La senda imperecedera
Los viejos viajeros nunca mueren. Aunque algunos est¨¦n ya demasiado mayores para volver a hollar el polvo del camino con sus botas (incluso para calz¨¢rselas) y otros ya solo puedan trazar itinerarios y vivir aventuras en nuestros recuerdos y nuestros sue?os. Cuatro de los grandes, grand¨ªsimos viajeros, aventureros y escritores de viajes del siglo XX,maestros indiscutibles del g¨¦nero, idolatrados, imitados y—nuncamejor dicho—seguidos por las nuevas generaciones, son noticia de actualidad. Ag¨¢rrense, porque hablamos nadamenos que deWilfred Thesiger, Norman Lewis, Patrick Leigh Fermor y JanMorris. Es dif¨ªcil encontrar a cuatro personajes m¨¢s distintos y, sin embargo, ?qu¨¦ parecidas son las emociones que nos despiertan: las ansias de lanzarnos a las rutas delmundo para descubrirlo, admirar sus bellezas —tambi¨¦n, s¨ª, atravesar sus tinieblas—y aprender cosas de los dem¨¢s y de nosotros mismos!.
Norman Lewis
Cr¨®nicas de Viaje, 1. El expreso de Rang¨²n, genocidio y otros relatos.
Alta?r, 2010.
Tierra dorada, viajes por Birmania.
Alta?r, 2009.
N¨¢poles, 1944.
RBA / La Magrana, 2008.
Wilfred Thesiger
Wilfred Thesiger in Africa, essays and personal photographs.
Editado por Christopher Morton y Philip N. Grover.
Harper Press, 2010.
Arenas de Arabia.
RBA / La Magrana, 2008.
Wilfred Thesiger in Africa: A Centenary Exhibition.
Pitt Rivers Museum.
Oxford.
Exposici¨®n abierta hasta el 5 de junio de 2011.
www.prm.ox.ac.uk.
Patrick Leigh Fermor
In tearing haste, letters between Deborah Devonshire and Patrick Leigh Fermor.
Editado por Charlotte Mosley.
John Murray, 2008.
El tiempo de los regalos.
RBA / La Magrana, 2008.
Jan Morris
Contact! Brief encounters in a lifetime of travel.
Faber and Faber, 2009.
Venecia. RBA / La Magrana, 2008.
Patrick Leigh Fermor y la peque?a de las Mitford se han carteado durante medio siglo. Un libro recoge la correspondencia
Jan Morris describe en su ¨²ltima obra los encuentros que han dejado huella en su memoria de viajera
La denuncia de 'Genocidio', de Norman Lewis, dio pie a la creaci¨®n de Survival International
Una exposici¨®n y un libro celebran el centenario de Wilfred Thesiger y subrayan su profunda relaci¨®n con ?frica
Lewis y Thesiger est¨¢n, claro, oficialmentemuertos: ambos fallecidos en 2003—a?o negro para la literatura de viajes—, el primero en julio, el segundo en agosto (uno cre¨ªa que al sagaz y experto en pasar desapercibido Norman, la parca nunca le encontrar¨ªa, y que esta jam¨¢s se atrever¨ªa con el infinitamente adusto sir Wilfred, vencedor de leones y desiertos). Paddy, con 95 a?os y algo pachucho, ya viajam¨¢s bien poquito, y Jan, que cumplir¨¢ 84 en octubre, no es tampoco que est¨¦ en la flor de la juventud, aunque siga conduciendo alocadamente por las estrechas carreteras de su Gales. Pero aqu¨ª est¨¢ este pu?ado de nuevos libros de los cuatro (y algunas de sus eternas obrasmaestras) para demostrar que estos inolvidables cl¨¢sicos de la literatura n¨®mada no dejar¨¢n nunca de trazar con su pluma y su ejemplo un sendero en nuestro coraz¨®n.
