Viaje al coraz¨®n de las tinieblas
I - EL M?DICO. "El problema n¨²mero uno del Congo son las violaciones", dice el doctor Tharcisse. "Matan a m¨¢s mujeres que el c¨®lera, la fiebre amarilla y la malaria. Cada bando, facci¨®n, grupo rebelde, incluido el Ej¨¦rcito, donde encuentra una mujer procedente del enemigo, la viola. Mejor dicho, la violan. Dos, cinco, diez, los que sean. Aqu¨ª, el sexo no tiene nada que ver con el placer, s¨®lo con el odio. Es una manera de humillar y desmoralizar al adversario. Aunque hay a veces violaciones de ni?os, el 99% de las v¨ªctimas de abuso sexual son mujeres. A los ni?os prefieren raptarlos para ense?arles a matar. Hay muchos miles de ni?os soldado por todo el Congo".
Estamos en el hospital de Minova, una aldea en la orilla occidental del lago Kivu, un rinc¨®n de gran belleza natural -hab¨ªa nen¨²fares de flores malvas en la playita en la que desembarcamos- y de indescriptibles horrores humanos. Seg¨²n el doctor Tharcisse, director del centro, el terror que las violaciones han inoculado en las mujeres explica los desplazamientos fren¨¦ticos de poblaciones en todo el Congo oriental. "Apenas oyen un tiro o ven hombres armados salen despavoridas, con sus ni?os a cuestas, abandonando casas, animales, sembr¨ªos". El doctor es experto en el tema, Minova est¨¢ cercada por campos que albergan decenas de miles de refugiados. "Las violaciones son todav¨ªa peor de lo que la palabra sugiere", dice bajando la voz. "A este consultorio llegan a diario mujeres, ni?as, violadas con bastones, ramas, cuchillos, bayonetas. El terror colectivo es perfectamente explicable".
Ejemplos recientes. El m¨¢s notable, una mujer de 87 a?os, violada por 10 hombres. Ha sobrevivido. Otra, de 69, estuprada por tres militares, ten¨ªa en la vagina un pedazo de sable. Lleva dos meses a su cuidado y sus heridas a¨²n no cicatrizan. Casi se le va la voz cuando me cuenta de una chiquilla de 15 a?os a la que cinco "interahamwe" (milicia hutu que perpetr¨® el genocidio de tutsis en Ruanda, en 1994, y luego huy¨® al Congo, donde ahora apoya al Ej¨¦rcito del Gobierno del presidente Kabila) raptaron y tuvieron en el bosque cinco meses, de mujer y esclava. Cuando la vieron embarazada la echaron. Ella volvi¨® donde su familia, que la ech¨® tambi¨¦n porque no quer¨ªa que naciera en la casa un "enemigo". Desde entonces vive en un refugio de mujeres y ha rechazado la propuesta de un pariente de matar a su futuro hijo para que as¨ª la familia pueda recibirla. La letan¨ªa de historias del doctor Tharcisse me produce un v¨¦rtigo cuando me refiere el caso de una madre y sus dos hijas violadas hace pocos d¨ªas en la misma aldea por un pu?ado de milicianos. La ni?a mayor, de 10 a?os, muri¨®. La menor, de 5, ha sobrevivido, pero tiene las caderas aplastadas por el peso de sus violadores. El doctor Tharcisse rompe en llanto.
