N¨ªger, un viaje al coraz¨®n de la miseria
La falta de lluvias, la desnutrici¨®n y la malaria se cobran cada a?o miles de vidas en N¨ªger, el pa¨ªs m¨¢s pobre de la Tierra pese a ser el cuarto productor mundial de uranio
![Jos¨¦ Naranjo](https://imagenes.elpais.com/resizer/v2/https%3A%2F%2Fs3.amazonaws.com%2Farc-authors%2Fprisa%2F97cb33d0-c73c-4345-b4a6-84df3b3ca966.png?auth=3078fd997467910eda56035b546557e4ccb7d611eca3afa695f9c497490d02ad&width=100&height=100&smart=true)
![Mujeres nigerinas en el Centro de Recuperaci¨®n y Educaci¨®n Nutricional infantil de Madaoua.](https://imagenes.elpais.com/resizer/v2/ZOAURHUIWDO4QJ7XPHNWYUAL6A.jpg?auth=32d7abfdec525a2e39d92e0a208e491963336cfb19a0420cbe970cf88695d9bc&width=414)
Cuartel de polic¨ªa de Yassane. All¨ª est¨¢bamos el fot¨®grafo Alfredo C¨¢liz y este periodista, sentados delante del inspector Wank¨¦ que con gesto grave miraba nuestros pasaportes y mov¨ªa la cabeza de un lado a otro. "No, no puedo dejarles pasar". Tras cinco horas encajados en un autob¨²s cruzando una de las zonas m¨¢s peligrosas del norte de Mal¨ª, entre Gao y la frontera con N¨ªger, un polic¨ªa nos frenaba en seco. Es cierto, no ten¨ªamos visado, pero nos hab¨ªan dicho que era posible tramitarlo sobre la marcha. Evidentemente, nuestro informante nos hab¨ªa mentido. "?Y esto no se puede arreglar de alguna manera?" pregunt¨¦, intentando poner un gesto conciliador. Ibrahima Wank¨¦ levant¨® la cabeza con gesto cansado, frunci¨® a¨²n m¨¢s el ce?o y respondi¨® lac¨®nicamente. "No".
Mandamos los pasaportes a Niamey con un ch¨®fer, pero pasamos 24 horas en aquel desangelado puesto fronterizo. El inspector tuvo un ¨²ltimo gesto de generosidad. Nos dej¨® su oficina abierta para que pudi¨¦ramos dormir a cubierto sobre dos colchonetas en el suelo. Afuera la noche estaba oscur¨ªsima. Dos polic¨ªas se tumbaron en el exterior, con el fusil debajo de los camastros, atentos a cualquier ruido, a cualquier movimiento. "Esto no es seguro. Entre nosotros y los terroristas s¨®lo hay desierto", dice uno de ellos, "pero no se preocupen, les vamos a defender con nuestras vidas". Sus palabras no sonaron muy convincentes.
Tuvimos que esperar hasta el d¨ªa siguiente a las dos de la tarde para entrar, ahora s¨ª y con todas las de ley, en N¨ªger. La carretera asfaltada hasta Niamey sigue el trazado del impresionante r¨ªo que da nombre el pa¨ªs en su pronunciado descenso hacia el sureste y el trayecto transcurre pl¨¢cido s¨®lo interrumpido por el l¨¢nguido cruzar de alg¨²n animal. En Tilaberi, un pinchazo inesperado nos retiene un poco m¨¢s de lo previsto y un gendarme nos inquiere, con gesto de extra?eza. "?No llevan escolta?". En ese preciso momento nos cruzamos con un todoterreno de una ONG estadounidense que pasa a toda velocidad y que lleva a su estela una camioneta con una decena de polic¨ªas armados hasta los dientes. La pregunta parece que va en serio.
En 2010, siete personas fueron secuestradas en Arlit, en el norte del pa¨ªs, por la rama magreb¨ª de Al Qaeda. Y pocos meses m¨¢s tarde, dos ciudadanos franceses fueron raptados en pleno centro de Niamey y asesinados horas m¨¢s tarde. Desde entonces, la seguridad se ha convertido en una obsesi¨®n. Y las normas para los occidentales que trabajan para las grandes ONG se han endurecido, no les permiten ni caminar solos por la calle. N¨ªger est¨¢ rodeada de peligros. Al oeste, Mal¨ª, donde rebeldes tuaregs y grupos yihadistas se alzaron contra el Estado en un conflicto que a¨²n da sus ¨²ltimos coletazos; al norte, Argelia y Libia, con quien N¨ªger comparte un inmenso desierto en el que campan a sus anchas grupos radicales; al este Chad y al sur, los estados de Nigeria donde opera la sanguinaria secta Boko Haram. Normal tomar precauciones.