De Norman Lewis, Alta?r, que ya edit¨® el a?o pasado la bell¨ªsima (alguien ha dicho que leer la prosa del viajero londinense es como comer sabrosas cerezas y Cyril Connolly a?adi¨® que es capaz de hacer un cami¨®n interesante) Tierra dorada, sobre Birmania, se ha entregado a la labor de publicar sus cr¨®nicas de viaje, interesant¨ªsimos textos cortos que escribi¨® para diversos peri¨®dicos y revistas. El primer volumen incluye art¨ªculos que son historia pura de la literatura de viajes y tambi¨¦n del periodismo, como El expreso de Rang¨²n —que parte de Mandalay y "nunca llega a su destino" tras pasar entre "las diez mil pagodas de reinos desaparecidos"— o Genocidio, en el que, en 1968, tras viajar por Brasil, Lewis denunci¨® pioneramente las atrocidades cometidas contra los ind¨ªgenas amaz¨®nicos. Este largo reportaje, el escrito del que Lewis se sent¨ªa m¨¢s orgulloso, tuvo una enorme repercusi¨®n y llev¨® a la creaci¨®n de Survival International. Es un texto impactante, que documenta la destrucci¨®n de pueblos como los munducuru, los bororo (s¨ª, los de L¨¦vi- Strauss), los guaran¨ª, los caraja, los kadiwe¨², los formidables chavante o los aripuan¨¢, bombardeados desde el aire con cartuchos de dinamita por los pistoleiros contratados por los terratenientes. Lewis no ahorra ning¨²n horror, como la descripci¨®n del corte do bananeiro, el h¨¢bil machetazo de los sicarios que segaba dos cabezas de golpe.
Con ese texto, el viajero se adelantaba a su pol¨¦mico libro Los misioneros (Herder, 1988), en el que denunci¨® la destrucci¨®n espiritual de las culturas indias a cargo de los evangelizadores cristianos integristas de Estados Unidos. Y es que Norman Lewis, ese hombrecito gris que alardeaba de pasar desapercibido en cualquier lugar y circunstancia (no en balde hab¨ªa sufrido bullying en la escuela y hab¨ªa sido oficial de inteligencia militar), al que tend¨ªas est¨²pidamente a menospreciar hasta que te hablaba de su ¨²ltima estancia entre los can¨ªbales de Pap¨²a-Nueva Guinea (?qu¨¦ hombre y qu¨¦ an¨¦cdotas contaba!), era, por supuesto, el m¨¢s concienciado de los escritores de viajes. ?l dec¨ªa que escribir le obligaba "a ver m¨¢s, a penetrarm¨¢s para aumentarmi comprensi¨®n y desechar parte de mi ignorancia". Esa profundizaci¨®n era fruto tambi¨¦n de su solidaridad y su inter¨¦s por las gentes y sus cuitas. Una de sus observaciones m¨¢s certeras es la de que en elmundo, "ir¨®nicamente, todo lo valioso ha sido protegido por la pobreza".
En esta primera recopilaci¨®n de sus art¨ªculos hay algunos que se leen ya como arqueolog¨ªa de lamoderna literatura de viajes: el de la Ibiza de los a?os cincuenta o el de la novillada en Sanl¨²car de Barrameda. En el de su viaje en 1957 a Liberia no deja de meterle el dedo en el ojo a Firestone por su pol¨ªtica con los obreros del caucho y describe el interesante juicio de una hechicera mediante ordal¨ªa (en este caso, un hierro candente aplicado a la lengua: qu¨¦ gusto los escritores que saben lo que nos interesa). En otros dos vol¨²menes que aparecer¨¢n pr¨®ximamente, Alta?r publicar¨¢ el resto de textos (quien quiera leerlos en ingl¨¦s, est¨¢n en A view of the world, Eland, 1986), entre los cuales se cuenta mi favorito, The cossacks go home, en el que Lewis explica su experiencia al frente de una expedici¨®n brit¨¢nica por mar al final de la II Guerra Mundial para entregar a los sovi¨¦ticos 3.000 compatriotas prisioneros que sirvieron en el ej¨¦rcito alem¨¢n, en la 162 Divisi¨®n Turcomana de Infanter¨ªa. El autor descubre con gran humanidad la pat¨¦tica realidad de esos desgraciados, en su mayor¨ªa asi¨¢ticos de la URSS (uzbekos, kazakos, kirguises) alistados por los nazis tras caer prisioneros de estos y sufrir horrendas penalidades en los campos (Lewis escribe que todos ellos se han visto forzados a practicar la antropofagia: ?vaya grupo para un crucero!).