Es un hombre todav¨ªa joven, de familia humilde, que se coste¨® sus estudios de medicina trabajando como ayudante de un pesquero y en una oficina comercial en Kitangani. Lleva dos a?os sin ver a su familia, que est¨¢ a miles de kil¨®metros, en Kinshasa. El hospital, de 50 camas y 8 enfermeras, moderno y bien equipado, recibe medicinas de M¨¦dicos Sin Fronteras, la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias, pero es insuficiente para la abrumadora demanda que tiene al doctor Tharcisse y a sus ayudantes trabajando 12 y hasta 14 horas diarias, 7 d¨ªas por semana. Fue construido por C¨¢ritas. La Iglesia cat¨®lica y el Gobierno llegaron a un acuerdo para que formara parte de la Sanidad P¨²blica. No se aceptan pol¨ªgamos, ni homosexuales, ni se practican abortos. El salario del doctor Tharcisse es de 400 d¨®lares al mes, lo que gana un m¨¦dico adscrito a la Sanidad P¨²blica. Pero como el Gobierno carece de medios para pagar a sus m¨¦dicos, la medicina p¨²blica se ha discretamente privatizado en el Congo, y los hospitales, consultorios y centros de salud p¨²blicos en verdad no lo son, y sus doctores, enfermeros y administradores cobran a los pacientes. De este modo violan la ley, pero si no lo hicieran, se morir¨ªan de hambre. Lo mismo ocurre con los profesores, los funcionarios, los polic¨ªas, los soldados, y, en general, con todos aquellos que dependen del Presupuesto Nacional, una entelequia que existe en la teor¨ªa, no en el mundo real.
Cuando el doctor Tharcisse se repone me explica que, despu¨¦s de las violaciones, la malaria es la causa principal de la mortandad. Muchos desplazados vienen de la altura, donde no hay mosquitos. Cuando bajan a estas tierras, sus organismos, que no han generado anticuerpos, son v¨ªctimas de las picaduras, y las fiebres pal¨²dicas los diezman. Tambi¨¦n el c¨®lera, la fiebre amarilla, las infecciones. "Son organismos d¨¦biles, desnutridos, sin defensas". Vivir d¨ªa y noche en el coraz¨®n del horror no ha resecado el coraz¨®n de este congole?o. Es sensible, generoso y sufre con el pi¨¦lago de desesperaci¨®n que lo rodea. Desde la peque?a explanada de las afueras del hospital divisamos el horizonte de chozas donde se api?an decenas de miles de refugiados condenados a una muerte lenta. "La medicina que todo el Congo necesita tomar es la tolerancia", murmura. Me estira la mano. No puede perder m¨¢s tiempo. La lucha contra la barbarie no le da tregua.
II - LOS PIGMEOS. Debo a los pigmeos de Kivu Norte haberme librado de caer en manos de las milicias rebeldes tutsis del general Laurent Nkunda la noche del 25 de octubre de 2008. Yo hab¨ªa llegado el d¨ªa anterior a Goma, la capital de Kivu Norte, y mis amigos de M¨¦dicos Sin Fronteras, gracias a los cuales he podido hacer este viaje, me hab¨ªan organizado un viaje a Rutshuru (a tres o cuatro horas de esta ciudad) para visitar un hospital construido y administrado por MSF, que presta servicios a una gran concentraci¨®n de desplazados y v¨ªctimas de toda la zona. La v¨ªspera de la partida, mi hijo Gonzalo, que trabaja en el ACNUR, me telefone¨® desde Nueva York para decirme que sus colegas en el Congo me ten¨ªan prevista, para la ma?ana siguiente, una visita a un campo de pigmeos desplazados en las afueras de Goma. Aplac¨¦ un d¨ªa el viaje a Rutshuru y, por culpa del general Nkunda, que ocup¨® aquella noche ese lugar, ya no pude hacerlo.
Los pigmeos, pese a ser la m¨¢s antigua etnia congole?a, son los parientes pobres de todas las dem¨¢s, discriminados y maltratados por unas y por otras. Fieles al prejuicio tradicional contra el otro, el que es distinto, leyendas y habladur¨ªas malevolentes les atribuyen vicios, crueldades, perversiones, como a los gitanos en tantos pa¨ªses de Europa. Por eso, en una sociedad sin ley, corro¨ªda por la violencia, las luchas cainitas, las invasiones, la corrupci¨®n y las matanzas, los pigmeos son las v¨ªctimas de las v¨ªctimas, los que m¨¢s sufren. Basta echarles una mirada para saberlo.
