El cambio clim¨¢tico y la justicia mundial
?No habr¨ªa que clamar por una nueva era socio-ecol¨®gica? De la renacionalizaci¨®n masiva en Rusia y de los ¨¦xitos de los populistas en Latinoam¨¦rica y en Europa del Este, el capitalismo liberado genera temores y reacciones de rechazo sin parang¨®n con todo lo conocido desde la ca¨ªda del muro de Berl¨ªn. ?Cu¨¢l es el origen de esta decepci¨®n? La clase media grita "?Basta!". As¨ª sucede en Alemania, pero tambi¨¦n en casi todos los pa¨ªses de Europa y en todos los h¨¢bitats del mundo. La resistencia aumenta con la percepci¨®n de que la clase media mundial no participa de los beneficios que produce el actual periodo de crecimiento econ¨®mico, tal vez incluso de que su porci¨®n de tarta va a menos. Mientras en las empresas transnacionales que saben sacar provecho de las reservas de racionalizaci¨®n de las nuevas tecnolog¨ªas de la comunicaci¨®n, y a la vez de la mano de obra barata, se multiplican los beneficios, los trabajadores de clase media corrientes, vivan en el Medio Oeste de EE UU, en la cuenca del Ruhr, en Am¨¦rica Latina o en Europa del Este, quedan al margen. Por todas partes el mismo fen¨®meno: la renta familiar media estaba y est¨¢ muy por debajo de las tasas de crecimiento de la productividad, y esto desde hace a?os. John Kenneth Galbraith advirti¨® ya lo que deber¨ªa alentar a la socialdemocracia de hoy: todos los grandes l¨ªderes pol¨ªticos tuvieron algo en com¨²n: la obstinada decisi¨®n con que, en su d¨ªa, tomaron en serio los grandes temores de sus pueblos. Ah¨ª reside la esencia de su importancia pol¨ªtica. Encontrar respuestas a las necesidades de la profundamente desconcertada clase media mundial, ¨¦sa es la clave del ¨¦xito pol¨ªtico, tambi¨¦n a comienzos del siglo XXI.
Es una iron¨ªa de la historia que la visi¨®n del mundo rebatida al derrumbarse el comunismo fuera adoptada precisamente por los vencedores de la guerra fr¨ªa. Los neoliberales hicieron profesi¨®n de fe de las debilidades del pensamiento de Marx, de su contumaz menosprecio de los movimientos nacionalistas y religiosos y de su imagen unidimensional y lineal de la historia. En cambio, cerraron los ojos a la idea marxista de que el capitalismo libera energ¨ªas an¨¢rquicas y autodestructivas. Marx ve¨ªa la econom¨ªa de mercado como fuerza revolucionaria y entend¨ªa que la penetraci¨®n del mundo por el mercado discurre de manera destructiva y violenta. Cuando el capitalismo se extiende, las condiciones sociales sufren un vuelco: destruye industrias, formas de vida y reg¨ªmenes completos. En los pasados 200 a?os, la campa?a victoriosa del capitalismo y del industrialismo fue de la mano de guerras y revoluciones. ?Por qu¨¦ creen los neoliberales que en el siglo XXI las cosas van a ser de otra manera? Es un misterio. La revoluci¨®n (y la contrarrevoluci¨®n) ecol¨®gica que se vislumbra va por otro lado.
?D¨®nde est¨¢ el Willy Brandt de hoy, alguien capaz de formular de nuevo la cuesti¨®n de la justicia -el problema pol¨ªtico clave del incipiente siglo XXI- a escala mundial y nacional, econ¨®mica y ecol¨®gica? Por una parte, los ministros europeos de medio ambiente pregonan la revoluci¨®n ecol¨®gica; por otra, anuncian que, pese al cambio clim¨¢tico, podemos seguir con nuestra habitual forma de vida. Esto es ilusorio. Porque ya se ve venir: la pol¨ªtica del clima provoca dislocaciones y desigualdades sociales, tanto en cada uno de los pa¨ªses como en el mundo entero. A la vista de las diferencias culturales y de las desigualdades sociales, ?c¨®mo se van a distribuir equitativamente los costes de la pol¨ªtica del clima? En Gran Breta?a se debate ahora la conveniencia de instaurar un mercado privado de emisiones. Cada ciudadano s¨®lo podr¨ªa causar una emisi¨®n limitada del nocivo CO2. Quien quiera consumir m¨¢s, que pague m¨¢s. Los m¨¢s afectados ser¨ªan los pobres y la clase media, acongojada por su temor a ir a menos. Su margen de maniobra quedar¨ªa reducido; su vida de trabajadores que se desplazan a diario a su lugar de trabajo, amenazada.
