Huntsville, un viaje a la muerte
En la vieja prisi¨®n de ladrillo rojo The Walls, en el coraz¨®n de Tejas, de la que se fugaron los legendarios Bonnie & Clyde, ya han sido ejecutados 232 reclusos en los ¨²ltimos 20 a?os, de los que m¨¢s de la mitad fueron empujados al verdugo por el gobernador y candidato republicano a la presidencia, George W. Bush. Huntsville es la capital del ojo por ojo, donde la poblaci¨®n participa de este negocio y cl¨¦rigos y m¨¦dicos bendicen las matanzas por triple inyecci¨®n letal. El recluso mexicano Miguel Flores, de 31 a?os, ser¨¢ el primero en ser ejecutado dos d¨ªas despu¨¦s de las elecciones.A 100 kil¨®metros de Houston, capital financiera del Estado de Tejas, crece y prospera la ciudad de Huntsville (40.000 habitantes) gracias a su poderosa industria penitenciaria. En el centro de la ciudad est¨¢ la Casa de la Muerte, con su c¨¢mara de ejecuciones atendida por verdugos experimentados y un capell¨¢n que lo bendice todo bajo las ¨®rdenes del gobernador del Estado, George W. Bush, quien lleva autorizadas 145 ejecuciones.
En torno a esta Casa de la Muerte se extiende el cintur¨®n industrial de las factor¨ªas penitenciarias de Huntsville, formando un inmenso anillo de espinos y torreones en cuyo interior revientan siete prisiones con capacidad para 14.000 reclusos. Un recluso, a excepci¨®n de los 445 condenados a muerte (entre ellos siete mujeres), es un obrero que hace trabajos forzados sin recibir sueldo. Es una fuente de ingresos para el Estado, un negocio rentable.
El tour de las siete prisiones recomendado por la C¨¢mara de Comercio, en estrecha relaci¨®n con la C¨¢mara de Ejecuciones, permite admirar el ganado vacuno y equino en el rancho de la prisi¨®n de Goree (1.000 reclusos), y si el turista desea placas de autom¨®viles o mantas, las encontrar¨¢ en la prisi¨®n de Wynne (2.600 reclusos), y si desea tejidos o ropa confeccionada asistir¨¢ a su fabricaci¨®n en los talleres de la c¨¢rcel Estelle (2.250 reclusos, muchos de ellos enfermos mentales), y tambi¨¦n hallar¨¢ diversos productos l¨¢cteos comercializados por el Texas Department of Criminal Justice, del mismo modo que el Vaticano produce y distribuye, entre otras cosas, su propia leche papal.
Hay que entrar en la red para conocer el cat¨¢logo de productos que salen de las c¨¢rceles en EE UU. Una p¨¢gina de Internet detalla la lencer¨ªa femenina que con sus delicadas manos fabrican los reclusos de Carolina del Sur: bragas, bodies y sujetadores de la marca Victoria's Secret. Los presos del Estado de Washington empaquetan software para Microsoft. Los de California hacen reservas telef¨®nicas de vuelos de TWA, y no por ello se caen esos aviones. Los de Nuevo M¨¦xico se ocupan de las plazas hoteleras. Los barrotes no entorpecen la producci¨®n. M¨¢s bien la garantizan.
En la C¨¢mara de Comercio de Huntsville aseguran que el desempleo de la poblaci¨®n civil es del 2%. A?aden que su Facultad de Derecho es la mejor de EE UU gracias a este laboratorio de reclusos puestos a su disposici¨®n. Dentro del alma m¨¢ter hay un verdadero juzgado con capacidad de dictar sentencias. Un solo catedr¨¢tico de esa facultad se declara contrario a la pena de muerte y suele asistir con una vela encendida a las ejecuciones.
Las prisiones de Huntsville disponen de su propio cementerio, cuidado por presos, naturalmente, y dedicado a la memoria del capit¨¢n Joe Byrd, un c¨¦lebre verdugo que cuando estaba de buen humor le dec¨ªa a los reos: "A vosotros os matar¨ªa por 100 d¨®lares, pero a vuestros guardias los matar¨ªa gratis". Aqu¨ª hay 1.700 reclusos enterrados que no fueron reclamados por sus familiares, y de ¨¦stos, m¨¢s de 200 murieron ejecutados. Para que no exista error m¨¢s all¨¢ de la muerte se les identifica en cada l¨¢pida con una X.