En otro de los art¨ªculos, Amission to Havanna, Lewis explica su peripecia en la peligrosa Cuba de la revoluci¨®n contra Batista, enviado enmisi¨®n oficiosa de espionaje por Ian Fleming, el creador de James Bond, y su encuentro con Hemingway, a la saz¨®n enfrentado a un inminente duelo con el editor delHavanna Post a causa de Ava Gardner? Para finalizar, recomendar la lectura de la monumental biograf¨ªa que le ha dedicado Julian Evans, Semi invisible man (Picador, 2008), y en la que encontrar¨¢n gran motivo de solaz todos los interesados por la portentosa vida de Lewis: su ¨¦poca de ni?o con tres t¨ªas locas en Gal¨¦s, su pasi¨®n por los Bugatis y otros viejos coches de carreras cuando luc¨ªa barbita a lo Balbo, sus peripecias en la guerra (que dieron lugar al inolvidable N¨¢poles, 1944, RBA, 1998) o su matrimonio con Ernestina, hija de un mafioso siciliano.
El contraste de Lewis, de humilde extracci¨®n, sin estudios, proverbiales modestia y discreci¨®n y gran sentido del humor (por no mencionar que era algo alfe?ique), con el patricio Thesiger, anacr¨®nico gentleman traveller, no puede ser mayor (aunque ambos —y los otros dos viajeros que nos quedan: s¨ª, tambi¨¦n JanMorris—fueron oficiales del Ej¨¦rcito de SuMajestad). SirWilfred era biznieto de virrey, nieto de general (?lord Chelmsford, terror de los zul¨²es!) e hijo de diplom¨¢tico; estudi¨® en Yale y Oxford, boxe¨®, explor¨®, caz¨® leones (muchos: 70), luch¨® contra Mussolini y Rommel, con el SAS, cruz¨® en camello el imposible Territorio Vac¨ªo ¨¢rabe, y mantuvo siempre un gallardo engreimiento —acaso inoculado de timidez— que le separ¨® de los hombres (y m¨¢s a¨²n de lasmujeres) a excepci¨®n de sus queridas partidas de recios beduinos rashid y ocasionalmente de otros colectivos tribales como los danakil de afilados cuchillos, los samburus, los masai o los ¨¢rabes de las marismas. A ese hombre, al que elmism¨ªsimo Kipling se hubiera quedado corto al describirlo, est¨¢ dedicado un libro estupendo, un homenaje y a la vez un intento de profundizar en su personalidad, Wilfred Thesiger in Africa (Harper Press, 2010), colecci¨®n de ensayos sobre el viajero e impagables fotograf¨ªas personales suyas, publicado con motivo del centenario de su nacimiento y para acompa?ar la exposici¨®n sobre el explorador inaugurada en el Pitt Rivers Museumde Oxford (hasta junio de 2011). Entre los textos del libro sobre el autor de la colosal Arenas de Arabia, uno de AlexanderMaitland, su colaborador, albacea y bi¨®grafo; otro del explorador y experto en supervivencia Benedict Allen, y una suculenta conversaci¨®n sostenida entre el viajero y David Attenborough en 1994 en la que Thesiger explica su visita a un jefe danakil que hab¨ªa castrado a cinco hombres (seg¨²n la inveterada y afortunadamente poco extendida costumbre de este ind¨®mito pueblo somal¨ª) y luc¨ªa los viriles trofeos "como un estudiante brit¨¢nico sus insignias de cricket". ?Qu¨¦ hombre, sir Wilfred! Cre¨ªa en la nobleza del sufrimiento y la gloria del esfuerzo empecinado. "The harder the life, the finer the type", dec¨ªa. Aborrec¨ªa la autoindulgencia y despreciaba los placeres de la vida. Yo solo lo entrevist¨¦ una vez, en 1998, en su casa en Chelsea, pero la impresi¨®nme durar¨¢mientras viva, y eso que sirWilfred ya nomontaba en camello. En aquella ocasi¨®n puso frente a mi cara una daga danakil, precisamente, que siempre me he preguntado (aparte de a cu¨¢ntos hab¨ªa castrado) d¨®nde hab¨ªa ido a parar. Bien, pues una de las cosas interesantes del libro que les comentaba —adem¨¢s de la discusi¨®n sobre la caza con Attenborough—es el art¨ªculo dedicado a la colecci¨®n de objetos personales donados por Thesiger al Pitt Rivers: entre ellos aparece, junto a un escudo et¨ªope, gualdrapas de mula y un pellejo de cabra utilizado para portar agua en sus exploraciones, aquella bonita arma de tan entra?able ocasi¨®n.
