Discurso ¨ªntegro de Sergio Ram¨ªrez, Premio Cervantes 2017
El escritor nicarag¨¹ense se convierte en el primer autor centroamericano en recoger el Premio Cervantes

Perm¨ªtanme dedicar este premio a la memoria de los nicarag¨¹enses que en los ¨²ltimos d¨ªas han sido asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia, y a los miles de j¨®venes que siguen luchando, sin m¨¢s armas que sus ideales, porque Nicaragua vuelva a ser Rep¨²blica. Vengo de un peque?o pa¨ªs que erige su cordillera de volcanes a mitad del ardiente paisaje centroamericano, al que Neruda llam¨® en una de las estancias del Canto General ¡°la dulce cintura de Am¨¦rica¡±. Una cintura explosiva. Balcanes y volcanes puse por t¨ªtulo a un ensayo de mis a?os juveniles donde trataba de explicar la naturaleza cultural de esa regi¨®n marcada a hierro ardiente en su historia por los cataclismos, las tiran¨ªas reiteradas, las rebeliones y las pendencias; pero, en lo que hace a Nicaragua, tambi¨¦n por la poes¨ªa. Todos somos poetas de nacimiento, salvo prueba en contrario.
¡°Poeta¡± es una manera de saludo en las calles, de acera a acera, se trate de farmac¨¦uticos, litigantes judiciales, m¨¦dicos obstetras, oficinistas o buhoneros; y si no todos mis paisanos escriben poes¨ªa, la sienten como propia, gracias, sin duda, a la formidable sombra tutelar de Rub¨¦n Dar¨ªo, quien cre¨® nuestra identidad, no s¨®lo en sentido literario, sino como pa¨ªs: ¡°Madre, que dar pudiste de tu vientre peque?o/tantas rubias bellezas y tropical tesoro/tanto lago de azures, tanta rosa de oro/tanta paloma dulce, tanto tigre zahare?o¡¡±, escribe al evocar la tierra natal.
En mi caso, me declaro voluntariamente un poeta, en el sentido que Caballero Bonald record¨® desde esta misma c¨¢tedra al recibir el premio Cervantes del a?o 2012: ¡°esa emoci¨®n verbal, esas palabras que van m¨¢s all¨¢ de sus propios l¨ªmites expresivos y abren o entornan los pasadizos que conducen a la iluminaci¨®n, a esas ?profundas cavernas del sentido a que se refer¨ªa San Juan de la Cruz?¡±.
La poes¨ªa es inevitable en la sustancia de la prosa. Lo sab¨ªa Rub¨¦n quien, adem¨¢s de la poes¨ªa, revolucion¨® la cr¨®nica period¨ªstica y fue un cuentista novedoso. Y es m¨¢s. Creo que alguien que no se ha pasado la vida leyendo poes¨ªa, dif¨ªcilmente puede encontrar las claves de la prosa, la cual necesita de ritmos, y de una m¨²sica invisible: ¡°la m¨²sica callada/la soledad sonora¡±. Es lo que Pietro Citati llama ¡°la m¨²sica de las cosas perdidas¡± en La muerte de la mariposa, al hablar de la prosa de Francis Scott Fitzgerald: ¡°para la mayor¨ªa de la gente, las cosas se pierden sin remedio. Pero para ¨¦l, dejaban una m¨²sica. Y lo esencial en un escritor es encontrar esa m¨²sica de las cosas perdidas, no las cosas en s¨ª mismas¡±.
No todos en Nicaragua escriben versos, pero Rub¨¦n abri¨® las puertas a generaci¨®n tras generaci¨®n de poetas siempre modernos, hasta hoy, con nombres como los de Carlos Mart¨ªnez Rivas, y Ernesto Cardenal y Claribel Alegr¨ªa, honrados ambos con el premio Reina Sof¨ªa de Poes¨ªa Hispanoamericana; o el de Gioconda Belli.
Curioso que una naci¨®n americana haya sido fundada por un poeta con las palabras, y no por un general a caballo con la espada al aire. La ¨²nica vez que Rub¨¦n visti¨® uniforme militar, con casaca bordada de laureles dorados y bicornio con air¨®n de plumas, fue al presentar credenciales en 1908 como ef¨ªmero embajador de Nicaragua ante Su Majestad Alfonso XIII; un uniforme, adem¨¢s, que le fue prestado por su par de Colombia, pues no ten¨ªa uno propio.