En noviembre hay programadas cinco ejecuciones en Huntsville. La ciudad vive estas matanzas legales con buen ¨¢nimo. Saben que eso es parte del negocio. La gasolinera m¨¢s cercana a la Casa de la Muerte triplica el precio del aparcamiento y llega a cobrar 20 d¨®lares. Las provisiones de bebidas y de snacks se agotan. A los partidarios de la pena capital que se manifiestan jaleando la muerte les despierta el apetito una ejecuci¨®n. "Se ponen a vociferar con sus pancartas", dice el empleado de la estaci¨®n de servicio, "y enseguida tienen sed y ganas de comer". Son buenos clientes. Pero ?y los otros?, pregunto, ?qu¨¦ hacen los que est¨¢n contra el asesinato legal? "Los otros lloran y se beben sus propias l¨¢grimas", dice el empleado de la gasolinera.
En el Texan Bar, las empleadas lucen camisetas que dicen "soy nativa de Tejas". Las esposas de los funcionarios echan centavos a la pianola mientras los cinco periodistas que van a ser testigos de la ejecuci¨®n templan sus nervios. Siempre hay periodistas en lista de espera y con ganas de ponerse a prueba, como el reportero Michael Graczyk, de la agencia Associated Press (AP) que ha presenciado 170 ejecuciones. Hace poco, este perseverante voyeurista de la muerte declar¨® que "las ejecuciones ser¨ªan id¨¦nticas a una crucifixi¨®n si en lugar de poner al reo acostado lo pusieran de pie". Una idea a tener en cuenta.
Un d¨ªa antes de las elecciones presidenciales, el candidato republicano Bush dar¨¢ luz verde para que los verdugos de Huntsville inyecten veneno a un compatriota suyo, con lo que perder¨¢ un votante, pero ganar¨¢ algunos seguidores. Dos d¨ªas despu¨¦s de las elecciones, tanto si gana como si no, Bush ejecutar¨¢ al mexicano de 31 a?os Miguel Flores (convicto de violaci¨®n y asesinato de una joven llamada Angela Tyson), quien lleva 11 a?os encerrado en el corredor de la muerte. Flores est¨¢ arrepentido de su crimen, su conducta ha sido intachable en la c¨¢rcel, y en la entrevista mantenida con ¨¦l en la prisi¨®n Terrel, de la que ser¨¢ llevado a la Casa de la Muerte el 9 de noviembre, pidi¨® que transmitiera a la familia de la v¨ªctima su arrepentimiento y suplicara el perd¨®n. Sabe que el gobernador no va a suspender su ejecuci¨®n. Pero al menos quiere que los padres de Angela no lo odien con la fuerza que lo odian.
Cinco d¨ªas despu¨¦s de la anterior ejecuci¨®n, Bush mandar¨¢ al pat¨ªbulo al siguiente en la lista, un hombre, tambi¨¦n de 31 a?os, llamado Stacy Lawton. La m¨¢quina de matar funciona como una cadena de producci¨®n de cad¨¢veres, y antes de que acabe el mes, Bush completar¨¢ el cupo previsto con otros dos condenados que llevan 10 a?os agonizando en el corredor de la muerte. En el a?o 2000, este gobernador batir¨¢ todas las marcas: medio centenar de ejecuciones.
Aunque se lo pida el Papa y lo imploren otros muchos m¨¢s, como ya ocurri¨® con el reciente caso de una mujer (Karla Fayer Tucker), Bush no hace uso de su facultad de clemencia. Podr¨ªa conmutar la ¨²ltima pena por otra de cadena perpetua. Sin embargo, pisa el acelerador a fondo y deja un muerto en cada curva de su campa?a electoral. ?Por qu¨¦ ha de ser compasivo un hombre que proclama que la pena de muerte salva vidas y a?ade que bastante suerte tienen muchos condenados que merecer¨ªan un castigo peor que la muerte? Adem¨¢s, su rival pol¨ªtico, el candidato dem¨®crata y actual vicepresidente, Al Gore, le da la raz¨®n.
