Variaciones sobre un tema de Kant
(En versi¨®n de
Andr¨¦ Glucksmann)
Los grandes pensadores del pasado que llevaron la ilustraci¨®n a las mentes de muchos ciudadanos no dispusieron de las columnas de los peri¨®dicos para difundir sus ideas. Afortunadamente, disfrutaban de tiempo suficiente para reflexionar serenamente en la soledad de sus escritorios. La realidad no les acuciaba y no ten¨ªan necesidad de hilvanar respuestas urgentes a los sucesos diarios que los medios consideran inaplazables.
El m¨¦todo y la raz¨®n eran sus gu¨ªas inspiradoras, sobre las que iban construyendo las notas de una sinfon¨ªa siempre inacabada. Los flujos del pensamiento, el revoloteo fugaz de las im¨¢genes y la visi¨®n necesariamente reducida del universo que abarcaban permitieron que su obra se haya hecho imperecedera. Esta permanencia del pensamiento ha facilitado a muchas generaciones anteriores y a todos nosotros su lectura desde muy diversas posiciones ideol¨®gicas y personales.
No podemos descartar el peligro de desnaturalizar las ideas y las frases aisl¨¢ndolas de su contexto. Confieso que no soy un conocedor profundo de la obra de Kant, por lo que seguramente incurrir¨¦ en omisiones que puedan ser reprochadas.
Andr¨¦ Glucksmann acaba de realizar una divertida e inteligente selecci¨®n del pensamiento de Kant [EL PA?S, 14 de febrero], haci¨¦ndole revivir el presente como si se tratase de un conciudadano que, habitando en K?nigsberg, es decir, en el coraz¨®n de la vieja Europa, decide de pronto solicitar un visado para Bagdad. El ilustre columnista comienza admitiendo que es necesario un visado para trasladarse a un pa¨ªs que se supone liberado de un tirano repugnante y asesino como todos los dictadores que en el mundo han existido. Antes debi¨® advertirle que ten¨ªa que rellenar un extenso cuestionario en el que, entre otras cosas, deber¨ªa responder a preguntas tan incisivas como si pensaba asesinar al presidente de los Estados Unidos si se lo encontraba por aquellos parajes en el curso de un viaje rel¨¢mpago. Estoy seguro de que nada estar¨ªa m¨¢s lejos de su pensamiento y que, como impenitente intelectual, quiz¨¢ le recomendar¨ªa, in¨²tilmente, la lectura de Cr¨ªtica de la raz¨®n pura.
Si una vez en Irak, el se?or Kant hubiera podido enviarnos unas cr¨®nicas de urgencia, no necesitar¨ªa muchas l¨ªneas para transmitirnos que all¨ª nunca existieron, y que ahora tampoco existen, los llamados "valores republicanos" que los americanos rebautizaron como "derechos civiles" y que la tragedia de la Segunda Guerra Mundial hizo comprender a la humanidad que se trataba de "derechos humanos universales".
Es cierto que Kant escribi¨® que el hombre desea la concordia, pero que la naturaleza humana comprende que a la especie le conviene la discordia y, por qu¨¦ no decirlo, una cierta dosis de brutalidad cada cierto tiempo de la historia. No se puede parar en este punto la cita sin recordar que son precisamente los instintos resistentes del hombre hobbesiano (el hombre es un lobo para los hombres) y el sentido del ego¨ªsmo lo que justifica y explica que no se haya alcanzado la paz perpetua. Creo que el hombre actual est¨¢ en mejores condiciones que sus predecesores para comprender que su naturaleza no es inexorablemente belicosa y trata por todos los medios de conocer su entorno, aunque muchas veces falle en su intento.
El discurso de Kant, de los racionalistas y de todo el pensamiento volteriano se sit¨²a en la orilla contraria a la que ocupan los ide¨®logos del realismo y del fatalismo hist¨®rico. Para ¨¦stos, s¨®lo la fuerza y la virilidad de Marte es la v¨¢lvula que impulsa la marcha, en el sentido mao¨ªsta, de la humanidad y de los Estados dirigentes, es decir, de los imperios del presente. Pero sucede que los pueblos son eterna y perennemente desagradecidos y, en lugar de salir a las calles para aclamar a los libertadores, les reciben con bombas y manifestaciones. Son tan descarados e impertinentes que incluso piden que les devuelvan el petr¨®leo que la naturaleza puso bajo su subsuelo.
