Para olvidar la crisis
Se agradece que la ¨®pera que sube al cartel del Liceu tras el anuncio de los pavorosos recortes presupuestarios para las pr¨®ximas campa?as sea un canto a la riqueza y el despilfarro como La dama de picas, de Tchaikovski; tanto en la forma como en el contenido. Este drama se construye, en efecto, sobre el pelotazo ante litteram, que no es otro que el de la mesa de juego, tema muy querido por la literatura rusa, en especial la de Pushkin, autor del relato libremente adaptado por Modest Tchaikovski, hermano del compositor. Hermann, el lud¨®pata en cuesti¨®n, es un ser tan abyecto como los farsantes del inmobiliario actuales. La diferencia es que ¨¦l absorbi¨® la herencia f¨¢ustica que inaugur¨® el Romanticismo y, consecuente con el spleen derivado, acab¨® suicid¨¢ndose. En todo lo dem¨¢s, es un mafioso cl¨¢sico en busca de dinero r¨¢pido que ir¨¢ dejando cad¨¢veres tras de s¨ª hasta dejar el suyo propio. Tremendo.
La forma requerida para mostrar todo eso no es menos opulenta. Hasta 14 solistas, orquesta al pleno, dobles coros a profusi¨®n, coro de voces blancas y ballet. A?¨¢danse siete cambios de escenas en tres actos. No por conocida -se estren¨® en 1992, se repuso en 2003-, la producci¨®n que dirige Gilbert Deflo merece menos elogios. Es un gran acierto el trabajo del doble plano para situar el drama psicol¨®gico del personaje en primer t¨¦rmino, vestido con su impecable uniforme de oficial del ej¨¦rcito imperial, sobre fondo negro, detr¨¢s del cual se prepara el siguiente cambio de escena. Bien es cierto que algunos se alargan por encima de lo deseable, pero los m¨¢s resultan muy buenos, como la utilizaci¨®n del coro de jugadores como tel¨®n para descubrir la escena del crimen final alrededor de la fat¨ªdica mesa. Por supuesto, tras el suicido vuelve a caer el fondo negro, dejando a Hermann solo, mientras la orquesta apura la coda. El mafioso siempre muere solo, nos recuerda el foco que hace caer sobre ¨¦l Albert Faura, sabio iluminador.
La interpretaci¨®n, globalmente, fue efectiva, lo cual no es m¨¦rito menor cuando se trata de un edificio de tales dimensiones. Llev¨® tiempos resueltos, siempre bien amarrados, Michael Boder, con alguna tendencia a vol¨²menes excesivos en el primer acto, con las voces todav¨ªa fr¨ªas, luego compensados. En lo vocal, brill¨® a una altura no alcanzada por el resto el pr¨ªncipe Ieletski de Ludovic T¨¦zier. El ucraniano Misha Didyk, que asumi¨® con valent¨ªa la anulaci¨®n de Ben Heppner, estuvo seguro y solvente, sin conseguir, sin embargo, esa plusval¨ªa exigible a Hermann de que nos hunda a nosotros en su depravaci¨®n. Correcta pero algo distante la Lisa de Emily Magee y, en cambio, muy en la parte de vieja y anta?o gloriosa condesa la veterana Ewa Podl¨¦s. Con ganas de gol el coro, que pasa una buena temporada.
Si de lo que se trata es de olvidar la crisis, no hay duda de que estamos ante el espect¨¢culo adecuado. Mucho m¨¢s no hay que pedirle a la ¨®pera.
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