Huntsville apesta a castigo y muerte, su producto y fuente de riqueza. El jefe de la oficina de informaci¨®n de la Casa de la Muerte est¨¢ encantado de ense?arla. No basta la visita al Museo de Prisiones en la plaza principal, donde, por dos d¨®lares, se admira la silla el¨¦ctrica construida por un condenado a muerte que por los pelos no lleg¨® a probarla. Y donde se exponen las armas confiscadas a presos. Y donde se ha habilitado una celda de dimensiones id¨¦nticas a las de las siete c¨¢rceles de alta, media y baja seguridad de Huntsville. "Yo animo al p¨²blico a que entre en la celda y se tumbe en el camastro y cierren la puerta", dice una mujer voluntaria que atiende el museo, "y observo la cara que ponen detr¨¢s de los barrotes".
Todo esto no es bastante. Conviene adentrarse en la Casa de la Muerte sintiendo lo que habr¨¢ de sentir el reo, la familia destrozada de ¨¦ste, la familia destrozada de la v¨ªctima asesinada por el reo (las separa un tabique, no se ven pero pueden o¨ªrse), y conviene que el funcionario Larry Todd y su ayudante el sargento Rosado abran las puertas y expliquen los siniestros pormenores de la ceremonia.
"Puede ser un hombre o una mujer, ya que tenemos siete mujeres en espera de ejecuci¨®n", empieza su discurso Todd; "lo traen aqu¨ª hacia las dos de la tarde, es entregado a seis guardias que toman las huellas dactilares para estar seguros de que es el condenado que corresponde a la fecha y no otro, y se le da ropa limpia, que puede ser un uniforme de presidiario o un traje de paisano, eso lo elige ¨¦l, porque tenemos alguno que otro en el armario, y a partir de ah¨ª, todo depender¨¢ del comportamiento del condenado. Por regla general es bastante bueno. Est¨¢ nervioso, claro, pero los funcionarios son gente que lo tratan con dignidad si a su vez tambi¨¦n son tratados de ese modo por el reo. Si se manifiesta agresivo y se rebela disponemos de un equipo adiestrado que lo reducir¨¢ sin causarle da?o. Tambi¨¦n disponemos del llamado extraction team, un equipo de extracci¨®n que act¨²a con casco de rugby y coraza, y ¨¦stos ya se encargan de sacar a la fuerza al reo de la celda cuando se acerca la hora. Antes se le permite estar acompa?ado por su abogado. Y asistido espiritualmente por el capell¨¢n. Se le ofrece usar el tel¨¦fono por si desea hacer alguna llamada a un familiar o amigo, y tambi¨¦n se le autoriza a elegir el men¨² de la ¨²ltima cena, que procuramos atender dentro de lo que existe en nuestra despensa, nada extraordinario; filetes o cosas as¨ª, no. Tienen una buena elecci¨®n de hamburguesas, patatas y huevos. Por cierto, en nuestra p¨¢gina web puede ver lo que piden los condenados a muerte; algunos quieren muchos pl¨¢tanos, dulces y batidos, y alguno pide su cena y luego dice que no la quiere, que se la demos a otro preso que pueda acabar la digesti¨®n, porque la ¨²ltima cena se les sirve a las 4.30 y la ejecuci¨®n empieza a las seis, no hay tiempo para digerir".
Larry Todd pide al sargento Rosado que abra la puerta de la c¨¢mara. El sargento Rosado, ataviado como para desfilar ante una tribuna de autoridades, explica que ¨¦l, como los otros, hace este trabajo voluntariamente. Pero algunos no lo resisten y abandonan. Rosado lleva casi tres a?os cumpliendo este cometido: "No llevamos porra ni pistola. Si hace falta reducir a alguno gastamos gas pimienta. Pero eso es raro. La mayor¨ªa se arrastran por su propio pie desde la celda a la c¨¢mara. Diez pasos. Algunos piden ducharse un momento antes, y lo hacen en esta ducha sin cortina, en presencia nuestra. Por lo dem¨¢s, no se resisten. Saben que ya no tienen nada que hacer. Ha llegado su hora. Viene entonces el equipo encargado de subirlo y atarlo en la camilla. Son seis. Lo amarran antes de que levantemos el tel¨®n y las familias que esperan de pie, detr¨¢s de los cristales blindados, puedan ver al reo antes de que el reo levante un poco la cabeza, si tiene fuerzas, para ver a su familia".