Una tercera parte de sus 16,5 millones de habitantes vive por debajo del umbral de la pobreza con menos de un d¨®lar diario
El primer saludo de Niamey, una ciudad de grandes avenidas con arcenes poblados de puestos de comida y vendedores de todo, desde cr¨¦dito telef¨®nico hasta bolsitas de agua, es siempre caluroso. En este clima de extremos, la capital de N¨ªger es como una excepci¨®n en medio del paisaje ¨¢rido, un milagro que da las gracias al r¨ªo. Cuando los franceses llegaron hace 120 a?os en su penetraci¨®n hacia el interior de ?frica habitaban aqu¨ª unas 600 almas. Desde entonces, la ciudad no ha dejado de crecer con la constante llegada de personas procedentes del interior, de gente que huye, sobre todo, del hambre y de la sequ¨ªa. Los desordenados barrios de la periferia son la mejor prueba.
N¨ªger lidera dos estad¨ªsticas inquietantes. Es el pa¨ªs m¨¢s pobre del mundo y, al mismo tiempo, tiene la tasa de fecundidad m¨¢s alta. Y es en las regiones del norte del interior donde esta combinaci¨®n es letal. Aunque no sabe su edad, Khadissa debe tener unos 25 a?os. Est¨¢ sentada en una cama del Centro de Recuperaci¨®n Nutricional Intensivo (CRENI) de Madaoua, en N¨ªger, con la peque?a Hawa, de ocho meses, en brazos. Es su sexto hijo. Dos han muerto y le quedan cuatro. "Ojal¨¢ que Dios me de muchos m¨¢s", asegura con una sonrisa. La ni?a sufre una infecci¨®n respiratoria, una dolencia agravada por su estado general de desnutrici¨®n. Pero esta vez sobrevivir¨¢. En la habitaci¨®n contigua, la peque?a Raikia, de s¨®lo tres semanas, no ha tenido tanta suerte. Los m¨¦dicos han intentado reanimarla, pero ingres¨® en muy mal estado con un cuadro grave de diarreas y malaria. Su madre, Zahara Amadou, del pueblo de Azoreri, apenas ten¨ªa leche para alimentarla y tard¨® demasiado en llegar al hospital.
El CRENI est¨¢ en obras. Al revuelo de madres que van y vienen con sus hijos y al de los m¨¦dicos y enfermeros se suma el de los alba?iles. Nuevas dependencias para acoger m¨¢s ni?os. Y es que cada verano, coincidiendo con la ¨¦poca de mayor escasez de alimentos entre una cosecha y otra, hay un repunte de la desnutrici¨®n severa. N¨ªger se encuentra desde hace a?os en la ¨²ltima posici¨®n en el denominado ?ndice de Desarrollo Humano (IDH), un indicador elaborado por Naciones Unidas que combina tres par¨¢metros: la esperanza de vida al nacer, el nivel educativo de la poblaci¨®n y el PIB per c¨¢pita. Por eso, no es raro que aqu¨ª la frontera entre la vida y la muerte sea una l¨ªnea delgada por la que transitan a diario los m¨¢s vulnerables, los que menos tienen, los m¨¢s d¨¦biles.
A falta de vacuna, quimioprevenci¨®n
En Koumassa es d¨ªa de mercado. Mamou Abdou acude a vender cebollas llevando a tres de sus cinco hijos con ella. "Este a?o, por primera vez en mucho tiempo, ninguno de ellos ha cogido la malaria, as¨ª que me he podido dedicar a mis tareas en el campo sin interrupciones", asegura. Mamou administr¨® a sus hijos entre junio y septiembre las cuatro pastillas que componen la quimioprevenci¨®n de la malaria estacional (SMC, sus siglas en ingl¨¦s). Lo que este nombre esconde es una amplia estrategia puesta en marcha en varios pa¨ªses del Sahel para evitar la muerte de ni?os de hasta cinco a?os a consecuencia del paludismo. Y en la regi¨®n de Tahoua se llev¨® a cabo por primera vez el pasado 2013, logrando reducir los casos en un 70%, lo que, sin duda, ha evitado muchas muertes.
La iniciativa, puesta en marcha por MSF bajo el marco de la Organizaci¨®n Mundial de la Salud y en colaboraci¨®n con las autoridades sanitarias nigerinas, ha alcanzado a 80.000 ni?os y para 2014 se pretende incluso ampliar esta cifra. Aunque la verdadera soluci¨®n a esta enfermedad que se cobra m¨¢s de 600.000 muertos cada a?o s¨®lo puede llegar de la mano de una vacuna, la SMC representa una oportunidad para muchos ni?os que han logrado sobrevivir un a?o m¨¢s para seguir haciendo fuerte su sistema inmunitario. El problema es que esta estrategia s¨®lo se puede llevar a cabo en aquellas regiones donde la malaria es claramente estacional, porque su distribuci¨®n todo el a?o es imposible.
