La aventura del Transiberiano
Un viaje legendario por la gran l¨ªnea f¨¦rrea rusa hasta los confines de Asia, a trav¨¦s de la tundra y la taiga siberianas

En la estaci¨®n de Yaroslavsky, una de las nueve que hay en Mosc¨², buscamos en el panel electr¨®nico el n¨²mero de tren y de and¨¦n. Ekaterimburgo es nuestro destino en esta primera etapa del Transiberiano; 1.814 kil¨®metros por delante que cubriremos en 28 horas, pues la puntualidad de los trenes en Rusia es de 10. El billete es para viajar en segunda, en un compartimento de cuatro personas. Nos recibe a pie de vag¨®n una robusta azafata (nuestra provanitsa) vestida impecablemente con traje de chaqueta gris, a juego con el color ceniciento del tren y la luz crepuscular de la tarde; es una mujer de uniforme que cumple las reglas: revisora y cuidadora a la vez, vigilante y limpiadora. Nos pide el pasaporte y el billete, fotograf¨ªa los documentos y, tras un chequeo electr¨®nico de los mismos, nos invita a subir. En el vag¨®n solo van rusos¡ Normal. El Transiberiano es una ruta comercial; pr¨¢cticamente la ¨²nica que vertebra el pa¨ªs de oeste a este entre Mosc¨² y el Pac¨ªfico. Son m¨¢s de 9.000 kil¨®metros de una doble v¨ªa electrificada por la que se transporta carb¨®n, hierro y toda clase de minerales, gas y petr¨®leo, maquinaria industrial y cualquier bien de consumo imaginable. Viajaremos, pues, por una autopista ferroviaria a trav¨¦s de Siberia que te pone en contacto con todas las Rusias.

El compartimento es sencillo y est¨¢ limpio. Aire acondicionado. Dos literas plegadas y dos m¨¢s que sirven de asientos corridos, una mesa y sobre ella un pack con agua mineral, un panecillo y galletas. En un rinc¨®n, bien dobladas, un paquete de s¨¢banas limpias, almohada y una manta para cada uno. El precio del billete para este trayecto es de 99,40 euros por persona, que, dada la distancia y calidad del servicio, nos parece barato.
En la frontera de Asia
A las cuatro en punto de la tarde arrancamos¡ ?Ni un minuto de retraso! Enseguida aparecen los ¨¢rboles que a¨ªslan la v¨ªa, impidiendo observar el paisaje m¨¢s all¨¢ del t¨²nel verde por el que pe?netramos en el bosque. Todo el trayecto ser¨¢ as¨ª: una arboleda impe?netrable en una llanura infinita. De vez en cuando, alg¨²n lago; un r¨ªo; un pantanal con aguas estancadas en medio de praderas (en verano, con flores) que se pierden en el horizonte. Una aldea aqu¨ª¡ M¨¢s all¨¢, otra entre una mara?a de ¨¢rboles. Todas las casas iguales, de madera; sin grandes adornos, modestas. Ni bloques de pisos, ni torres, ni iglesias; las calles son de tierra y apenas se ve circular alg¨²n coche.
Y siempre esos r¨ªos caudalosos, Ishim, Obi, Yenis¨¦i, y ciudades de nombre impronunciable como Krasnoyarsk
El tren se detiene cada dos o tres horas. Esta ser¨¢ una constante a lo largo del viaje. Los tapones que se forman en alguna estaci¨®n obligan al nuestro y a otros trenes a pararse para dar paso. Esto no quiere decir que estemos parando cada poco tiempo. A veces recorremos 200, 300 kil¨®metros sin detenernos, pero las distancias son aqu¨ª tan enormes que hasta lo extraordinario termina pareciendo normal.
Durante las paradas en las estaciones que hacemos ¡ªindicadas en un panel que hay en cada vag¨®n para que el viajero est¨¦ informado¡ª, la gente baja al and¨¦n (muchos en pijama) a estirar las piernas o a comprar chucher¨ªas para los ni?os, comida y bebida, recuerdos, artesan¨ªa de la zona. Son principalmente mujeres las que ejercen este comercio ambulante. Venden de todo: desde collares e inclasificables abalorios hasta animales disecados. Las provanitsas, que se han colocado a pie de vag¨®n, vigilantes, avisan con tiempo de que el tren va a partir para que nadie se quede en tierra. Y atravesamos m¨¢s bosques, y m¨¢s r¨ªos, y m¨¢s lagos¡ Y as¨ª hasta que, a las ocho en punto de la tarde, el tren hace su entrada en la estaci¨®n de Ekaterimburgo.
Bajamos. Tras el inevitable chequeo de equipajes, la improvisada clase pr¨¢ctica de ruso para poder sacar un billete de metro, y despu¨¦s de superar otros inconvenientes que a quienes viajamos por libre nos surgen de continuo, localizamos en el mapa el hotel. All¨¢ vamos.