Larry Todd toma la palabra. Le dice al sargento Rosado que quiere responder a mi pregunta de por qu¨¦ los testigos asisten de pie a un espect¨¢culo que es como para desmayarse. Todd asiente: "Eso es cierto; algunos se desvanecen y caen al suelo. Les aconsejamos que se apoyen, bien sea en las paredes o en el mismo cristal, porque las piernas suelen fallarles".
Cuando se alza el tel¨®n, la escena ya est¨¢ preparada. El reo ha sido pinchado en las venas de los brazos, fuertemente amarrados, como el resto del cuerpo, y se le han puesto dos cat¨¦teres. Estos tubos se pierden por un orificio de 15 cent¨ªmetros que hay en la pared que existe entre la c¨¢mara de ejecuci¨®n y la sala llamada technical room, en la que est¨¢ el equipo supuestamente sanitario que administrar¨¢ el veneno. Un m¨¦dico contempla este homicidio judicial, premeditado y con testigos, desde el otro lado de un cristal con apariencia de espejo. De este modo, si el reo intenta ver a su verdugo, s¨®lo se ver¨¢ a s¨ª mismo. "Tenemos prohibido revelar la identidad del m¨¦dico y de los miembros del equipo t¨¦cnico", dice Larry Todd; "tampoco permitimos visitar la habitaci¨®n desde la que se le inyectan los tres productos qu¨ªmicos: un sedante; despu¨¦s, un relajante muscular que hace colapsar el diafragma y los pulmones, y por ¨²ltimo, potasio clorh¨ªdrico, que detiene el coraz¨®n".
El proceso dura entre siete y 10 minutos. "Aunque el reo gime y emite algunos otros extra?os sonidos, eso no tiene mayor importancia", a?ade Todd; "es normal cuando sus pulmones colapsan, como un globo cuando se aprieta para desinflarlo. A veces es por esto que se queda con los ojos abiertos y la boca abierta, pero su muerte es r¨¢pida y se ejecuta con precisi¨®n. Aunque aqu¨ª no promocionamos la pena de muerte debo confesarle que en muchos hospitales sufren m¨¢s los pacientes que en esta c¨¢mara de ejecuciones, donde les suministramos una muerte humana".
A Miguel Flores le aguarda esta experiencia el pr¨®ximo d¨ªa 9 y dice que est¨¢ preparado. Le pregunto si est¨¢ asustado, si tiene miedo. "M¨¢s que miedo tengo tristeza de morir, tristeza por lo que hice hace 11 a?os, aunque en mi recuerdo est¨¢ todo borroso, no s¨¦ c¨®mo lo hice, yo no era yo, era otra persona. Aunque mat¨¦ a Angela, yo no quer¨ªa matarla. De la ejecuci¨®n dicen ac¨¢ que la qu¨ªmica que te echan te quema por dentro".
Veo a Miguel Flores tras el cristal blindado de la urna del corredor de la muerte, a media hora de Huntsville. Nos comunicamos sin contacto f¨ªsico a trav¨¦s de un telefonillo de porter¨ªa tan defectuoso que, aun estando a medio metro de ¨¦l, parece hallarse al otro extremo del mundo. Su mirada es de asombro y de dolor. Encuentra con mucha dificultad sus palabras. Dice que la vida aqu¨ª ya no es vida para nadie: "Me sacan al patio una hora antes del amanecer, en solitario. Luego vuelven a encerrarme. No hacemos nada en todo el d¨ªa. Ni siquiera nos dejan ver la televisi¨®n. S¨®lo hay una radio para o¨ªr los debates de la campa?a entre Bush y Gore. Y los dos han dicho que quieren seguir matando".
Miguel a?ade que ¨¦l no habla nunca de su ejecuci¨®n con su familia para no verlos llorar: "Hablamos del vecino m¨ªo de la celda de la izquierda que lo van a matar un d¨ªa antes que a m¨ª, somos amigos, y le doy ¨¢nimos y le paso algo de mi comida porque siempre lo tienen castigado". Cualquier contacto f¨ªsico, la voz misma, tambi¨¦n est¨¢ prohibido para la familia del reo. Antes de visitarlo en el corredor de la muerte, la madre de Miguel, una mujer emocionalmente destrozada desde el crimen, me hab¨ªa dicho que s¨®lo podr¨¢ abrazar finalmente a su hijo cuando est¨¦ muerto y recuperen su cuerpo.