En este hospital ingresan unos 20 ni?os cada d¨ªa (hasta 100 en verano). Los equipos de M¨¦dicos sin Fronteras, organizaci¨®n que gestiona el CRENI, salen cada ma?ana a los centros de salud de la regi¨®n de Tahoua y traen los casos m¨¢s graves para su ingreso. Desgraciadamente, no pueden llegar a todos los pueblos. Adem¨¢s, muchas madres, cargadas de ni?os, no se pueden permitir acudir a la estructura sanitaria m¨¢s pr¨®xima, a veces a decenas de kil¨®metros de su casa, y recurren a la medicina tradicional cuando ven que su hijo enferma. El problema es que cuando el poder curativo de las hierbas no funciona, suele ser demasiado tarde. "Cuando la enfermedad, la pobreza y el analfabetismo se dan la mano, las consecuencias son mortales", asegura el doctor Youssouf Aly Dembele, coordinador del proyecto de MSF en Madaoua.
La desnutrici¨®n casi nunca act¨²a sola. Es causa y consecuencia a la vez. Sus letales compa?eros de viaje son los problemas respiratorios, la diarrea y la hembra de un mosquito llamado Anopheles que con sus picaduras transmite la malaria. En un ni?o debilitado porque come poco o mal, esta enfermedad puede ser mortal; y, al mismo tiempo, la malaria empuja a la desnutrici¨®n a ni?os que ya est¨¢n d¨¦biles y mal alimentados. En esta empobrecida regi¨®n de Tahoua saben bien c¨®mo funciona esta combinaci¨®n letal. La ¨¦poca de escasez coincide con el verano, que es tambi¨¦n la estaci¨®n de las lluvias y, por tanto, cuando los mosquitos se reproducen y los casos de malaria se disparan. El a?o 2012 fue terrible. La tasa de mortalidad en menores de cinco a?os se dispar¨® a siete al d¨ªa por cada 10.000 ni?os, de los que el 60% estaban afectados de malaria.
Estamos en el coraz¨®n de la miseria, una de las regiones m¨¢s pobres del pa¨ªs m¨¢s pobre del mundo. Aun as¨ª, las mujeres tienen una media de 7,6 hijos. Los t¨ªmidos programas de planificaci¨®n familiar impulsados desde la capital, Niamey, llegan hasta aqu¨ª con sordina y chocan con esa arraigada concepci¨®n de que a m¨¢s hijos, m¨¢s posibilidades de que alguno de ellos llegue a la edad adulta. Adem¨¢s, Madaoua se encuentra a una veintena de kil¨®metros de la frontera de Nigeria, zona de influencia de un Islam extremista que en su versi¨®n m¨¢s violenta se manifiesta en forma de atentados llevados a cabo por el grupo terrorista Boko Haram (que significa La educaci¨®n occidental es pecado) y que en el d¨ªa a d¨ªa se aprecia por un control social y religioso sobre una poblaci¨®n en su mayor parte analfabeta a la que se proh¨ªbe cualquier tipo de anticonceptivo. Incluso si alguna mujer desea seguir un m¨¦todo de planificaci¨®n debe hacerlo a escondidas y con el riesgo de que, si es descubierta por su marido, ¨¦ste pueda pedir el divorcio, lo que conducir¨ªa a ella y a sus hijos a un mayor desamparo.
Un aire fr¨ªo recorre los campos. Es el harmattan, el viento caracter¨ªstico de la estaci¨®n seca de un desierto que avanza hacia el sur. Cada vez llueve menos. En esta ¨¦poca del a?o todos viven del ganado y de la cosecha del verano pasado, compuesta sobre todo de cereales como el mijo y el sorgo que son la base de la alimentaci¨®n. En 2005, una plaga de langosta vino a unirse al problema end¨¦mico de la sequ¨ªa, lo que provoc¨® que la tierra, ya de por s¨ª poco generosa en estos lares, diera menos de lo esperado, un 15% menos, y que se dispararan los precios de los alimentos. Unos cuatro millones de personas se vieron sin nada que comer en lo que las ONG y agencias humanitarias llamaron una nueva y grave "emergencia alimentaria". Sirvi¨® para atraer la atenci¨®n del mundo, pero, en realidad, "la crisis alimentaria es estructural y permanente", asegura Dembele. Despu¨¦s de 2005 vino otra crisis. Y luego otra. Y otra. El 70% de la poblaci¨®n transita por las fronteras del hambre. Un a?o s¨ª y otro tambi¨¦n. Toda su vida.
