boom. Una de las mejores novelas que he le¨ªdo es El coronel no tiene quien le escriba y una de las peores sin duda es Memoria de mis putas tristes. Pero discutir sobre el boom ser¨ªa, para m¨ª, tan estimulante como debatir si el conceptismo o el culteranismo.
Para quienes nacimos durante los primeros a?os de la dictadura, la adolescencia coincidi¨® con el retorno de la democracia (de una democracia adolescente, por decirlo con elegancia). Fue entonces cuando llegaron o reaparecieron todos los libros: la literatura del exilio, la literatura latinoamericana y la literatura a secas. Le¨ªmos como pudimos, con ¨ªmpetu, sin horizontes definidos, sin miedo a la promiscuidad: Yukio Mishima fue nuestro Severo Sarduy, Macedonio Fern¨¢ndez fue nuestro Laurence Sterne, Paul Celan fue nuestro C¨¦sar Vallejo, ?lvaro Mutis fue nuestro abuelito, Robert Creeley nuestro amigo mudo y Emily Dickinson nuestra primera polola. Y Borges fue nuestro Borges.
De ese completo desorden, de ese encuentro tard¨ªo proviene el paisaje vigente. Algunos nos cambiamos de pa¨ªs y regresamos m¨¢s chilenos que nunca. Otros se quedaron en Chile para poder ser ingleses o gringos o suecos. No es broma: a muchos escritores locales les pareci¨® una fatalidad que Roberto Bola?o fuera chileno. Tal vez lo que les molestaba era que no renunciara a su nacionalidad. No exagero si digo que la mayor¨ªa de los chilenos no quieren leer a los chilenos, mucho menos a los latinoamericanos. Quieren, en el mejor de los casos, leer a S¨¢ndor M¨¢rai. No s¨¦ si eso es malo. No he le¨ªdo a M¨¢rai. Soy, seguramente, el ¨²nico escritor chileno que no ha le¨ªdo a S¨¢ndor M¨¢rai.
Chile es pa¨ªs de poetas y de best sellers: de gente que indaga en el lenguaje y de gente que replica un espa?ol desabrido y temeroso, un espa?ol que nadie habla. En Chile desconfiamos de la escritura, para nosotros persiste el divorcio entre la lengua hablada y la lengua escrita: son muchas las palabras que decimos pero no escribimos y sin duda son demasiadas las frases que escribimos pero no decimos. Contra ese divorcio lucharon Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Jorge Teillier o Gonzalo Mill¨¢n; se atrevieron, cada uno a su modo, a escribir, a buscar un lenguaje chileno y a la vez personal. Violeta Parra se atrevi¨® a descubrirlo, a crearlo y, por si fuera poco, a cantarlo. El gran tema secreto de la literatura chilena es ese abismo entre lo que se dice y lo que se escribe. Lo que Neruda invent¨® fue un balbuceo elegante, un fraseo literario que favorece el rodeo y la eterna divagaci¨®n. Los poetas chilenos olvidaron hace rato a Neruda, pero los narradores no. Los narradores chilenos escriben -escribimos- para adentro, como si la novela fuera, en realidad, el largo eco de un poema reprimido. Habr¨ªa que encontrar, tal vez, ese poema no escrito pero presente en las novelas chilenas. Habr¨ªa que escribir el poema y algo m¨¢s; algo que lo niegue.
En cuanto a m¨ª, los libros que he escrito los imaginaba distintos. Pero yo no tengo mucha imaginaci¨®n: tal vez tengo buena memoria o buena voluntad de memoria, o buena memoria involuntaria. Al escribir Bons¨¢i o La vida privada de los ¨¢rboles no sab¨ªa muy bien qu¨¦ quer¨ªa representar. Tal vez nada. Todo lo que puedo decir sobre esos libros es posterior a la escritura, y corresponde, m¨¢s bien, a la primera y ¨²nica vez que los le¨ª ya terminados. En ambos libros obedec¨ª al solo deseo de desplegar im¨¢genes que me parec¨ªan v¨¢lidas. Ahora pienso que al escribir esas novelas quer¨ªa nombrar las vidas medianas y nada novelescas de quienes crecimos leyendo libros de color rojo, beige y caf¨¦. Ahora pienso que deseaba, quiz¨¢s, hablar de personajes que no quieren o que no pueden ser personajes, tal vez porque son chilenos. Quiz¨¢s deseaba hablar de nuestro pobre pasado vegetal, de la impostura, de las fr¨¢giles nuevas familias, en fin, de la vida que, como dice John Ashbery, es "un libro cuya lectura alguien ha abandonado", y de la muerte, de los muertos ajenos y de los muertos propios.
Pero tal vez me lo invento. Tal vez me propon¨ªa nada m¨¢s que descubrir, para m¨ª, una prosa pasable. Tal vez habl¨¦ de lo que habl¨¦ porque no quer¨ªa o no pod¨ªa hablar de otra cosa o de otra manera. Toda literatura es, finalmente, una falla. Toda literatura es personal y nacional. Toda literatura lucha contra s¨ª misma, contra lo personal y contra lo nacional, porque, como escribe Henry Miller al comienzo de Black Spring, "lo que no est¨¢ en medio de la calle es falso, derivado, es decir, literatura".
Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es autor de dos libros de poes¨ªa y de las novelas Bons¨¢i y La vida privada de los ¨¢rboles, ambas publicadas por Anagrama.

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