Ekaterimburgo nos sorprende. Esper¨¢bamos encontrar una ciudad provinciana, aburrida, y la descubrimos vigorosa y llena de vida. La colonizaci¨®n publicitaria es total. Los r¨®tulos de los negocios chispean en carteles y paneles luminosos gigantes, rasgando la llegada de la noche. Cre¨ªamos estar en medio de la nada, a la puerta de Siberia, y nos encontramos en una ciudad de mill¨®n y medio de habitantes, la cuarta de Rusia, ?muy europea! Ekaterimburgo tambi¨¦n es un mito¡ Es la ciudad donde los revolucionarios bolcheviques acabaron con el zar Nicol¨¢s II y su familia; donde Eurasia se parte sin que exista frontera, donde los Urales hunden su espinazo¡ Y es ese extra?o lugar (curioso para el turista) en el que hay un cementerio denominado de los mafiosos, espectacular, en medio de un bosque tupido de pinos, al que acuden las familias de los muertos a celebrar onom¨¢sticas y meriendas en los porches que han construido, a todo confort, junto a la tumba de sus seres queridos (muchos ca¨ªdos en las guerras de bandas locales en los convulsos a?os noventa).
Esta ciudad industrial desempe?¨® un papel determinante ya en la II?Guerra Mundial, al trasladar el Gobierno sovi¨¦tico su industria pesada hasta aqu¨ª para evitar que cayera en manos de los nazis, si estos hubieran conquistado Mosc¨². Ekaterimburgo va a ser tambi¨¦n una de las sedes del Campeonato del Mundo de F¨²tbol el pr¨®ximo verano, y esta es una de las razones por las que vive ahora inmersa en una febril actividad, entre una mara?a de gr¨²as y la excitaci¨®n consumista.
Visitamos la iglesia catedral de la Sangre (auspiciada por Bor¨ªs Yelstin, oriundo de la regi¨®n, presidente de Rusia entre 1991 y 2000), levantada en el lugar donde fue asesinada la familia imperial. Son las contradicciones de Rusia: un pa¨ªs que hoy exhibe a sus h¨¦roes revolucionarios, con su nombre y sus estatuas presidiendo las grandes avenidas, pero que cultiva tambi¨¦n el capitalismo m¨¢s feroz o incentiva y a¨²pa, nuevamente, el fervor religioso.

Cincuenta horas
El tren Mosc¨²-Pek¨ªn entra por la v¨ªa 2, and¨¦n 4, a las 5.45. La salida de Ekaterimburgo hacia Irkutsk (3.434 kil¨®metros) la tiene a las seis de la ma?ana en punto. All¨ª estamos nosotros, muertos de sue?o y expectantes¡ Nos inquieta pensar c¨®mo sobrellevaremos una etapa tan larga. Porque el paisaje que se anuncia es el mismo: bosques eternos¡
Hasta que de pronto aparece¡ ?un campo de cultivo! No es un espejismo. Y m¨¢s pueblos, alg¨²n animal dom¨¦stico. A la velocidad de un rel¨¢mpago surge una vaca en un prado y algunas ovejas. Y siempre esos r¨ªos caudalosos (Ishim, Obi, Yenis¨¦i) junto a los que se asientan ciudades de nombre impronunciable (Novosibirsk, Krasnoyarsk); ciudades industriales con decenas de chimeneas humeantes, f¨¢bricas abandonadas, monta?as de chatarra, hangares entre telara?as de v¨ªas muertas. Mas el tren no se para, ajeno al entorno contin¨²a devorando kil¨®metros; como si se tratara de una pel¨ªcula, Siberia es una cinta continua de infinitos fotogramas.
Las provanitsas siguen vigilantes, siempre atentas a cualquier incidencia. Las horas avanzan. Hay mucho que ver, que contar, que leer, que escribir, que pensar. El viajero pasea, va al restaurante, se hace un t¨¦ con el agua hirviendo del samovar que hay en cada vag¨®n; regresa a su asiento y mira por la ventanilla otra vez¡ ?Cu¨¢nto, cu¨¢nto ¨¢rbol!
Nos fijamos en las personas que suben¡ ?Qu¨¦ podr¨ªa contarnos esa anciana de mirada perdida que sonr¨ªe levemente? Y ese hombre solitario que arrastra un par de maletas, ?qu¨¦ profesi¨®n tiene? ?Qu¨¦ piensa esa madre, ?tan joven!, que viaja sola, con cuatro reto?os de apenas diez a?os el mayor? Y esa belleza ensimismada con su m¨®vil, ?de d¨®nde ser¨¢? ?Ad¨®nde ir¨¢? ?Ad¨®nde? En cada parada sube y baja gente. Observamos la puesta de sol. Se cierra la tarde, cenamos, dormimos. ?Primer d¨ªa superado! El coraz¨®n de la vida no deja de latir en Siberia; ni siquiera el silencio es total cuando el tren se detiene en medio de la noche.
Amanece otra vez entre ¨¢rboles. Luego, a media ma?ana, la vida renace: m¨¢s pueblos, aldeas. Estamos en tierras de Irkutsk, la m¨ªtica ciudad siberiana, la capital de los destierros.