![La peque?a Raikia, de tres semanas, muri¨® de hambre diez minutos despu¨¦s de que se tomara esta foto.](https://imagenes.elpais.com/resizer/v2/NPHLGFCKBDDCF3RH3ZRRGECQ7U.jpg?auth=f59800ef435746445d4d5834d45c4821184b5d401aacdd4773f39711aa76272c&width=414)
Pero no se cruzan de brazos. En el pueblo de Albaraka, donde hay unos 320 hogares, florecen las lechugas, las zanahorias, las patatas, los tomates. Mah¨¦ Na Allah, el jefe del pueblo, ha cedido media hect¨¢rea para construir un huerto que gestionan las mujeres y que ha sido puesto en marcha gracias a la financiaci¨®n de Acci¨®n contra el Hambre, que con una inversi¨®n de 3.800 euros ha hecho posible la perforaci¨®n de un pozo y el cerramiento del espacio para evitar que entren los animales y adem¨¢s dona las semillas. ¡°Estamos contentos, con este huerto podemos vivir durante la estaci¨®n seca y no dependemos tanto de la lluvia. Y podemos vender a otros pueblos, lo que nos da ingresos extra¡±, asegura Na Allah.
En Garadaoua la prioridad es otra. Este pueblo se levanta en una zona rocosa sin agua y tienen que traerla de muy lejos a lomos de burros o incluso a mano. El a?o pasado, ACH ide¨® un plan: pagar a cada jefe de familia, 93 en total, 1,5 euros al d¨ªa (cash for work) para que construyeran un estanque que se llenase en la temporada de lluvias. Ahora disponen de agua al menos hasta el mes de noviembre, dos meses m¨¢s de lo habitual, lo que les permite un ahorro considerable de tiempo y dinero. Ya est¨¢n pensando en c¨®mo mejorar el estanque. Otra de las iniciativas que est¨¢ funcionando es la regeneraci¨®n del suelo mediante la construcci¨®n de peque?os diques de piedra que impiden que el viento se lleve la tierra.
Las iniciativas de las organizaciones no gubernamentales son loables, pero las cifras de N¨ªger abruman, con una esperanza de vida de 55 a?os y una renta per c¨¢pita inferior a 300 euros anuales, seg¨²n el Banco Mundial, lo que supone que una tercera parte de sus 16,5 millones de habitantes viva por debajo del umbral de la pobreza con menos de un d¨®lar diario. Desde la emergencia de 2005, las ONG internacionales llegaron para quedarse y su labor salva vidas, pero la pobreza persiste. En este contexto, lo m¨¢s sorprendente de todo es que los nigerinos se asientan sobre unas enormes reservas de uranio (son el cuarto productor mundial y el primero de ?frica) que alimentan, sobre todo, a las centrales nucleares francesas. Mientras tanto, el 90% de la poblaci¨®n de este pa¨ªs no tiene electricidad.
Tahoua es una de las regiones m¨¢s pobres del pa¨ªs y, a¨²n as¨ª, las mujeres tienen una media de 7,6 hijos
Y es que esta ingente riqueza mineral, explotada por la empresa p¨²blica francesa Areva, tan solo reporta unos 100 millones de euros anuales al pa¨ªs, un 5% de su presupuesto. El pasado 26 de mayo y tras ocho largos meses de negociaci¨®n, el presidente Mahamadou Issoufou, un veterano opositor que lleg¨® al sill¨®n presidencial en 2011 y que conoce muy bien el sector, pues fue directivo de la filial de Areva en N¨ªger en los a?os ochenta, logr¨® un hecho hist¨®rico: elevar al 12% las tasas que el Estado recibe a cambio, aunque sigue siendo sensiblemente inferior al 15% que Areva paga en otros pa¨ªses donde tambi¨¦n extrae uranio, como Canad¨¢. Las conversaciones fueron un aut¨¦ntico pulso que tuvo en vilo al pa¨ªs los ¨²ltimos meses.
