Rap y RIP
Alguno de nosotros, los mayores, recordamos el tiempo de la verdadera falta de libertad expresiva en las artes
Me sent¨ª emparejado a Pablo Has¨¦l, aunque no estoy en la c¨¢rcel, solo preso. La cosa comenz¨® el pasado septiembre, cuando unos nuevos vecinos llegaron al piso situado encima del que habito y pusieron m¨²sica, creo que incluso antes de poner las camas. El concierto no se ha interrumpido desde entonces, ni de d¨ªa ni de noche, siendo su repertorio algo similar al rap, modalidad sonora de la que me confieso indocumentado, pero en la que voy adentr¨¢ndome a mi pesar. Un domingo, despu¨¦s de cinco meses altisonantes, con pataleos y gritos (pues parece que el rap no amansa, como otras m¨²sicas, a las fieras, ni apacigua a los hombres), uno de esos j¨®venes vecinos rapistas dijo, ante mis protestas, la f¨®rmula m¨¢gica: ¡°Tengo mi libertad de escuchar m¨²sica¡±. ?Escuchar? Yo la oigo, sin captar los matices de sus letras, que me suenan como el rezo de un rosario. A todas estas apareci¨® Has¨¦l, apoyado por un amplio espectro (social): ac¨®litos v¨¢ndalos y gobernantes celosos de proteger la libertad de expresi¨®n. A quienes vivimos mal que bien de la expresi¨®n escrita, dicha o cantada, esas protecciones nos resultan poco de fiar; alguno de nosotros, los mayores, recordamos el tiempo de la verdadera falta de libertad expresiva en las artes, muy bien reflejada en la reciente novela de Guti¨¦rrez Arag¨®n Rodaje. ?Y se acuerdan ustedes de la tan pregonada ¡°libertad de acceso a la cultura¡±? Ese era el lema de los piratas del disco y del libro, de quienes hoy se habla menos, quiz¨¢ porque haya m¨¢s o naveguen bajo estandartes de camuflaje. Mis vecinos no quieren mi muerte violenta ¡°al modo Has¨¦l¡±, ni yo a ellos les deseo la c¨¢rcel; voy en son de paz. Pero ayer, mientras escrib¨ªa esta columna bajo el fragor de sus letan¨ªas, tuve un recuerdo: las voces estent¨®reas y el ruido de las armas, hace 40 a?os, en el lugar de la palabra.
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