De tanto pedigr¨ª como Thesiger, haza?as militares a¨²n m¨¢s considerables —secuestr¨® al comandante alem¨¢n de Creta en una de las grandes aventuras b¨¦licas de la II GuerraMundial—,much¨ªsimamejor prosa (lamejor parami gusto de la literatura de viajes) y much¨ªsima m¨¢s simpat¨ªa (la de Thesiger era como la que puede ofrecerte un halc¨®n desabrido) es Patrick Leigh Fermor. De Paddy vamos a tener pronto en castellano sus dos eruditos y encantadores libros sobre Grecia, Mani, este septiembre, y Roumeli, en 2011, gracias a Acantilado. De momento, nadie que admire al autor de El tiempo de los regalos deber¨ªa perderse el volumen de la correspondencia entre ¨¦l y Deborah Devonshire —la peque?a y actual ¨²nica superviviente de las seis ¨ªnclitas y revoltosas, hons & rebels hermanasMitford—, In tearing haste (John Murray, 2008).
Paddy (1915) y Debo (1920) se conocieron en 1940, durante la guerra, en un baile en el Intelligence Training Centre en Derbyshire, y ¨¦l y Andrew Cavendish, duque Devonshire, el marido de ella, ex oficiales los dos, participaron juntos en expediciones monta?eras a los Andes, los montes Pindo griegos y los Pirineos. Los futuros corresponsales volvieron a encontrarse en un baile de disfraces en el que, recuerda ella, Paddy iba disfrazado de gladiador tracio. Pero no fue sino en 1954 y sobre todo tras una feliz estancia de Leigh Fermor en 1956 en el castillo Lismore, la residencia irlandesa de los Devonshire, que Paddy y Debo comenzaron a cartearse y entablaron una larga amistad. Intercambiaron misivas durante medio siglo —se conservan m¨¢s de seiscientas—, y siguen haci¨¦ndolo. La correspondencia es de lo m¨¢s curioso porque se trata de dos personas muy diferentes. Nada, excepto las amistades comunes, parec¨ªa unir al celebrado h¨¦roe de guerra y escritor en ciernes, de intereses ampl¨ªsimos y refinada cultura, con la estirada arist¨®crata interesada solo en la caza, los caballos y la jardiner¨ªa, que se vanagloriaba de no leer (?ni siquiera los libros que ir¨ªa publicando ¨¦l!: "Tengo que hacerlo alg¨²n d¨ªa", ha dicho en una reciente entrevista). Pero ambos encontraron algo en el mundo y la personalidad del otro, quiz¨¢ porque compart¨ªan un mismo af¨¢n de disfrutar la vida. Con el tiempo, se fueron quedando solos. El t¨ªtulo (algo as¨ª como "con prisas, a punto de partir", f¨®rmula que aparece en algunos encabezamientos junto con la impagable "with one foot in the stirrup") remite a ese moverse r¨¢pido, ir de aqu¨ª para all¨ª, ese incesante viajar que caracteriza algunos de los periodos de la existencia de los corresponsales. Las cartas son muy simp¨¢ticas, las de ella algo pijas como puede suponerse ("V nice", por aqu¨ª, "V v sad," por all¨¢). Aparecen y este es uno de sus grandes atractivos, adem¨¢s de numerosos escenarios,multitud de personajes c¨¦lebres, desde la reina madre ("Cake") y todo el Gotha ingl¨¦s, pasando por HaroldMacmillan ("t¨ªo Harold"), el cu?ado Oswald Mosley, Lucian Freud, Gerald Brenan, Evelyn Waugh, Lawrence Durrell (amigo de Paddy), Bruce Chatwin, Cecil Beaton, Noel Coward, John Kennedy (que parece haberle tirado los tejos a Debo), Jacqueline, Niarchos, el pr¨ªncipe de Gales y LadyDi o Juan Carlos I.Hasta sale el hermano mayor del conde Alm¨¢sy (Janos, que tuvo una relaci¨®n intensa con la hermana de Debo, Unity Valkyria Mitford, admiradora de Hitler). En el trasfondo de la correspondencia, el morbo de si hubo una relaci¨®n sentimental entre Debo y el rom¨¢ntico Paddy. Probablemente no.
