Recuerden a los que frenaron la recuperaci¨®n estadounidense
Tras el gran desplome del mercado de valores de octubre de 1929, el nuevo presidente republicano, Herbert Hoover, y su millonario secretario del Tesoro, Andrew Mellon, cometieron la estupidez de oponerse a los macroprogramas p¨²blicos de est¨ªmulo econ¨®mico r¨¢pido. Ese terrible error arruin¨® para siempre sus reputaciones en la historia.
La ciencia econ¨®mica ha progresado mucho desde entonces. Desafortunadamente, sin embargo, el excelente equipo econ¨®mico del presidente Obama todav¨ªa se ve constre?ido y estorbado por la oposici¨®n republicana del Congreso. As¨ª es la pol¨ªtica, la pol¨ªtica peligrosa.
Pero quiz¨¢s resulta m¨¢s sorprendente que algunos macroeconomistas conservadores se hayan unido a quienes se oponen con pesimismo a que el Gobierno estimule de forma en¨¦rgica la econom¨ªa real ahora. ?Por qu¨¦ unos especialistas en econom¨ªa bien preparados quieren volver a caer en viejos errores en un momento cr¨ªtico?
Sorprende que economistas conservadores se opongan a que el Gobierno estimule la econom¨ªa real
Es un hecho interesante, aunque no sirva de explicaci¨®n, que algunos de ellos est¨¦n reproduciendo un viejo s¨ªndrome de Harvard. A principios de la d¨¦cada de los treinta, entre las estrellas de Harvard se encontraban nombres tan famosos como los de Joseph Schumpeter y Edward Chamberlin. Ambos encabezaron los ataques contra el plan de recuperaci¨®n econ¨®mica de Roosevelt conocido como New Deal.
Schumpeter afirmaba que las depresiones son algo bueno, no malo, porque proporcionan una catarsis (sea lo que sea lo que eso signifique en este contexto) despu¨¦s de las distorsiones de la expansi¨®n econ¨®mica que las precede. ?Una depresi¨®n era, de hecho, justo lo que recetaba el m¨¦dico!
Pero Schumpeter no era el ¨²nico que pensaba as¨ª. Otro austriaco famoso, Friedrich Hayek, que entonces resid¨ªa en Inglaterra, fue objeto de eternos reproches por insistir de manera similar en limitar cualquier expansi¨®n del cr¨¦dito durante la deflaci¨®n de 1931. Se dice que, en un seminario celebrado en Londres en plena depresi¨®n, el joven socio de J. M. Haynes, Richard Kahn, le pregunt¨® a Hayek: "?Quiere decir que si usted me presta una libra y la gasto en consumir algo estoy haciendo que la depresi¨®n empeore? Hayek le respondi¨®: "S¨ª, y es muy complicado explicar por qu¨¦". Pero es f¨¢cil explicar por qu¨¦ se hundi¨® la reputaci¨®n de Hayek como macroeconomista.
?sta no era una peculiaridad austriaca. Chamberlin, el famoso inventor de la teor¨ªa de la competencia monopol¨ªstica, contribuy¨® a las cr¨ªticas contra el New Deal con la descabellada opini¨®n de que las depresiones eran "imposibles" porque la demanda nunca pod¨ªa ser m¨¢s baja que la oferta. Por eso no es de extra?ar que un peri¨®dico de Boston publicase un titular desaprobador: "El equipo titular de Harvard queda eliminado".
En cierta forma, la historia se repite. Otra pareja de famosos economistas de Harvard, Greg Mankiw y Robert Barro, parece estar dej¨¢ndose llevar por una ideolog¨ªa conservadora al estilo Hoover-Mellon para tratar de limitar y oponerse a la propuesta de Obama para reactivar la econom¨ªa real. Su versi¨®n de la doctrina conservadora es ligeramente distinta.
