El pianista ¡®indie¡¯
El brit¨¢nico, erigido en divulgador y personaje, acerca por vez primera a Chopin o Rachmaninov a las Noches del Bot¨¢nico

Lleva un par de a?os James Rhodes como ingrediente de todas las salsas, y desde anoche forma tambi¨¦n parte de la historia de las Noches del Bot¨¢nico, que siempre aportan pedigr¨ª. El ¨²nico problema con el londinense es que ya no sabemos si catalogarlo solo como m¨²sico o atribuirle las condiciones de divulgador, ensayista de ¨¦xito, jorgebucay?angl¨®fono, tertuliano radiof¨®nico, profesor particular o entra?able guiri matritense que reside desde el verano pasado a 10 minutos de la Ciudad Universitaria. Hace bien, qu¨¦ demonios, en aprovechar el tir¨®n de estos tiempos dulces; lo mismo har¨ªa cualquier otro en su lugar, porque luego nunca se sabe. Y, por lo atestiguado ayer en los jardincitos de la Complutense, el don de gentes est¨¢ lejos de abandonarle: 2.200 personas finiquitaron el papel para atender a su discurso embaucador y, de paso, escuchar un piano delicad¨ªsimo.
Rhodes sabe sacarle partido a su imagen de cultureta cl¨¢sico pero indie, ese gafapasta?sin pajarita: luce zapatillas blancas y una sudadera universitaria donde, en lugar de ¡°Harvard¡±, puede leerse ¡°Bach¡±. Es la plasmaci¨®n de una personalidad singular, provocadora, la de quien inici¨® su celebrad¨ªsima autobiograf¨ªa con la frase: ¡°La m¨²sica cl¨¢sica me la pone dura¡±. Aunque el detalle m¨¢s transgresor s¨ª tiene verdadera enjundia: la ausencia de partitura en el atril. Durante una hora y veinte minutos. Aleluya.
La Partita n¨²mero 1 en Si bemol, de su adorado Johann Sebastian?, incluido su dificil¨ªsimo sexto movimiento, abri¨® un men¨² que inclu¨ªa escalas en Chopin (claro) y Rachmaninov. James ameniza la sesi¨®n con largas y l¨²cidas contextualizaciones de las obras, salpimentadas de humor brit¨¢nico (¡°en Barcelona hoy habr¨ªan tenido dinero para ponerme una orquesta¡±). Una tosca webcam?nos muestra sus manos mientras le vemos retorcerse, apasionado, frente a las 88 teclas. Todo tan sutil que a ratos entraban ganas de implorar a los grillos que moderaran el volumen de sus conversaciones.
Los parlamentos fueron casi siempre en ingl¨¦s, aunque aprovech¨® su castellano para disculparse con desparpajo (¡°Aprender espa?ol con 43 a?os es jodidamente dif¨ªcil¡±) e incluso tantear un juego de palabras en su nueva lengua: ¡°Soy el t¨ªpico gilipollas brit¨¢nico en el jard¨ªn bot¨¢nico¡±. La felicidad, esa que parece guiarle en estos momentos dulces, sirvi¨® de hilo conductor para una noche en la que los bises hac¨ªan escala en Gluck o un Beethoven al que quiso imaginar algo beodo frente al piano, quiz¨¢ despu¨¦s de una generosa ingesta de Rioja. Ha encontrado un espacio James Rhodes, tipo ameno e ingenioso que gana en la distancia corta todo lo que pierde por culpa de la sobreexposici¨®n.
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