Rub¨¦n trajo novedades liberadoras a la lengua que recibi¨® en herencia de Cervantes, sacudi¨¦ndola del marasmo. ¡°Todo lo renov¨® Dar¨ªo: la materia, el vocabulario, la m¨¦trica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesar¨¢; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador¡±, dice de ¨¦l Borges.
La lengua que era ya la de Cervantes hizo a Centroam¨¦rica el viaje de ida cuando el 19 de agosto de 1605 llegaron a Portobelo los primeros ejemplares del Quijote; y el viaje de vuelta con los primeros ejemplares de Azul: es cuando el 22 de octubre de 1888 Don Juan Valera escribe desde Madrid en una de sus Cartas americanas: ¡°ni es usted rom¨¢ntico, ni naturalista, ni neur¨®tico, ni decadente, ni simb¨®lico, ni parnasiano. Usted lo ha revuelto todo: lo ha puesto a cocer en el alambique de su cerebro, y ha sacado de ello una rara quintaesencia¡±.
Tres siglos despu¨¦s de Cervantes, ¨¦l devolvi¨® a la pen¨ªnsula una lengua que entonces result¨® extra?a porque ven¨ªa nutrida de desaf¨ªos y atrevimientos, una lengua que era una mezcla de voces revueltas a la lumbre del Caribe, de donde yo tambi¨¦n vengo, porque Centroam¨¦rica es el Caribe, ese espacio de milagros verbales donde los portentos pertenecen a la realidad encandilada y no a la imaginaci¨®n, a la que s¨®lo toca copiarlos: el propio Rub¨¦n, Alejo Carpentier, merecedor del premio Cervantes, Miguel Angel Asturias y Gabriel Garc¨ªa M¨¢rquez, ganadores ambos del premio Nobel. En el Caribe toda invenci¨®n es posible, desde luego la realidad es ya una invenci¨®n en s¨ª misma.
En ese sentido, me figuro a Cervantes como un autor caribe?o, capaz de descoyuntar lo real y encontrar las claves de lo maravilloso, cuando nos habla en El coloquio de los perros de la Camacha de Montilla, que ¡°congelaba las nubes cuando quer¨ªa, cubriendo con ellas la faz del sol, y cuando se le antojaba, volv¨ªa sereno el m¨¢s turbado cielo; tra¨ªa los hombres en un instante de lejanas tierras; remediaba maravillosamente las doncellas que hab¨ªan tenido alg¨²n descuido en guardar su entereza. Cubr¨ªa a las viudas de modo que con honestidad fuesen deshonestas, descasaba las casadas y casaba las que ella quer¨ªa...¡±
Rub¨¦n reconoci¨® en s¨ª mismo las se?ales de su mestizaje triple, ¡°el signo de descender de beatos e hijos de encomenderos, de esclavos africanos, de soberbios indios¡¡±, y desde all¨ª, de esa h¨²meda oscuridad donde se confunden los ruidos y los murmullos de la historia, se arma en rel¨¢mpagos la lengua que el nuevo mundo devuelve a la Espa?a de Cervantes.
La virtud de Rub¨¦n est¨¢ en revolverlo todo, poner s¨¢tiros y bacantes al lado de santos ultrajados y v¨ªrgenes piadosas, hallar gusto en los colores contrastados, ser due?o de un o¨ªdo m¨¢gico para la m¨²sica y otro no menos m¨¢gico para el ritmo, sonsacar vocablos sonoros de otros idiomas, dar al oropel la apariencia del oro y a los decorados sustancia real, conceder a los aires populares majestad musical, hallar y ofrecer deleite en el acaparamiento goloso de lo ex¨®tico: ¡°un ansia de vida, un estremecimiento sensual, un relente pagano¡±.
Pero esa lengua nunca dej¨® de ser la lengua cervantina, otra vez, como en el siglo de oro, una lengua de novedades, y es esa lengua de ida y de vuelta la que hoy se reinventa de manera constante en el siglo veintiuno mientras se multiplica y se expande. Una lengua que no conoce el sosiego. Una lengua sin quietud porque est¨¢ viva y reclama cada vez m¨¢s espacios y no entiende de muros ni fronteras.