Cambio clim¨¢tico no quiere decir s¨®lo cambio clim¨¢tico; es decir, en modo alguno s¨®lo fen¨®menos atmosf¨¦ricos, huracanes, sequ¨ªas, inundaciones, oleadas de refugiados, amenazas de guerras. De repente sucede tambi¨¦n que todos los pueblos, culturas, etnias, religiones y regiones del mundo viven por primera vez en la historia compartiendo la presencia de un futuro que los amenaza a todos. Dicho de otra manera, para sobrevivir hay que contar con el otro, con el excluido. La pol¨ªtica del clima es una cosmopol¨ªtica.
Al mismo tiempo se percibe que los efectos del calentamiento de la tierra se manifiestan en cada sitio de una manera distinta y que, ante el trasfondo de un mundo radicalmente desigual, los contrarios deben tomarse radicalmente en serio. El hecho de que ahora compartamos la previsi¨®n de una cat¨¢strofe clim¨¢tica no se asienta en un pasado com¨²n y, desde luego, en modo alguno en un futuro com¨²n. Tal vez en Alaska surja una agricultura floreciente. Tal vez en Nueva York y en M¨²nich se pueda ir en bikini en Navidad. Pero, ?qu¨¦ va a ser de ?frica? ?Qu¨¦ de Oriente Medio?Los pa¨ªses m¨¢s ricos, los que m¨¢s contribuyen al calentamiento de la Tierra, y as¨ª ponen en peligro la vida de los m¨¢s pobres, gastan ya ahora miles de millones de d¨®lares o euros en protegerse de las peores consecuencias de sus propios riesgos, como la sequ¨ªa o la elevaci¨®n del nivel del mar. Dos tercios del anh¨ªdrido carb¨®nico y de los gases de efecto invernadero que se acumulan en la atm¨®sfera proceden, a partes casi iguales, de Estados Unidos y de los pa¨ªses de Europa occidental. ?stos y otros pa¨ªses ricos invierten en instalaciones de propulsi¨®n e¨®li-ca para transformar el agua del mar en agua potable, en la ampliaci¨®n de diques, en casas y ciudades flotantes, en plantas transg¨¦nicas que crecen tambi¨¦n en el desierto. Sucede como en el Titanic: la cat¨¢strofe clim¨¢tica no es democr¨¢tica. La mayor¨ªa de las v¨ªctimas quedaron atrapadas en las cubiertas y camarotes m¨¢s baratos, los de m¨¢s abajo, aqu¨¦llos en los que no hab¨ªa escapatoria.
El que agudiza el cambio clim¨¢tico arremete contra los m¨¢s pobres de los pobres, pone en peligro el sustento de su vida. Quien, construyendo m¨¢s diques, trata de proteger Londres, Nueva York o Tokio de las inundaciones provocadas por la elevaci¨®n del nivel del mar se entrega a la idea ilusoria de que a las consecuencias sociales y pol¨ªticas del cambio clim¨¢tico se puede dar una respuesta nacional individual. Esto es andar por las ramas del problema clave de la justicia mundial, al que ya no hay que responder s¨®lo por un inter¨¦s idealista general, que abarque a toda la humanidad, sino que m¨¢s bien deviene parte integrante de los intereses nacionales y de la pol¨ªtica nacional. Si el calentamiento de la atm¨®sfera terrestre se considera hoy el reto econ¨®mico y pol¨ªtico m¨¢s grande y m¨¢s dif¨ªcil que el mundo tuvo que afrontar jam¨¢s, hay un motivo para ello: no se trata ¨²nicamente de reducir las emisiones; se trata de distribuir el crecimiento econ¨®mico, estrech¨ªsimamente ligado a las emisiones de anh¨ªdrido carb¨®nico, entre Estados y entre pueblos. A la vista de las desigualdades cada vez m¨¢s agudas, la exigencia de que los pa¨ªses desarrollados -sobre todo India y China- tambi¨¦n reduzcan dr¨¢sticamente sus emisiones y de que se llegue a una f¨®rmula de compromiso entre los pa¨ªses industrialmente m¨¢s desarrollados del mundo (como la que parece tener in mente el presidente de Estados Unidos, Bush, en su reciente paso adelante en pol¨ªtica clim¨¢tica) es completamente irreal. La pregunta decisiva es m¨¢s bien si los ricos van a reducir sus emisiones para que los pobres tengan sitio para su desarrollo. El juego en el que el que pierde paga, ahora en marcha a toda vela, y el hecho de que la pelota de la fuerza de gravitaci¨®n y del poder de decisi¨®n sobre el destino de la humanidad pase al campo de Asia, con su vertiginosa carrera de desarrollo, sobre todo China, India e Indonesia, ignora el meollo de la pol¨ªtica del clima: la cuesti¨®n de la justicia mundial.