Irkutsk nos recibe despejada y con m¨²sica ambiental en las calles. En cada esquina, un recuerdo, una placa. Tranv¨ªas decorados que se caen a pedazos de viejos. Estatuas. Monumentos de Lenin, de Marx, del emperador Alejandro, de artistas e intelectuales, de generales vencedores en guerras remotas. La ciudad es un cruce de caminos en las inmediaciones del lago Baikal, ese mar interior que contiene el 20% de las reservas de agua dulce del mundo: 636 kil¨®metros de largo, 80 de ancho, 1.600 metros de profundidad. Un lago que le dulcifica la vida a la ex¨®tica Irkutsk, aunque en invierno llegue a soportar temperaturas de 35 grados bajo cero.
Fundada en 1661, Irkutsk tuvo su momento de gloria con la fiebre del oro y el comercio de pieles. Luego vendr¨ªan los destierros; el de los decembristas ¡ªlos pr¨ªncipes rusos que en 1825 se sublevaron contra el zar Alejandro I¡ª es uno de los m¨¢s famosos; le siguieron las deportaciones de Stalin, el Gulag siberiano¡ Ahora es un remanso de paz. Sus m¨¢s de 600.000 habitantes aman la cultura y el arte, debido, se dice, a la herencia dejada por aquellos intelectuales que sufrieron el destierro a Siberia y terminaron qued¨¢ndose aqu¨ª. Su arquitectura m¨¢s antigua es hermosa. Y, a pesar de haber sufrido varios incendios, conserva todav¨ªa centenares de edificios de madera que resisten al paso del tiempo y a la demolici¨®n. Son construcciones singulares que al viajero, al contemplarlas, le transportan a otros mundos y ¨¦pocas, a ciudades de Am¨¦rica, como Iquique, en el norte de Chile.
Llega la hora de partir. Dejamos la v¨ªa del Transiberiano, que termina en Vladivostok, para seguir por el ramal del Transmongoliano. Nuestro destino, Ul¨¢n Bator, la capital de Mongolia, queda a 1.019 kil¨®metros remontando el curso del r¨ªo Seleng¨¢ hasta salvar una altitud de casi mil metros desde Irkutsk. El tren, que resulta ser chino, no tiene nada que ver con los aseados trenes rusos. ?Adi¨®s provanitsas, os echaremos de menos! Un joven indolente, responsable del vag¨®n, barre con desgana la moqueta con una fregona mugrienta. ?Ay, qu¨¦ viaje! La locomotora gime en las curvas; los ra¨ªles chirr¨ªan. El tacata-t¨¢, tacata-t¨¢, tacata-t¨¢ adormece; y el humo¡ Ese humo que nos trae recuerdos de infancia y que, seg¨²n los caprichos del viento, nos atufa o se esparce hacia el sur.
El convoy va adentr¨¢ndose en Asia. Desaparecen los ¨¢rboles y empieza la tierra reseca, polvorienta. Pasamos por ciudades extra?as, como la impresionante Ul¨¢n-Ud¨¦, enterradas en chatarra e industrias abandonadas a consecuencia del cambio de r¨¦gimen econ¨®mico que supuso la perestroika, aplicada entre 1985 y 1991 en lo que entonces era la URSS. Entretanto, surgen colinas y extensas praderas peladas que se pierden en el horizonte. ?Es la estepa!