Rub¨¦n cuenta en su autobiograf¨ªa que en un viejo armario de la casa solariega donde pas¨® su infancia de hu¨¦rfano en Le¨®n de Nicaragua, encontr¨® los primeros libros que habr¨ªa de leer en su vida. Ten¨ªa diez a?os de edad. ¡°Eran un Quijote¡±, dice, ¡°las obras de Morat¨ªn, Las mil y una noches, la Biblia; los Oficios, de Cicer¨®n; la Corina, de Madame Sta?l; un tomo de comedias cl¨¢sicas espa?olas, y una novela terror¨ªfica de ya no recuerdo qu¨¦ autor, la Caverna de Strozzi¡±. Y termina comentando: ¡°extra?a y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un ni?o¡±. La edici¨®n en dos peque?os tomos en letra apretada de la Vida y hechos del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, que tuvo entonces en sus manos, era del a?o 1841, y hab¨ªa salido de la Imprenta de J. Mayol y Compa?¨ªa, en Barcelona.
Era aquel mismo ni?o a quien su t¨ªo abuelo, y padre de crianza, el coronel F¨¦lix Ram¨ªrez Madregil, igual que Jos¨¦ Arcadio Buend¨ªa hace con su hijo Aureliano, lo llev¨® a conocer el hielo: ¡°por ¨¦l aprend¨ª pocos a?os m¨¢s tarde a andar a caballo, conoc¨ª el hielo, los cuentos pintados para ni?os, las manzanas de California y el champa?a de Francia¡±, recuerda en esa misma autobiograf¨ªa.
Cuando ya due?o del tesoro del viejo armario escoge el Quijote, la primera de tantas lecturas que har¨ªa de ¨¦l en su vida, lo que empieza es un viaje, porque toda lectura es un viaje. Pero este ser¨¢ un viaje en que se narra otro viaje.
Al rev¨¦s de Ulises, que quiere llegar sin contratiempos a su hogar en ?taca, don Quijote sale de su hogar en alg¨²n lugar de la Mancha en busca de contratiempos. Quiere ser interrumpido, y no se sorprende de las interrupciones; a eso ha salido, a toparse con ellas: endriagos, bribones poderosos, malvados encantadores, tentaciones de la carne que como buen caballero debe rechazar, sometido como se halla al voto de casta fidelidad a su dama.
El mundo rural que don Quijote va a recorrer tendr¨ªa muy poco de atractivo para alguien que emprende un viaje con sentido com¨²n, bajo las necesidades impuestas por la vida cotidiana. Es su imaginaci¨®n encandilada la que crear¨¢ los obst¨¢culos, peligros y desaf¨ªos. Claro que los obst¨¢culos que Ulises encuentra mientras navega hacia ?taca, tambi¨¦n son fruto de la imaginaci¨®n, la imaginaci¨®n de Homero: sirenas cuyo canto causa la perdici¨®n de los navegantes, hechiceras que convierten en cerdos a los hombres, vientos encerrados en un odre que provocan naufragios al ser desatados.
Pero los gigantes, magos, damas cautivas, cuevas y castillos encantados que don Quijote va hallando en la ruta, nacen de su propia imaginaci¨®n. Es un mundo creado por ¨¦l mismo, como personaje, superpuesto al mundo real. Es su propio personaje, en tanto Ulises es personaje de Homero. Ulises es un mentiroso consumado, que inventa para enredar a los dem¨¢s. Don Quijote inventa para s¨ª mismo, es criatura de su propia ficci¨®n. Apenas recobra el seso, todo aquel tinglado construido en su mente se deshace, los cortinajes y decorados desaparecen, y lo que permanece a la vista es la simple realidad racional. Entonces, s¨®lo le queda morir.
Ambos mundos, el real y el imaginado, se corresponden y se oponen en las p¨¢ginas del Quijote. Los castillos de tiempos idos son las ventas del camino, y los venteros no son encantadores, sino prosaicos hospederos que si pueden esquilman a los viajeros. Pero un mundo no podr¨ªa existir sin el otro, porque es su contrario y al mismo tiempo su contrapeso y complemento.