La inconsistencia de este pensamiento elemental y retr¨®grado se pone de manifiesto en cuanto la realidad nos proporciona algunas claves para evaluarlo. Resulta muy aleccionadora la respuesta que esos paladines de la salvaci¨®n del mundo han dado a la actual postura de otro dictador impresentable como El Gaddafi. Este caballero, tambi¨¦n poseedor de petr¨®leo, dedic¨® parte de su actividad a colocar bombas en aviones repletos de pasajeros que estallaban en pleno vuelo sin posibilidad de que hubiera supervivientes. La espantosa brutalidad y frialdad del atentado de Lockerbie es perfectamente equiparable al de las Torres Gemelas.
El dictador libio se ha comportado y ha reaccionado como un se?orito de cualquier lugar del mundo que, despu¨¦s de haber destrozado la vajilla y el mobiliario en una juerga nocturna, tira de chequera y pregunta al due?o cu¨¢nto importan los desperfectos extendiendo un tal¨®n con una generosa propina. Este gesto le ha merecido el reconocimiento de los invasores de Irak, que est¨¢n dispuestos a rescatarle para convertirlo en un palad¨ªn de los derechos humanos.
En definitiva, la magnitud del pensamiento de Kant permite su lectura selectiva; ahora bien, creo que dif¨ªcilmente se puede justificar, con pasajes troceados de su obra, las actividades contra el derecho internacional. Glucksmann, como un buen pianista, ha interpretado magistralmente las variaciones sobre un tema de Kant. Los mel¨®manos siempre hemos preferido la audici¨®n integral de las obras de los compositores.
En definitiva, con la obra de Kant sucede como con la Biblia y el Evangelio; cada uno los lee e interpreta a su antojo y construye sobre sus textos conclusiones antag¨®nicas que hasta son capaces de justificar las guerras de religi¨®n. No es igual el mismo pasaje le¨ªdo en una parroquia elegante de un barrio adinerado que interpretado por un cura de un suburbio en el barrac¨®n de su iglesia.
Al final, lo m¨¢s apasionante del magn¨ªfico art¨ªculo de Andr¨¦ Glucksmann es su brillante idea de hacer reencarnar a Kant en un ciudadano de nuestro tiempo. Para m¨ª, lo verdaderamente trascendente ser¨ªa preguntarle de forma directa e inquisitiva: "Se?or Kant, cuando gran parte de la humanidad, hace ahora un a?o, se moviliz¨® para tratar de frenar el aniquilamiento de muchas vidas y del derecho internacional, ?usted d¨®nde estar¨ªa? ?Con el grupo de ide¨®logos belicistas del Pent¨¢gono, con el se?or Kagan a la cabeza, o firmando un manifiesto antibelicista y situ¨¢ndose al frente de las movilizaciones?".
Al final, lo que nos interesa es la toma de posiciones. Unas veces acertamos, pero tambi¨¦n podemos equivocarnos. Estoy seguro de que, de la mano de Kant, estar¨ªamos en el lugar adecuado.
Jos¨¦ Antonio Mart¨ªn Pall¨ªn es magistrado del Tribunal Supremo.
Tu suscripci¨®n se est¨¢ usando en otro dispositivo
?Quieres a?adir otro usuario a tu suscripci¨®n?
Si contin¨²as leyendo en este dispositivo, no se podr¨¢ leer en el otro.
FlechaTu suscripci¨®n se est¨¢ usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PA?S desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripci¨®n a la modalidad Premium, as¨ª podr¨¢s a?adir otro usuario. Cada uno acceder¨¢ con su propia cuenta de email, lo que os permitir¨¢ personalizar vuestra experiencia en EL PA?S.
En el caso de no saber qui¨¦n est¨¢ usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contrase?a aqu¨ª.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrar¨¢ en tu dispositivo y en el de la otra persona que est¨¢ usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aqu¨ª los t¨¦rminos y condiciones de la suscripci¨®n digital.