La familia de Angela Tyson, la joven de 18 a?os asesinada por Miguel Flores el 28 de junio de 1989, acept¨® recibirme en su casa de Borger, una peque?a poblaci¨®n petrolera de 15.000 habitantes, a hora y media en avi¨®n desde Houston. Pero el matrimonio Tyson no est¨¢ solo. Alrededor de la mesa de su cocina se encuentran con ellos un equipo de la televisi¨®n de la vecina ciudad de Amarillo, el polic¨ªa ante el que Miguel Flores confes¨® su crimen, el abogado que pidi¨® la pena de muerte, el pastor protestante partidario del ojo por ojo y, como sobrevolando esta congregaci¨®n, numerosos ¨¢ngeles de todos los tama?os, de madera, de trapo, de metal, porque los amigos de los padres de Angela llenaron la vivienda de ¨¢ngeles en memoria de Angela.
Ahora, el abogado me interroga si soy partidario de la pena de muerte, y la madre de Angela est¨¢ atenta a mi respuesta, y solloza sin parar mientras el padre de Angela, con un ojo cerrado como un francotirador, me atraviesa con la mirada. Quieren saber si estoy o no a favor de la pena de muerte. Y quieren saber si voy a escribir a favor o en contra de la ejecuci¨®n del asesino de su hija. Debo decirles la verdad. No, no estoy a favor de la pena de muerte. Siento su dolor. Me pongo, si eso es posible, en su situaci¨®n. Y en la de Angela, que fue apu?alada despu¨¦s de ser violada. Y en la de la madre del asesino, Miguel Flores. Y en la del asesino, que ser¨¢ ejecutado el d¨ªa 9, a las seis de la tarde. Entonces, la madre de Angela, una mujer peque?a y de hermosos ojos azules, vuelve el rostro y exclama: "?All¨ª estaremos todos!". Y el padre de Angela insiste: "Queremos verlo morir, verlo desaparecer". Y el sargento Charly Keys asiente. Y el reverendo Gregor Simmons abraza a la madre de Angela. Dice, acerc¨¢ndola a m¨ª: "No, no es venganza, pero necesitan acabar con esto, aunque no s¨¦ si la ejecuci¨®n ser¨¢ un cierre". Y luego, el de la televisi¨®n de Amarillo apunta con su c¨¢mara hacia todas partes, tambi¨¦n a m¨ª, y pregunta a qu¨¦ viene tanto inter¨¦s en Espa?a, en toda Europa, sobre la pena de muerte, por qu¨¦ estoy all¨ª: "?Cree acaso que la pena de muerte es un castigo b¨¢rbaro?". S¨ª, debo decirle, porque no creo en el ojo por ojo. Y lo mismo que yo piensan millones de personas. Pero he venido aqu¨ª para trasladarles las palabras del condenado a muerte que mat¨® a su hija. Les pide perd¨®n y suplica ser perdonado antes de morir. Y tambi¨¦n he venido para decirles que la madre de Miguel Flores sufre el dolor de la muerte, ya cercana, de su propio hijo, y el dolor de la muerte de Angela, que imagina que fue horrible, y el dolor de ustedes, los padres de Angela, a quienes desear¨ªa consolar.
Pero la se?ora Tyson hace un gesto como de escupir a un lado. Su rostro est¨¢ lleno de rabia. Con voz alterada dice que en estos 10 a?os nunca se acercaron a pedir perd¨®n. Ya es demasiado tarde. Y el se?or Tyson a?ade que las ¨²ltimas palabras de Angela fueron, seg¨²n declar¨® el mismo asesino, "no me hagas da?o, no dir¨¦ nada", y ¨¦l la acuchill¨® por la espalda y una de las tres pu?aladas le atraves¨® el coraz¨®n.
Luego, el padre de Angela me despide as¨ª: "Lea bien la Biblia, recuerde que Jesucristo perdon¨® al ladr¨®n, pero no hizo nada por quitarle la cruz. Permiti¨® que lo mataran. Y yo tengo el derecho de ver c¨®mo el Estado de Tejas acaba con la vida del asesino de mi hija. He perdido demasiado como para perdonar. Lo que ha hecho, que lo pague".
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