Desde aquel primer viaje Rub¨¦n ya nunca abandonar¨ªa a Cervantes, que se convierte en un modelo suyo, literario y vital, seg¨²n su soneto: ¡°Horas de pesadumbre y de tristeza/paso en mi soledad. /Pero Cervantes/es buen amigo. Endulza mis instantes/ ¨¢speros, y reposa mi cabeza¡¡±
¡°?l es la vida y la naturaleza,/ regala un yelmo de oros y diamantes/ a mis sue?os errantes/. Es para m¨ª: suspira, r¨ªe y reza.¡±, dice en la siguiente estrofa. La vida tal como es. El tiempo ya muerto de los caballeros andantes, que tampoco es un tiempo hist¨®rico pues se trata de personajes de ficci¨®n, entra en el tiempo real contempor¨¢neo, y entre ambos se produce un choque que, en lugar de destruirlos, los hace vivir.
Y no se destruyen porque Cervantes narra con naturaleza esas historias asombrosas y disparatadas, lejos de afectaciones e impostaciones que generalmente esconden ignorancia. Un escritor natural es aquel que sabe de qu¨¦ est¨¢ hablando. Habla al o¨ªdo del lector, no se desga?ita. Conversa con suaves ademanes; enamora con la palabra y con los gestos: ¡°parla como un arroyo cristalino¡±.
Frente a la locura que pasma, Cervantes no se inquieta; se r¨ªe de manera sosegada, sin dejarse ver por el lector, y al tomar distancia de ese mundo estrafalario con la risa, que est¨¢ lejos de ser una risa malvada, o jayana, nos ense?a a ser compasivos, y nos acostumbra a contemplar con naturalidad la maravilla: ¡°es para m¨ª: suspira, r¨ªe y reza¡±.
Los mundos muertos, construidos de cart¨®n piedra, los decorados que huelen a pintura o a vejez, tarde o temprano ser¨¢n comidos por la polilla, porque lo falso no sobrevive. En cambio, el mundo insuflado de naturaleza por virtud de las palabras, se parece a la vida, o es como la vida. Naturaleza y vida se vuelven as¨ª inseparables.
Y naturaleza y vida tienen que ver, sin duda, con el humor y la melancol¨ªa, que tambi¨¦n son almas gemelas, como lo explica ?talo Calvino en Seis propuestas para el pr¨®ximo milenio: ¡°as¨ª como la melancol¨ªa es la tristeza que se aligera, as¨ª el humor es lo c¨®mico que ha perdido la pesadez corp¨®rea¡¡±.
Estas dos cualidades de la literatura y de la vida se auxilian tambi¨¦n en equilibrio porque tienen la sustancia de la ligereza. El humor en Cervantes pierde la pesadez corp¨®rea de lo c¨®mico. Vive de la ligereza, y en la ligereza, contraria a la pesadez que no deja circular el aire entre las l¨ªneas del texto.
Tal como Sergio Pitol, premio Cervantes del a?o 2005, muerto este mismo mes en M¨¦xico, y a quien rindo homenaje, cervantino hasta la m¨¦dula porque nunca se atuvo a la pesadez, y supo trocarla por el humor, la iron¨ªa y la parodia; un ¡°raro¡± de los de Rub¨¦n, que supo hacer de la escritura una fiesta.
En Vida de don Quijote y Sancho, Unamuno nos recuerda que don Quijote nos hace re¨ªr porque su seriedad a la vez nos divierte, y nos conmueve. No cree en el rid¨ªculo, porque para ¨¦l el rid¨ªculo no existe: ¡°caballero que hizo re¨ªr a todo el mundo, pero que nunca solt¨® un chiste¡¡±.
Y Rub¨¦n, al invocarlo en Letan¨ªa de Nuestro Se?or don Quijote: ¡°Rey de los hidalgos, se?or de los tristes/que de fuerza alientas y de ensue?os vistes/coronado de ¨¢ureo yelmo de ilusi¨®n¡¡±, tambi¨¦n invoca la naturaleza natural de las cosas: ¡°escucha los versos de estas letan¨ªas/hechas con las cosas de todos los d¨ªas/ y con otras que en lo misterioso vi¡¡±.