Keynes y Richard Kahn sosten¨ªan que, en una econom¨ªa con un paro y una falta de actividad excesivos, un d¨®lar m¨¢s de gasto gubernamental en productos de consumo, especialmente en aquellos que los consumidores normalmente no compran por s¨ª mismos, ser¨ªa m¨¢s ¨²til que un d¨®lar gastado en aumentar la producci¨®n total.
Su razonamiento consist¨ªa en que esa parte de los beneficios privados obtenidos al producir lo que fuese que el Gobierno comprase en primer lugar ser¨ªan gastados por aquellos que los hubiesen obtenido, y as¨ª sucesivamente. Los c¨¢lculos actuales sobre esta multiplicaci¨®n indican que un d¨®lar de gasto p¨²blico en productos de consumo genera, tras cierto tiempo, alrededor de un d¨®lar y medio de gasto total y de producci¨®n. Como todos los c¨¢lculos de ese tipo, ¨¦ste es aproximado e incierto; el verdadero efecto multiplicador puede variar dependiendo de las circunstancias.
La bajada de los impuestos ha resultado ser menos eficaz porque los beneficiarios ahorran una parte considerable de ese dinero, especialmente en ¨¦pocas de incertidumbre.
Los seguidores actuales de Herbert Hoover afirman que la multiplicaci¨®n es mucho menor, no de 1,5 sino quiz¨¢s de 1,01 o 1, o puede que incluso menos. Probablemente no est¨¦n en lo cierto, y esas afirmaciones exageradas son absurdas.
Los modelos de previsi¨®n habituales, empleados por el Gobierno y por el sector privado, funcionan mejor con multiplicadores cercanos al 1,5 que se propone aqu¨ª. Un meticuloso estudio comparativo del Banco de la Reserva Federal en Boston averigu¨® que los multiplicadores mucho m¨¢s peque?os, como los que en su momento propon¨ªa Milton Friedman, funcionan muy mal.
Pero, incluso si las compras de productos con dinero p¨²blico no a?adiesen a la producci¨®n nacional m¨¢s que esos mismos productos, ¨¦se no ser¨ªa un motivo para oponerse a ellas en un momento en que se est¨¢ despidiendo a obreros y las f¨¢bricas est¨¢n cerrando porque no son capaces de encontrar compradores particulares para sus productos.
Tenemos muchos ejemplos de mejoras en la econom¨ªa real que tuvieron su origen en el gasto p¨²blico: Estados Unidos despu¨¦s de 1940, nuevamente entre 1963 y 1967, e incluso la Alemania de Hitler. En esos casos, la fuerza impulsora era el gasto militar. No hay ning¨²n motivo econ¨®mico por el que el gasto en obras p¨²blicas pac¨ªficas tendr¨ªa que funcionar de un modo distinto.
De modo que ?c¨®mo explicar semejante estupidez a estas alturas del desarrollo de las ciencias econ¨®micas y en un momento en que la econom¨ªa real tiene una necesidad tan apremiante de un impulso expansivo?
Se vislumbran dos posibles explicaciones. La primera es que un largo periodo de crecimiento econ¨®mico tranquilo, interrumpido ¨²nicamente por recesiones muy leves, ha adormecido a la joven macroeconom¨ªa con la creencia de que ¨¦ste es el orden natural de las cosas y que las econom¨ªas capitalistas modernas simplemente no pueden sufrir ca¨ªdas graves de la demanda. ?sta es una variante del error de Chamberlin. La otra explicaci¨®n es que, aparentemente, la ideolog¨ªa conservadora tiene permiso para dejar de lado la sensatez.
Se tarda tiempo en labrarse una buena reputaci¨®n. Pero en la injusta jungla de la ciencia, puede perderse de un d¨ªa para otro. Afortunadamente, despu¨¦s de toda mala decisi¨®n dentro de los modelos econ¨®micos, uno puede hallar algo de consuelo en la ¨²ltima frase de Lo que el viento se llev¨®: "Ma?ana ser¨¢ otro d¨ªa".
c) 2008, Paul A. Samuelson. Distribuido por Tribune Media Services. Traducci¨®n de News Clips.
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