El campo de Hewa Bora (Aire Bello), a una decena de kil¨®metros de Goma, acaba de formarse. Est¨¢ en un suelo pedregoso y volc¨¢nico, de tierra negra, y parece incre¨ªble que en lugar tan inh¨®spito las 675 personas que han llegado hasta aqu¨ª, hace un par de meses, desde Mushaki, huyendo de las milicias de Laurent Nkunda, hayan podido hacer algunos cultivos, de mandioca y arvejas. Nos reciben cantando y bailando a manera de bienvenida: peque?itos, enclenques, arrugados, cubiertos de harapos, muchos de ellos descalzos, con ni?os que son puro ojos y huesos y las grandes barrigas que producen los par¨¢sitos. Su baile y su canto, tan tristes como sus caras, recuerdan las canciones de los Andes con que se despide a los muertos. Aunque con cierta dificultad, varios de los dirigentes hablan franc¨¦s. (Es una de las pocas consecuencias positivas de la colonizaci¨®n: una lengua general que permite comunicarse a la gran mayor¨ªa de los congoleses, en un pa¨ªs donde los idiomas y dialectos regionales se cuentan por decenas).
Escaparon de Mushaki cuando las milicias rebeldes atacaron la aldea matando a varios vecinos. Piden pl¨¢sticos, pues las chozas que han levantado -con varillas flexibles de bamb¨², atadas con lianas, de un metro de altura m¨¢s o menos, sobre el suelo desnudo y con techos de hojas- se inundan con las lluvias, que acaban de comenzar. Piden medicinas, piden una escuela, piden comida, piden trabajo, piden seguridad, piden -sobre todo- agua. El agua es muy cara, no tienen dinero para pagar lo que cuestan los bidones de los aguateros. Es una queja que oir¨¦ sin cesar en todos los campos de refugiados del Congo en que pongo los pies: no hay agua, cuesta una fortuna, r¨ªos y lagos est¨¢n contaminados y los que beben en ellos se enferman. Las personas que me acompa?an, del ACNUR y de M¨¦dicos Sin Fronteras, toman notas, piden precisiones, hacen c¨¢lculos. Despu¨¦s, conversando con ellos, comprobar¨¦ la sensaci¨®n de impotencia que a veces los embarga. ?C¨®mo hacer frente a las necesidades elementales de esta muchedumbre de v¨ªctimas? ?Cu¨¢ntos m¨¢s morir¨¢n de inanici¨®n? La crisis financiera que sacude el planeta ha encogido todav¨ªa m¨¢s los magros recursos con que cuentan.
En el campo de Bulengo, que visito luego del de Hewa Bora, veo las raciones de alimentos, m¨ªnimas, que distribuyen a los refugiados. Un voluntario de Unicef me dice, la voz traspasada: "Tal como van las cosas con la crisis, todav¨ªa tendremos que disminuirlas". M¨¦dicos, enfermeros y ayudantes de las organizaciones humanitarias son gentes j¨®venes, idealistas, que hacen un trabajo dif¨ªcil, en condiciones intolerables, a quienes la magnitud de la tragedia que tratan de aliviar por momentos los abruma. Lo que m¨¢s los entristece es la indiferencia casi general, en el mundo de donde vienen, el de los pa¨ªses m¨¢s ricos y poderosos de la Tierra, por la suerte del Congo. Nadie lo dice, pero muchos han llegado, en efecto, en Occidente a la conclusi¨®n de que los males del Congo no tienen remedio.