En alg¨²n momento de la vida, uno se encuentra con Cervantes. Fue mi madre, Luisa Mercado, quien en sus clases de literatura en el colegio de secundaria, porque tuve la infinita suerte de ser su disc¨ªpulo, me ense?¨® a leer el Quijote, y el Libro del buen amor del Arcipreste, los versos del Marqu¨¦s de Santillana, las Coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre, a Lope y Quevedo; y no pocos de esos poemas los aprend¨ª de memoria para siempre.
Guardaba ella un ejemplar en cuarto mayor del Quijote que hab¨ªa pertenecido a mi abuelo Te¨®filo Mercado, converso a la austera religi¨®n bautista que llegaron a predicar en 1910 unos misioneros de Alabama, y desde antes liberal positivista, creyente con fe ciega en el progreso y en la educaci¨®n, una especie de disc¨ªpulo de Augusto Comte extraviado en Masatepe, el peque?o pueblo cafetalero de la meseta del Pac¨ªfico de Nicaragua donde nac¨ª.
Era agricultor, agrimensor, constructor de pozos artesianos y ebanista. La mesa donde escribo sali¨® de sus manos. Y entre sus libros de medicina, agronom¨ªa, y geodesia, y manuales de geometr¨ªa plana y ¨¢lgebra elemental, estaba El Quijote. Si para ¨¦l toda lectura deb¨ªa ser did¨¢ctica, y despreciaba a los poetas que se dejaban largo el pelo y a los novelistas que se perd¨ªan en el relato de desgracias amorosas y aventuras inventadas, ?qu¨¦ hac¨ªa, entonces, El Quijote en compa?¨ªa tan extra?a en su librero, sino desmentir su lejan¨ªa de la imaginaci¨®n? ?Y no lo desmiente tambi¨¦n su nieto novelista?
Cervantino y dariano, ato mi escritura con un nudo que nadie puede cortar ni desatar. Un nudo de palabras en mi o¨ªdo desde la infancia, amamantado en una lengua h¨ªbrida que tra¨ªa los viejos sones del siglo de oro represados en la arcaica arcadia verbal campesina, y entreveradas a esas palabras, que brillaban como gemas antiguas entre el polvo de los siglos, las de la lejana lengua n¨¢huatl ¨CMasatepe, mazatl-tepetl, tierra de venados- y desde muchos antes las de la lengua mangue, que mientras el paisaje de mi ni?ez se despe?a hacia el cr¨¢ter de la laguna de Masaya, al pie del volc¨¢n Santiago, donde bulle a ojos vista la lava rojo, malva y amarillo, como en la boca del infierno, los residuos de esa lengua ya casi olvidada van marcando los territorios comarcanos, ?amborime, cerca del agua, Jalata, agua arenosa, Nimboja, camino hacia el agua.
La lengua se hace primero en el o¨ªdo. El mundo de un ni?o es un mundo de voces que alguna vez se vuelven escritura. Las de las consejas y las leyendas, las de los pregones de los mercados, la de los romances an¨®nimos bordoneados en las guitarras. Las de la tertulia vespertina a la que comparec¨ªa mi abuelo paterno Lisandro Ram¨ªrez, violinista y compositor de valses, fox-trots y mazurcas, y maestro de capilla de la iglesia parroquial, junto a mis t¨ªos m¨²sicos, pobres como ¨¦l, y bohemios, quienes formaban entre todos la orquesta Ram¨ªrez. Reunidos en la tienda de abarrotes de mi padre, Pedro Ram¨ªrez, el ¨²nico que se hab¨ªa resistido a tocar un instrumento porque lo cargaron con el pesado contrabajo, se entreten¨ªan en un solo jolgorio de conversaci¨®n antes de subir las gradas de la iglesia parroquial para tocar el rosario de las seis de la tarde, una fiesta verbal cervantina aquella pl¨¢tica en la que nunca contaban chistes groseros, despreciaban el rid¨ªculo, convert¨ªan sus penas en alegr¨ªas, y se burlaban con gracia de sus propias desgracias, gan¨¢ndose as¨ª, al re¨ªrse de ellos mismos, la soberan¨ªa de re¨ªrse de los dem¨¢s.