Camino de Mongolia
Pasar la frontera entre Rusia y Mongolia tiene sus ritos. Primero los rusos controlan hasta el aire que respiras y despu¨¦s los mongoles hacen lo mismo. Sube el ej¨¦rcito, la polic¨ªa, los perros husmeando¡ La inspecci¨®n de aduanas. Se llevan los pasaportes. En total, cuatro horas de parada que el maquinista aprovecha para gestionar el cambio de v¨ªa, pues el ancho no coincide. Es medianoche cuando nos ponemos en marcha otra vez.
Las primeras im¨¢genes de Mongolia las fija mi retina a las 5.30. Son im¨¢genes de llanuras verduscas sembradas de yurtas, el hogar de los n¨®madas mongoles; y entre ellas, reba?os de yaks, ovejas y vacas.
Varias chimeneas echando humo a destajo nos gu¨ªan a Ul¨¢n Bator, la capital m¨¢s contaminada del mundo; entre sus singulares edificios cuenta con dos centrales t¨¦rmicas que la envenenan d¨ªa y noche. Al estar rodeada de monta?as, el problema se agrava. Y por si esto fuera poco, sus 1.350 metros de altitud la convierten en la capital m¨¢s fr¨ªa del planeta.

Esper¨¢bamos encontrar un lugar ¨²nico. Pero descubrimos una ciudad de m¨¢s de un mill¨®n de habitantes sembrada de torres y atascada de coches. En la plaza S¨¹khbaatar, de dimensiones sovi¨¦ticas y un referente para el pueblo mongol, el gran Gengis Kan repantigado en su trono vigila la ciudad rodeado de pantallas gigantes. Cada noche, los chorros de publicidad crean un ambiente irreal que el viajero, a poca imaginaci¨®n que le eche, se creer¨¢ en Nueva York. Como en Irkutsk, tambi¨¦n las estatuas abundan. Y para muestras, tres ejemplos: la del explorador Marco Polo, la del primer doctorando del pa¨ªs y una extremadamente kitsch dedicada a los Beatles.
Las franquicias occidentales abruman en Ul¨¢n Bator; no importa el sector, sea este de ocio, alimentaci¨®n o de ropa. Las chicas visten minifalda, y los chicos, bermudas y zapatillas deportivas. Los tel¨¦fonos m¨®viles son la enfermedad m¨¢s com¨²n y extendida; nadie se libra de ella. Hay ya m¨¢s de 10.000 compa?¨ªas extranjeras de todos los ¨¢mbitos operando en Mongolia.
Las calles son ese mar a explorar que nutre de experiencias al viajero; y las de Ul¨¢n Bator no son excepci¨®n. A nosotros nos gusta perdernos en ellas. Caminar, preguntar, intercambiar sonrisas y hacer cola para subirse a un autob¨²s puede deparar curiosos encuentros con los que seguir alimentando el viaje. O comprar un tique para entrar al Museo de los Dinosaurios (en Mongolia se han descubierto algunos de los restos m¨¢s valiosos de estos herb¨ªvoros que vivieron hace 240 millones de a?os).

Al monasterio de Gandantegchinlin, un gran complejo conventual, acuden las gentes en masa a diario a hacer sus ofrendas y ruegos; a cambio, se supone que Buda les echar¨¢ una mano en temas de fertilidad, riqueza y amor.
Fue en este monasterio donde nos topamos con la imagen m¨¢s surrealista del viaje. Los monjes se hab¨ªan reunido para el rezo previo al almuerzo. Mientras repet¨ªan oraciones al ritmo cansino que marcaban los ni?os novicios aporreando tambores, monjes de servicio repart¨ªan el almuerzo consistente en una bandeja rebosante de envoltorios de colores en distintos tama?os y formas, rotulados en ingl¨¦s, chino y mongol. Completaba aquella dieta una botella de Fanta de dos litros. ?Ay, ni los monjes budistas cocinan! ?La comida basura les ha atrapado tambi¨¦n!
Pero Mongolia (tres veces Espa?a y tres millones de habitantes) es, sobre todo, una tierra de espacios abiertos y lejanos horizontes; praderas infinitas; desiertos como el del Gobi, en la frontera con China, uno de los m¨¢s secos de la Tierra. Mongolia es la naturaleza en estado puro. O eso cre¨ªamos¡ As¨ª que nos fuimos al parque nacional de Gorkhi-Terelj a ver c¨®mo eran los yaks y las yurtas y esos mongoles que cabalgan de pie sobre sus peculiares equinos. Mas el progreso hab¨ªa llegado antes que nosotros, llen¨¢ndolo todo de complejos tur¨ªsticos. Eso s¨ª, los yaks eran a¨²n de verdad y los caballos tambi¨¦n.
Un tanto sorprendidos, seguimos viaje a China, felices de que, como Miguel Strogoff ¡ªel protagonista de la novela hom¨®nima de Julio Verne¡ª, hab¨ªamos hecho realidad nuestro sue?o
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