Diarios modernos
Los pinos del Empord¨¤ tienen tent¨¢culos, no ramas. Crecen torcidos por el viento. Se parecen a los pulpos. Dicen que la forma del pulpo es perder su forma

De peque?a, escrib¨ªa mi diario sobre las hojas de una agenda de papel. En parte imitaba a mi madre, que llevaba una agenda que parec¨ªa una carpeta con cubiertas en cuero, a la cual le cambiaba las hojas a comienzos de a?o. Mientras ella anotaba reuniones de trabajo y citas m¨¦dicas; yo contaba an¨¦cdotas de la escuela o del pueblo. Una costumbre que, en parte, contin¨²a hasta hoy: cada diciembre elijo una agenda de papel para el nuevo a?o. Sin embargo, dej¨¦ de escribir diarios. Nunca me hab¨ªa preguntado por qu¨¦.
Hace un mes, cuando estaba en una residencia de escritura en el medio del parque natural del Empord¨¤, un rinc¨®n m¨¢gico de la Costa Brava, empec¨¦ a leer un libro que ten¨ªa pendiente hace rato. Se llama La novela luminosa, del uruguayo Mario Levrero. Un motivo de tenerla pendiente es que es inmensa, tiene cerca de 600 p¨¢ginas, y consta de un diario de un a?o que Levrero escribi¨® cuando gan¨® la beca Guggenheim, un diario que le permiti¨®, tambi¨¦n, terminar la famosa novela luminosa.
Le¨ª esas p¨¢ginas en una semana, sumergida en el cotidiano de Levrero como si fuera m¨ªo, atenta tambi¨¦n a sus obsesiones. Levrero dice que para escribir su novela tiene que trascender la angustia difusa y llegar al ocio, siendo el ocio una disposici¨®n del alma. Dice: ¡°no es la contemplaci¨®n del vac¨ªo, y menos a¨²n el vac¨ªo mismo; es, c¨®mo decirlo, una manera de estar¡±. Dice tambi¨¦n que la novela que quiere escribir implica el trabajo de revivir a la memoria, un proceso que denomina retorno.
Ten¨ªa 23 a?os cuando obtuve una beca en Madrid y me fui durante varios meses de Buenos Aires. Una decisi¨®n que inclu¨ªa tambi¨¦n alejarme de mi novio de aquel entonces. Trabaj¨¦ como pasante, conoc¨ª personas, hice nuevas amistades, y por supuesto conoc¨ª tambi¨¦n a un chico. Y me enamor¨¦. Ese amor no pudo ser, algo as¨ª de intenso y fren¨¦tico como lo que vivimos no estaba destinado a perdurar; adem¨¢s de que me causaba da?o y de que yo tambi¨¦n, a la vez, queriendo o sin querer, estaba gener¨¢ndole dolor a otra persona. Cuando me reencontr¨¦ con quien segu¨ªa siendo mi novio, antes de que pudi¨¦ramos conversar, ¨¦l ley¨® mis diarios. Lo encontr¨¦ con el cuaderno en la mano y sent¨ª como si unos ojos se hubieran metido dentro de m¨ª; esas p¨¢ginas ya no eran un lugar seguro.
Hace un mes, tambi¨¦n en el Empord¨¤, me propuse el ejercicio cotidiano de observar y describir la naturaleza, ese territorio conocido por ser la tierra del viento. Y lo hice en un diario, acompa?ada de los diarios de otros autores. Le¨ª Arroyo de Susana Pamp¨ªn, donde la narradora cuenta sobre las distintas casas que va alquilando en el Tigre, mientras pasa de ser turista a residente, poniendo atenci¨®n a detalles que para cualquier otra persona pasar¨ªan desapercibidos, describiendo el clima, la altura y la direcci¨®n de los r¨ªos, la espesura del agua y lo que trae el agua; las casas y los perros y las gentes que a lo largo de los a?os crecen, mutan, desaparecen.
Un d¨ªa fui a nadar a la playa con mis antiparras para poder ver abajo del agua y observar a los peces. Confundida por mi miop¨ªa, pens¨¦ que hab¨ªa una gaviota muerta sobre la arena, en el fondo del mar, y quise acercarme a rescatarla, hasta que me di cuenta de que era un ancla. Lo completamente maravilloso, es que en ese mismo acto, descubr¨ª un cardumen, peces que se un¨ªan entre ellos en un pez todav¨ªa m¨¢s grande; un cardumen que parec¨ªa quieto pero avanzaba en movimientos imperceptibles hacia una misma direcci¨®n.
Despu¨¦s segu¨ª con Naturaleza moderna, el diario que escribi¨® el cineasta Derek Jarman quien, luego de descubrir que era VIH positivo, decide retomar una de sus primeras pasiones y cultivar su propio jard¨ªn en una de las zonas m¨¢s ¨¢ridas del sur de Inglaterra, frente a una planta de energ¨ªa nuclear y sobre un desierto de piedra. Y aun as¨ª lo consigue, con el cuerpo que siembra y trilla y riega y cosecha, y con la mirada tambi¨¦n en el papel, ah¨ª donde va describiendo su intimidad, intentando en estas p¨¢ginas responder a una pregunta clave: ?Qu¨¦ relaci¨®n puede establecer con la naturaleza una subjetividad marcada desde la cultura, por el sesgo de lo ¡°antinatural¡±?
S¨¢bado 1 de julio. Los pinos del Empord¨¤ tienen tent¨¢culos, no ramas. Crecen torcidos por el viento. Se parecen a los pulpos. Dicen que la forma del pulpo es perder su forma. Aprovecho a llamar a mi padre. Le cuento de los pinos. Dice que en Argentina tambi¨¦n pasa en el sur. Que usan a los pinos para proteger a las huertas del viento. Que ac¨¢ el viento debe venir de un solo lado. ?Por qu¨¦ no sal¨ªs y te fij¨¢s? Levrero dice que del aburrimiento nacen los impulsos correctos. Ya es hora de dormir.
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