Narrar es un don que no brota sino de la necesidad de contar, esa necesidad apremiante sin la cual, quien se entrega a este oficio incomparable, no puede vivir en paz consigo mismo. Desde el fondo de esa necesidad un novelista debe iluminar en su prosa todo aquello que yace en las profundas cavernas del sentido, acercar la antorcha a los rostros de los personajes ocultos en la oscuridad, revelar los entresijos cambiantes de la condici¨®n humana.
Es una epifan¨ªa de cada d¨ªa, que no se da sin el uso de los procedimientos debidos, que empiezan por sentarse a escribir entre cuatro paredes como un prisionero que disfruta y padece de la necesidad de contar. Hay que saber atrapar la gracia. La escritura es un milagro provocado. Y no pocas veces un milagro una y otra vez corregido. ¡°Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo¡y no hay sino la palabra que huye¡±, dice Rub¨¦n. La p¨¢gina en blanco est¨¢ llena de rastros, de sombras de palabras fugitivas.
Siento que soy, as¨ª, la s¨ªntesis de mis dos abuelos, el m¨²sico y el ebanista, el que pulsa el arco y el que empu?a la gubia, a medias el compositor que llenaba con sus signos mel¨®dicos la hoja de papel pautado, y a medias el artesano que nunca estuvo conforme con un mueble de gavetas desencajadas, que no asentara bien sobre el suelo, o cuyas junturas dejaran luces.
Escribo entre cuatro paredes, pero con las ventanas abiertas, porque como novelista no puedo ignorar la anormalidad constante de las ocurrencias de la realidad en que vivo, tan desconcertantes y tornadizas, y no pocas veces tan tr¨¢gicas pero siempre seductoras. Mi Am¨¦rica, nuestra Am¨¦rica, como sol¨ªa decir Mart¨ª. La Hom¨¦rica Latina, como la bautiz¨® Marta Traba.
A ese paisaje iluminado y a la vez lleno de sombras, desolado y a la vez lleno de voces recurro, dominado por la curiosidad y el asombro, en busca de sus rincones ocultos y de los humildes personajes que lo pueblan, cada uno cargando a cuestas sus peque?as historias, y me seduce verlos caminar, sin ser advertidos, o sin advertirlo, hacia las fauces que los engullen, v¨ªctimas tantas veces del poder arbitrario que trastoca sus vidas, el poder demag¨®gico que divide, separa, enfrenta, atropella. Ese poder que no lleva en su naturaleza ni la compasi¨®n ni la justicia y se impone por tanto con desmesura, cinismo y crueldad.
A trav¨¦s de los siglos la historia se ha escrito siempre en contra de alguien o a favor de alguien. La novela, en cambio, no toma partido, o si lo hace, arruina su cometido. El vasto campo de La Mancha es el reino de la libertad creadora. Un escritor fiel a un credo oficial, a un sistema, a un pensamiento ¨²nico, no puede participar de esa aventura diversa, contradictoria, cambiante, que es la novela. Una novela es una conspiraci¨®n permanente contra las verdades absolutas.
La realidad, que tanto nos abruma. Caudillos enlutados antes, caudillos como magos de feria hoy, disfrazados de libertadores, que ofrecen remedio para todos los males. Y los caudillos del narcotr¨¢fico vestidos como reyes de baraja. Y el exilio permanente de miles de centroamericanos hacia la frontera de Estados Unidos impuesto por la marginaci¨®n y la miseria, y el tren de la muerte que atraviesa M¨¦xico con su eterno silbido de Bestia herida, y la violencia como la m¨¢s funesta de nuestra deidades, adorada en los altares de la Santa Muerte. Las fosas clandestinas que se siguen abriendo, los basureros convertidos en cementerios.
Cerrar los ojos, apagar la luz, bajar la cortina, es traicionar el oficio. Todo ir¨¢ a desembocar tarde o temprano en el relato, todo entrar¨¢ sin remedio en las aguas de la novela. Y lo que calla o mal escribe la historia, lo dir¨¢ la imaginaci¨®n, due?a y se?ora de la libertad, ¡°por la que se puede y debe aventurar la vida¡±, pues no hay nada que pueda y deba ser m¨¢s libre que la escritura, en mengua de s¨ª misma cuando paga tributos al poder el que, cuando no es democr¨¢tico, s¨®lo quiere fidelidades incondicionales. Somos m¨¢s bien testigos de cargo. Nuestro oficio es levantar piedras, dec¨ªa Saramago; si debajo lo que hallamos son monstruos, no es nuestra culpa.