Dos son los modelos de pol¨ªtica del clima que se vislumbran, y son radicalmente distintos. Uno atiende al lema "Proteger el clima no produce dolor" (el ministro alem¨¢n de Medio Ambiente Siegmar Gabriel). ?ste aboga por reducir dr¨¢sticamente los gases de efecto invernadero con una "innovadora ofensiva" ecol¨®gico-tecnol¨®gica de Alemania, ben¨¦vola con el consumidor y el elector. La econom¨ªa de mercado, el crecimiento y el ansia de mayor bienestar no se cuestionan, porque, en ¨²ltima instancia, todos salen ganando. La venta, por ejemplo, de aerogeneradores y colectores solares pondr¨ªa a salvo el clima y, al mismo tiempo, crear¨ªa m¨¢s puestos de trabajo. El centro de sustentaci¨®n en este caso es la pol¨ªtica nacional, con un gui?o a los beneficios nacionales que esto produce, tambi¨¦n en puestos de trabajo.
La ineficiencia de esta pol¨ªtica est¨¢ tan cantada como la decepci¨®n de los ciudadanos, que se ven afectados en su forma de vida por el reparto desigual de los costes de una pol¨ªtica del clima efectiva. Tambi¨¦n el realismo aparente de volver la vista al poder de los poderosos (por ejemplo, a los consorcios del autom¨®vil) pasa por alto el poder de los que no tienen poder. Porque el cambio clim¨¢tico obliga a entender que la ¨²nica v¨ªa para implantar controles eficaces es la de la justicia y la igualdad de oportunidades: s¨®lo quien haga part¨ªcipes a los dem¨¢s, a los pobres, de las decisiones propias, podr¨¢ al final protegerse a s¨ª mismo con efectividad de las consecuencias del cambio clim¨¢tico.
A su vez, el otro modelo se funda en el entendimiento de que el cambio clim¨¢tico, tomado en serio y bien meditado, supone un cambio de paradigma en la pol¨ªtica. Al abordar el cambio clim¨¢tico, todos deben aprender que las soluciones conjuntas sirven al inter¨¦s nacional. S¨®lo una gran coalici¨®n de viejos europeos y estadounidenses ecol¨®gicamente concienciados, pa¨ªses subdesarrollados, pa¨ªses en v¨ªas de desarrollo y movimientos ciudadanos est¨¢ en condiciones de recobrar la soberan¨ªa nacional en la sociedad mundialmente amenazada por el riesgo ecol¨®gico y terrorista. No se trata de restar valor, y no digamos de suprimir, los Estados nacionales; se trata m¨¢s bien de darles m¨¢s valor, para que ellos y, consecuentemente, todos juntos, est¨¦n en condiciones de actuar ecol¨®gicamente. Los Estados nacionales deben aprender que s¨®lo pueden garantizar su independencia como actores pol¨ªticos si son parte de un todo que se siente obligada a sacar adelante normas ecol¨®gicas mundialmente justas.
Ulrich Beck es profesor de Sociolog¨ªa de la Universidad de M¨²nich. Traducci¨®n de Carmen Seco.
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