Barcelona, Mickey Mouse
Son las 7.45 horas cuando llego al Muelle Adosado. El sol despunta ya sobre el horizonte. Un cielo sin nubes, luminoso, permite pensar que hoy ser¨¢ un d¨ªa excelente para ense?ar Barcelona a los viajeros que han llegado en crucero. En la terminal A, 25 autocares se?alizados seg¨²n tour e idioma esperan a las poco m¨¢s de 1.000 personas que tendr¨¢n una visita guiada. Son el 30% del pasaje. Hace una d¨¦cada la proporci¨®n era inversa. En este periodo ha aumentado el n¨²mero de pasajeros de cruceros pero las visitas organizadas han disminuido. La mayor¨ªa del pasaje se quedar¨¢ disfrutando del barco o coger¨¢ la lanzadera hasta Col¨®n para pasear por libre.
El objeto de la visita que debo guiar durante el d¨ªa es el Barri G¨°tic y el modernismo, con 40 personas de Estados Unidos. Con el fin de ofrecer una buena vista sobre la ciudad y el puerto subimos en autocar al Mirador del Alcalde, en Montju?c. Una recomendaci¨®n: cuidado con los carteristas. Otra: vigilen, porque el suelo de uno de los balcones del mirador est¨¢ agrietado. Es ideal para romperse un tobillo. Desde hace tiempo est¨¢ as¨ª. Tambi¨¦n el espacio tras las barandillas est¨¢ descuidado. Hay un buen n¨²mero de cactus muertos. Los que sobreviven presentan huellas de un turismo vand¨¢lico que en varios idiomas ha grabado fechas y nombres en sus hojas. Entre la vegetaci¨®n, esparcidos por el viento, desperdicios de las bolsas de pic-nic de los grupos procedentes de la costa que almuerzan en los jardines. En la terraza, est¨¢n los manteros paquistan¨ªes que desde los Juegos venden toda suerte de souvenirs y a¨²n siguen, jugando de vez en cuando al gato y al rat¨®n con la Guardia Urbana. Bajamos a la ciudad atravesando la colina por el t¨²nel abierto expresamente para dar car¨¢cter de privacidad a los jardines de Miramar. Sobre ¨¦l se construye un lujoso hotel. Me pregunto c¨®mo y cu¨¢ndo la ciudadan¨ªa podr¨¢ volver a disfrutar de este bello espacio p¨²blico.
Parada en Col¨®n. Subiendo La Rambla, iniciamos a pie la visita del casco antiguo. El paseo barcelon¨¦s por excelencia ha perdido su identidad. Tiene otra, que no es la de cuando a¨²n era agradable caminar por ¨¦l y encontrarse con qui¨¦n conversar durante cinco minutos. Ahora es un lugar lleno de visitantes, algunos vestidos de playa, que paran aqu¨ª y all¨¢ frente a las figuras humanas, titiriteros o m¨²sicos que hacen las delicias de un turismo de nivel bajo. Han convertido La Rambla en un parque tem¨¢tico gratuito. Llegamos a la plaza Reial. En sus porches apenas quedan pies negros. Hace poco a¨²n yac¨ªan tirados en el suelo junto a sus perros, entre envases de cerveza y vino, pidiendo limosna. La fuente de las Tres Gr¨¤cies, entre las farolas de Gaud¨ª, no se escapa del incivismo. Da pena. Como peces multicolor, flotan en sus aguas decenas de latas de cerveza y bricks de vino pele¨®n.
Las personas a las que gu¨ªo son un grupo de jud¨ªos neoyorquinos, interesados en el pasado hebreo de Barcelona. Vamos al Call. El recorrido est¨¢ plagado de tags y grafitos que no respetan nobles puertas de madera ni piedras hist¨®ricas. Los turistas comentan que Nueva York ha acabado con ellos poniendo multas y obligando a hacer trabajos sociales a los autores. Llegados al coraz¨®n del Call, en la calle de Marlet, el hedor a orines da n¨¢useas a una de las se?oras. Frente a la l¨¢pida hebrea, escombros, basura y un retrete. Alguien deber¨ªa retirarlos. Como barcelon¨¦s, siento verg¨¹enza por este lugar, y como gu¨ªa pienso que no es ¨¦sta la mejor manera de atraer al turismo cultural y de mostrar como ciudad nuestro respeto hacia otras culturas.
Fuera ya del Call, visitamos la Casa de l'Ardiaca. Aqu¨ª, el c¨¦lebre buz¨®n dise?ado por Dom¨¨nech i Muntaner est¨¢ roto en una esquina, y la concha de la tortuga -alegor¨ªa de la lentitud de la justicia- est¨¢ gastada por el roce de manos que creen que tocarla da buena suerte. Estar¨ªa bien protegerlo con una mampara. Como tambi¨¦n lo estar¨ªa salvar las losas sepulcrales del Claustro de la Catedral con un suelo de cristal. Debido al trasiego de personas y al fregado diario de la piedra, los escudos gremiales se est¨¢n borrando. Pero parece que a nadie le importa que desaparezca este legado hist¨®rico. Es momento de que el Departamento de Cultura piense seriamente en declarar Ciutat Vella un Bien Cultural de Inter¨¦s Nacional (BCNI) y as¨ª disponer de m¨¢s medios y argumentos para proteger el patrimonio art¨ªstico cultural e hist¨®rico que aqu¨ª se encuentra.
Llega la hora del almuerzo. A los clientes les apetece algo r¨¢pido. No quieren perder tiempo sentados frente a manteles de hilo. Se contentan con un Spanish fast food: ensalada y tapas, la moda entre los turistas de crucero.
Poco despu¨¦s, el autocar reemprende la marcha para cumplir con el modernismo. Ya en el paseo de Gr¨¤cia, circulando, describo la Manzana de la Discordia. Necesitar¨¢n una buena dosis de imaginaci¨®n: las hojas de los altos plataneros impiden ver limpiamente las fachadas. Cruzamos Lesseps. Siempre en obras. Llegamos al parque G¨¹ell. El recinto rebosa de p¨²blico. Sus infraestructuras sufren diariamente la presi¨®n del turismo de masas y algunos visitantes campando por sus fueros se fotograf¨ªan en el Drac. Unos ponen sus pies sobre las patas; otros, m¨¢s audaces, se sientan en la cabeza del drag¨®n. No hay vigilancia. S¨®lo Juli, un jubilado voluntario de Gr¨¤cia, acude cuando puede para pedir respeto por la obra de Gaud¨ª. Ya de regreso, visitamos la Sagrada Familia. Acompa?o al grupo hacia la parte trasera de la plaza de Gaud¨ª para contemplar la excelente panor¨¢mica sobre la fachada de la Nativitat. Comentarios de admiraci¨®n por el monumento. Interrumpo la explicaci¨®n ante los gritos de un miembro del grupo: una rata de larga cola ha aparecido a mis espaldas, trepando por el gran ficus del estanque. Quieren verla o fotografiarla. Gaud¨ª importa menos. Me quedo cortado. S¨®lo se me ocurre decirles, para superar el bochorno que seguramente muchos pol¨ªticos de esta ciudad nunca han sufrido, que en Barcelona tenemos de todo: incluso una r¨¦plica animada de Mickey Mouse.
El gran d¨ªa que promet¨ªa ser al final no lo ha sido tanto.
C¨¨sar Algora es gu¨ªa de Turisme de Catalunya.
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