En mis a?os juveniles ¡°tuve otras cosas en qu¨¦ ocuparme, dej¨¦ la pluma y las comedias¡¡±, como expresa nuestro padre Cervantes. Y si un d¨ªa me apart¨¦ de la literatura para entrar en la vor¨¢gine de una revoluci¨®n que derroc¨® a una dictadura, es porque segu¨ªa siendo el ni?o que se imagina de rodillas en el suelo de la venta presenciando la funci¨®n de t¨ªteres del retablo de Maese Pedro, ansioso de coger un mandoble para ayudar a don Quijote a descabezar malvados.
Pero vuelvo a citar el primer p¨¢rrafo de Historia de dos ciudades de Dickens, tal como lo hice en mi libro de memorias acerca de esos a?os, Adi¨®s muchachos: ¡°fue el mejor de los tiempos, fue el peor de los tiempos; fue tiempo de sabidur¨ªa, fue tiempo de locura; fue una ¨¦poca de fe, fue una ¨¦poca de incredulidad; fue una temporada de fulgor, fue una temporada de tinieblas; fue la primavera de la esperanza, fue el invierno de la desesperaci¨®n¡±.
Vivo en mi lengua, en el ancho territorio de la Mancha, seg¨²n la dichosa frase de Carlos Fuentes, un territorio verbal y a la vez una mancha indeleble. La Mancha que no se desl¨ªe ni se borra. La escritura manchada, contaminada de belleza y de verdades, de ilusi¨®n y realidad, de iniquidades y de grandeza.
Y al recordar a Fuentes, amigo y maestro, traigo delante de m¨ª la deuda imperecedera con los escritores del boom, tan pr¨®ximos a m¨ª y que tanto me ense?aron. Garc¨ªa M¨¢rquez, quien volvi¨® a inventar la lengua en sus redomas de alquimista trasmutando la realidad en prodigio; Cort¨¢zar, quien en las p¨¢ginas de Rayuela dio a mi generaci¨®n las claves de la rebeld¨ªa sin sosiego, ¨¦l, quien me hizo cronopio para siempre; el propio Fuentes, quien subi¨® a los andamios para pintar la historia de M¨¦xico y la de Am¨¦rica como un alucinante mural en movimiento; y Mario Vargas Llosa, cuyas novelas desarm¨¦ p¨¢gina a p¨¢gina, como si se tratara de un mecano, para aprender as¨ª los rigores del oficio.
Y la otra deuda imperecedera. Tulita, mi esposa, a quien debo en muchos sentidos mi oficio, y quiz¨¢s sea suficiente explicarlo repitiendo lo que puse en la dedicatoria inscrita en mi novela Castigo Divino, de cuya publicaci¨®n se cumplen ahora treinta a?os: que ella invent¨® las horas para escribirla; as¨ª como, mejor novelista que yo, ha inventado mi vida. Y junto con ella, lo que debo a mis hijos y nietos, presentes todos aqu¨ª, mi prole de la primavera del patriarca, de la que me siento tanto orgulloso como dichoso.
Gracias a Juan Cruz, el Juan de Juanes, que supo armarme de nuevo con las armas de la literatura cuando regresaba de otras lides con la lanza quebrada; a Antonia Kerrigan, la mejor agente literaria del mundo, y a Pilar Reyes, la mejor editora del mundo.
Gracias al jurado del premio Cervantes, presidido por el Director de la Real Academia de la Lengua, Dar¨ªo Villanueva, por apuntar de manera tan generosa su br¨²jula hacia mi obra.
Y gracias, don Felipe, por esta honra que Espa?a, la de ¡°los mil cachorros sueltos¡± de la lengua, concede a Centroam¨¦rica a trav¨¦s m¨ªo, y a mi pa¨ªs de vientre peque?o, pero tan pr¨®digo.
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