Desde luego, la palma literaria de las cartas se la lleva de calle Paddy, con sus hermosas descripciones desde cualquier parte del mundo, sus garzas y golondrinas, sus atardeceres magenta, sus disertaciones sobre arte etrusco o Gr¨¹newald?Muy interesantes son, entre otrasmuchas que entusiasmar¨¢n a sus fans, las cartas en que explica el rodaje de la pel¨ªcula sobre su aventura cretense, con Dirk Bogarde (!) haciendo de ¨¦l —Ill met by moonlight (1957)—, o el de Las ra¨ªces del cielo, de Romain Gary, de la que escribi¨® el gui¨®n, con John Huston, Errol Flynn y Juliette Gr¨¦co ?en Camer¨²n! Tambi¨¦n lo son sus encuentros con Michel Leiris, Fran?oise Sagan, Capote o RoseMacaulay, o el mal rollo con Somerset Maugham, que lo ech¨® de su residencia en Cap Ferrat?No s¨¦ qu¨¦ tal es la letra de la duquesa, pero puedo asegurarles—tengo el privilegio de haber recibido varias cartas suyas— que la de Paddy es infernal, as¨ª que Debo debe haber tenido una paciencia infinita para descifrarlas? Recordar por ¨²ltimo que Paddy, que sigue empe?ado en escribir el tercer volumen de la trilog¨ªa sobre su viaje de joven, en 1930, a Estambul, iniciada con El tiempo de los regalos, aparece contando sus peripecias b¨¦licas con la guerrilla cretense en la sentida producci¨®n griega The 11th Day, de Archangel Films, sobre la resistencia contra la ocupaci¨®n nazi de la isla (puede comprarse por Internet). Completa el cuarteto de cl¨¢sicos de la literatura de viajes con novedades Jan Morris. En Jan hay algo de todos los otros y muchom¨¢s: en su avatar primero de James, como hombre, fue tambi¨¦n militar, oficial del 9? de Lanceros de la reina, nada menos, y vivi¨® la gran aventura de la exploraci¨®n, a lo Thesiger, acompa?ando a la expedici¨®n que conquist¨® el Everest. Su forma de ver el mundo, comprensiva y profundamente humana, recuerda a la de Lewis; su lirismo y belleza del lenguaje, a Paddy.Mujer de presencia impresionante y personalidad arrolladora, aunque profundamente cari?osa, su iron¨ªa, bagaje cultural (es historiadora) y dominio de la an¨¦cdota son insuperables (v¨¦ase su obra maestra, Venecia). De Morris, RBA publicar¨¢ el a?o que viene su gran viaje: el conmovedor relato sobre su vida comomujer en un cuerpo de hombre hasta su reasignaci¨®n de sexo (Conundrum, Faber and Faber, 1974). Pero es reciente la aparici¨®n de su nuevo libro, Contact!, una obra deliciosa de madurez en la que Jan describe encuentros que le impresionaron especialmente durante susmuchos a?os de viajes. Se trata de una serie de vi?etas, de flashes, de peque?os textos sobre personas —en su mayor¨ªa an¨®nimas, aunque tambi¨¦n algunas personalidades: Churchill, Truman, Nasser— que por una u otra raz¨®n han dejado huella en la memoria n¨®mada de la escritora. En el libro, de una sensibilidad y sutileza sobrenaturales (lo cierra con un poema a su hijitamuerta), est¨¢n los lugares emblem¨¢ticos de Morris, con los que nos ha encandilado en sus grandes obras: Venecia,Hong Kong,Oxford, Trieste, su Gales, pero aqu¨ª lo importante es esa chispa ocasional que se produce en el contacto repentino con el otro (la gran magia del viaje). Puede ser un insistente mendigo en Alejandr¨ªa que la persigue hasta la puerta del Cecil, un estudiante con dudas en Isfahan, un cowboy de Wyoming o la cruel supervisora de unMcDonalds deManhattan.
Contactos buenos y malos, quiz¨¢ fugaces, pero, como todo viaje—nos lo ense?an los maestros—, nunca intrascendentes.
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