La nueva Atl¨¢ntida
Todos los oto?os, cuando comienzan a caer las hojas de los sauces, masacradas por el fr¨ªo, la Organizaci¨®n de las Naciones Unidas somete a juicio de la comunidad internacional una contundente resoluci¨®n en contra del bloqueo (embargo) econ¨®mico que el Gobierno de los Estados Unidos impone al pueblo de Cuba desde hace casi cuarenta a?os. Luego de varias rondas de ret¨®rica, la abrumadora mayor¨ªa de los pa¨ªses representados ante la Asamblea General siempre condena la postura de los norteamericanos por considerarla cuando menos un abuso. Lo es, sin duda. Desde La Habana, los voceros aprueban el veredicto.
Sin embargo, cada nueva primavera, cuando Europa comienza a presumir de sus rosas blancas, representantes de esos mismos pa¨ªses se re¨²nen en Suiza para analizar el descorazonador panorama de un planeta, el nuestro, atribulado por incontables carencias: palestinos sin naci¨®n, israel¨ªes sin futuro, narcotraficantes sin rastros, talibanes sin escapatoria, guerrilleros sin fe, etarras sin l¨ªmites, afganos sin descanso, fundamentalistas sin rostro, bosnios sin medida, rusos sin memoria, gringos sin piedad, vaticanos sin escr¨²pulos. En alg¨²n momento del c¨®nclave, desde hace unos doce a?os, los all¨ª enclaustrados siempre llegan al consenso de que la revoluci¨®n cubana incumple, de punta a cabo, la Declaraci¨®n Universal de los Derechos Humanos. En consecuencia, exigen que alg¨²n ¨¢rbitro internacional vaya hasta la mayor de las Antillas para comprobar ya no la magnitud de las violaciones, sino la justeza de la sentencia. Desde La Habana, los voceros se indignan.
Primavera tras primavera, a pesar de los pesares, es pan comido entre acad¨¦micos, periodistas y futur¨®logos que nadie podr¨¢ hacer cumplir las resoluciones, pero el ciclo se cierra, se da por concluido, EPD: el tema de los derechos humanos se bloquea hasta el nuevo oto?o, cuando los sauces vuelven a llorar sus hojas muertas... Lo que no se dice p¨²blicamente, porque resulta molesto, es que desde el preciso instante en que estampan sus firmas en los contradictorios documentos, lo mismo en Washington que en Ginebra, a ninguno de esos pol¨ªticos de oficio les vuelve a interesar lo que pase o deje de sacudirnos en esta islita demente e irresponsable, cabecidura, de rumberos atl¨¦ticos y bailarinas carnosas -esta islita encallada al sur de la Florida y al este de Canc¨²n, tierra de peloteros, espiritistas, boxeadores, poetas y sementales. Perd¨®nenme la franqueza. Al final de la jornada, ya con un pie en el estribo, los diplom¨¢ticos se regalan unos a otros el souvenir de una rosa blanca. De esa forma, podr¨¢n beberse la siguiente Cuba Libre con la conciencia tranquila. Despu¨¦s de cuarenta y tres a?os, la revoluci¨®n ha terminado siendo un museo.
La verdad es que los cubanos estamos abandonados a nuestra mala suerte -y pienso por igual en los compatriotas de la isla y del exilio. La gente que nos quiere, la que se desvela pens¨¢ndonos, no tiene poder. Ning¨²n poder. Ellos son esos ¨¢ngeles que nos abren las puertas de sus hogares, en M¨¦xico, Espa?a, Berl¨ªn, Chicago o Caracas, para regalarnos el espejismo de que, si entrecerramos los ojos, si dejamos de llorar, sus casas, esos chalecitos remotos, m¨¢s bien fr¨ªos, se pueden parecer a la patria que dejamos; ellos son esos ¨¢ngeles que contra viento y marea, al menor descuido de los aduaneros, viajan a Cuba con las maletas cargadas de amor y de aspirinas, y nos dicen, de coraz¨®n, que las cosas van mejorando poco a poco, que vista desde una distancia prudente parecer¨ªa que, en medio de aguas revueltas, la isla emerge, la isla late, la isla flota. Dios los bendiga. Por ellos creo en los milagros. Pero el l¨ªo es nuestro, bien lo s¨¦. Segundo a segundo, a los cubanos de afuera nos preocupa lo que padecen los de adentro, y a los de adentro, lo que sufrimos los de afuera, aunque el discurso oficial lo niegue y, desde las c¨²pulas pol¨ªticas de La Habana o la Florida, ide¨®logos sin imaginaci¨®n pretendan imponer por una parte la postal republicana de un exilio rencoroso, revanchista, y por otra, la estampa de una isla brutal, y malagradecida. No hay mejor caldo de cultivo que la mentira para fermentar odios rec¨ªprocos. S¨®lo la Virgen y los orishas son los mismos en las dos orillas. Prend¨¢mosles velas a los santos para que los cubanos nos demos pronto ese abrazo que desde hace casi medio siglo nos debemos, ese perd¨®n de perdones que tanta falta nos hace para seguir vivos -sin temer a que el viento del rencor, al airear el alma, las llamas apague.