Las cifras de este negocio son opacas. Areva se niega a facilitar los precios de venta y los costes de producci¨®n. La organizaci¨®n no gubernamental Extraction Industry Transparency Initiative asegura que esta compa?¨ªa extrajo nada menos que 4.800 millones de d¨®lares en uranio s¨®lo en 2010 y, seg¨²n la fundaci¨®n Open Society, esta cantidad no ha dejado de crecer mientras los ingresos percibidos por el Estado han descendido debido a esa baja fiscalidad. Una contradicci¨®n sangrante. El problema es que ambos se necesitan. Areva necesita el uranio de N¨ªger y este pa¨ªs depende en buena medida de los ingresos que se derivan de su principal recurso, aunque la reciente entrada de N¨ªger en el club de pa¨ªses exportadores de petr¨®leo (20.000 barriles diarios) est¨¢ empezando a aliviar esa dependencia.
Las minas se encuentran en el norte del pa¨ªs, rodeadas de un inmenso desierto que, pese a las medidas de seguridad adoptadas por las autoridades, se ha convertido en un peligroso polvor¨ªn en el que bandidos y grupos terroristas campan a sus anchas. Este es otro de los lastres que arrastra N¨ªger. El Gobierno intenta embridar una amenaza que en sus vecinos Libia, Argelia, Mal¨ª o Nigeria ha creado aut¨¦nticos problemas de seguridad y ha cuadriplicado su presupuesto de Defensa, alcanzando los 145 millones de euros, una opci¨®n que muchos antojan necesaria para hacerle frente, pero que seguir¨¢ limitando las opciones de desarrollo y las necesidades b¨¢sicas del pa¨ªs.
![Peque?o dique que recoge agua en la estaci¨®n h¨²meda, en Garadoua.](https://imagenes.elpais.com/resizer/v2/IDUVGKWYXIIWYUBCH4PEGI7GRA.jpg?auth=3b8328de67e60c6b4a898d2e32bc4c517dcb4aa80fb49df1afcd6e2c3480ae8b&width=414)
Uno de los colectivos que m¨¢s sufre los ataques de mafias y bandidos es el de los migrantes, los m¨¢s pobres entre los pobres de N¨ªger. Miles de j¨®venes procedentes de Gambia, Camer¨²n, Ben¨ªn, Costa de Marfil o Mal¨ª se aventuran cada a?o en el incierto camino de la emigraci¨®n hacia el norte y Niamey es un aut¨¦ntico cruce de caminos. "Es un largo viaje, llegamos sin nada en los bolsillos s¨®lo con el sue?o de seguir adelante y aqu¨ª nos quitan hasta la esperanza, que es lo ¨²nico que nos quedaba", asegura Jean Baptiste, un joven camerun¨¦s que pulula por los alrededores de la estaci¨®n de autobuses, duerme en la calle y come de la caridad de un restaurante pr¨®ximo a la espera de reunir los 20, 30 euros que le permitan llegar hasta Agadez, siguiente estaci¨®n de su incierta traves¨ªa.
En octubre de 2013 una patrulla del Ej¨¦rcito de N¨ªger se top¨® con un macabro hallazgo: los cuerpos de 87 personas muertas de hambre y sed a s¨®lo 10 kil¨®metros de la frontera con Argelia. Eran temporeros, familias enteras, hombres, mujeres y ni?os, procedentes del sur del pa¨ªs que iban a trabajar al pa¨ªs vecino. Bast¨® una aver¨ªa del cami¨®n que les llevaba ilegalmente hasta Argelia y la falta de escr¨²pulos de los responsables de dicho viaje para condenarles a morir en el desierto. Desde entonces y ante el eco medi¨¢tico de la tragedia, N¨ªger intensific¨® los controles y desaloj¨® a cientos de j¨®venes que aguardaban en Agadez para partir hacia el Norte. La mano dura provoca que los riesgos sean mayores, los transportes m¨¢s caros, el viaje m¨¢s duro. Pero el flujo contin¨²a.
Volvemos a Niamey. A¨²n es de noche. En la vieja radio del vigilante que est¨¢ en la calle suena el Imagine de John Lennon. El joven Abdou Hamidou se despereza. Trabaja en una peque?a f¨¢brica de producci¨®n lechera y la jornada comienza temprano. Por ocho euros a la semana, coloca botellas en cajas. Su sueldo apenas le da para compartir una desangelada habitaci¨®n de un edificio que amenaza ruina. Como tantos, huy¨® del campo a la ciudad cuando tuvo ocasi¨®n, pero ahora duda de su decisi¨®n. "?Esto es vida?, se pregunta, "si pudiera ir¨ªa a Europa, pero ?c¨®mo hacerlo?, ?cu¨¢ntos han muerto en el intento?". Abdou forma parte de esa legi¨®n de trabajadores urbanos, de gente que se busca la vida dispuestos a hacer cualquier cosa, que puebla las calles de Niamey. Sale del edificio y se aleja en la oscuridad. Pero se vuelve un instante y susurra: "Al menos tengo un trabajo".
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