Ni los aromas a s¨¢ndalo de los sauces oto?ales, ni el perfume cursi de las rosas blancas, llegan hasta el malec¨®n de La Habana o la Calle 8 de Miami. Cuba se qued¨® sola, en el espacio y en el tiempo. En el nuevo milenio, las crisis pol¨ªticas est¨¢n obligadas a ser fulminantes, r¨¢pidas, medi¨¢ticas: en un abrir y cerrar de ojos, dos aviones tumban rascacielos en Nueva York, y en menos de lo que cuenta contarlo, el demonio instala su infierno en pleno Jerusal¨¦n. En 50 horas, el potro del poder en Venezuela tuvo cuatro jinetes, hasta que el ¨²ltimo termin¨® siendo el primero, ahora dem¨®crata y caritativo. Cuba, ante la opini¨®n p¨²blica, perdi¨® ese encanto. Ya no interesa como antes. Es aburrida. La revoluci¨®n, entre otros males, dio el viejazo. A veces pienso que, con el paso de los siglos (?qu¨¦ triste suena!) XX al XXI, se ha impuesto una extra?a resignaci¨®n mundial, un 'qu¨¦ le vamos a hacer' que paraliza cualquier esfuerzo, cualquier disonancia cr¨ªtica. Para los veteranos izquierdistas, a los que la vida se les fue defendiendo la urgencia de una sociedad sin clases, basada en la igualdad, la aislada existencia de la primera y ¨²nica revoluci¨®n socialista del Nuevo Mundo es, m¨¢s que una trinchera, un sepulcro. All¨ª, a noventa millas de los Estados Unidos, los guerreros de mil batallas depositan sus sue?os redentores, pues consideran que en la tierra de Jos¨¦ Mart¨ª, de Fidel Castro y de Ernesto Guevara esos ideales est¨¢n a buen resguardo. Respiran hondo. Tambi¨¦n respiran profundo muchos intelectuales de primera l¨ªnea que siguen aplaudiendo la terca permanencia de sus ¨ªdolos de juventud; exitosos, democr¨¢ticos, sabios, bien comidos, acaban defendiendo la pobreza como columna vertebral de la justicia: gracias a Cuba, a¨²n se sienten revolucionarios, y ese gozo bien vale la pena de perder la pena o la verg¨¹enza.
La abrumadora mayor¨ªa de los amigos o enemigos de la revoluci¨®n se ha conformado al consuelo virtual de que Cuba es un caso ins¨®lito, pintoresco, ?acaso na?f? Chico, dicen, los cubanos ya saben vivir en eterno pleito con 'los yanquis'. Incluso, seg¨²n la opini¨®n p¨²blica (o publicada), a nosotros nos embriaga la sensaci¨®n de peligro, y por tanto, nos debe encantar la aventura de sobrevivir bloqueados, divididos, amortajados, rotos, recondenados, jodidos pero calientes, rodeados por los tiburones del tedio o las pira?as de la abulia. Los que aprendimos a leer hace cuatro d¨¦cadas deber¨ªamos ya resignarnos al bloqueo espiritual de que no tenemos derecho a leerlo todo, por ejemplo, y si aprendimos a pensar... c¨®mo no estar de acuerdo con ese mandamiento que ense?a que en una sociedad embargada son mucho m¨¢s importantes los deberes que los derechos y mucho m¨¢s humana una guerra sin fin que un poco, un rato, un tin, unos gramos, una pizca, un segundo de paz. Qu¨¦ triste. ?Ser¨¢ posible, como piensan algunos, que lo mejor que le podr¨ªa suceder a mi isla es que acabe siendo una nueva Atl¨¢ntida, para que los hijos de los hijos de los hijos de los nietos de los nietos de los nietos de nuestros hijos un d¨ªa encuentren sumergidas las ruinas de una isla rara que, tiempo atr¨¢s, quiso construir un mundo mejor, seg¨²n cuentan an¨®nimas leyendas americanas?
S¨®lo un verdugo o un prepotente se atrever¨ªa a argumentar, amparado en su fuerza, que la mejor manera de salir de un supuesto tirano es ahogando de sed al pueblo que sojuzga, y s¨®lo un demente o un soberbio se arriesgar¨ªa a negar para los suyos el derecho a un futuro m¨¢s humano, por la sola raz¨®n de que sea, entre otros, su odioso verdugo quien lo pida. La Casa Blanca viola con su embargo econ¨®mico el m¨¢s elemental de los derechos, el de nuestras pobres existencias; el Gobierno de Cuba, por respuesta, bloquea esa misma vida que su rival desde?a con el argumento de que el mundo le ha declarado la guerra. Entre ambas crueldades la islita se hunde poco a poco, sin esperanzas. El espacio se borra. El tiempo se diluye. No faltar¨¢ quien aplauda el heroico desenlace, mientras se apura su Cuba Libre desde la borda de ese crucero llamado Historia. Entretanto, en Washington seguir¨¢n deshoj¨¢ndose los sauces llorones y all¨¢, en la tranquila Ginebra, alg¨²n distra¨ªdo pisar¨¢ una rosa. Pobre Cuba. Pobres cubanos. Pobre yo.
Eliseo Alberto es escritor cubano.
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