Bulengo fue en 1994 el campamento del Ej¨¦rcito ruand¨¦s hutu que invadi¨® el Congo despu¨¦s de perpetrar la matanza de cientos de miles de tutsis en el vecino pa¨ªs. Ahora es el eje de un complejo de 16 campos de desplazados y refugiados que con ayuda de la Uni¨®n Europea y de las organizaciones humanitarias da refugio a unas trece mil personas. ?stas pertenecen a diferentes grupos ¨¦tnicos que conviven aqu¨ª sin asperezas. Aunque Bulengo est¨¢ mucho m¨¢s asentado y organizado que el de Hewa Bora, la calidad de vida es ¨ªnfima. Las chozas y locales, muy precarios, est¨¢n atestados y por doquier se advierte desnutrici¨®n, miseria, suciedad, des¨¢nimo. La nota de vida la ponen muchos ni?os, que juegan, correte¨¢ndose. Varios de ellos son mutilados. Converso con un chiquillo de unos 10 o 12 a?os que, pese a tener una sola pierna, salta y brinca con mucha agilidad. Me cuenta que los soldados entraron a su aldea de noche, disparando, y que a ¨¦l la bala lo alcanz¨® cuando hu¨ªa. La herida se le gangren¨® por falta de asistencia, y cuando su madre lo llev¨® a la Asistencia P¨²blica, en Goma, tuvieron que amput¨¢rsela.
En Bulengo hay 48 familias de pigmeos, que, aparte de las protestas que ya hemos o¨ªdo en Hewa Bora, aqu¨ª se quejan de que la escuela es muy cara: cobran 500 francos congole?os mensuales por alumno. La educaci¨®n p¨²blica es, en teor¨ªa, gratuita, pero, como los profesores no reciben salarios, han privatizado la ense?anza, una medida t¨¢citamente aceptada por el Gobierno en todo el pa¨ªs. En muchos lugares son los padres de familia los que mantienen las escuelas -las construyen, las limpian, las protegen y aseguran un salario a los profesores-, pero aqu¨ª, en los campos de refugiados, todos son insolventes, de modo que si se ven obligados a pagar por los estudios, sus hijos dejar¨¢n de ir a la escuela o ¨¦sta se quedar¨¢ sin maestros.
En el campo hay muchos desertores de las milicias rebeldes. Uno de ellos me cuenta su historia. Fue secuestrado en su pueblo con varios otros j¨®venes de su edad cuando los hombres de Laurent Nkunda lo ocuparon. Les dieron instrucci¨®n militar, un uniforme y un arma. La disciplina era feroz. Entre los castigos figuraban los latigazos, las mutilaciones de miembros (manos, pies) y, en caso de delaci¨®n o intento de fuga, la muerte a machetazos. Me confirm¨® que muchos soldados del Ej¨¦rcito congole?o vend¨ªan sus armas a los rebeldes. Se escap¨® una noche, harto de vivir con tanto miedo, y estuvo una semana en la jungla, aliment¨¢ndose de yerbas, hasta llegar aqu¨ª. En su pueblo, donde era campesino, ten¨ªa mujer y cuatro hijos, de los que no ha vuelto a saber nada porque el pueblo ya no existe. Todos los vecinos huyeron o murieron. Le pregunto qu¨¦ le gustar¨ªa hacer en la vida si las cosas mejoraran en el Congo, y me responde, despu¨¦s de cavilar un rato: "No lo s¨¦". No es de extra?ar. En Bulango, como en Hewa Bora y en los campos de desplazados de Minova, la actitud m¨¢s frecuente en quienes est¨¢n confinados all¨ª, y pasan las horas del d¨ªa tumbados en la tierra, sin moverse casi por la debilidad o la desesperanza, es la apat¨ªa, la p¨¦rdida del instinto vital. Ya no esperan nada, vegetan, repitiendo de manera mec¨¢nica sus quejas -pl¨¢sticos, medicinas, agua, escuelas- cuando llegan visitantes, sabiendo muy bien que eso tampoco servir¨¢ para nada. Much¨ªsimos de ellos est¨¢n ya m¨¢s muertos que vivos y, lo peor, lo saben. Los campos son indispensables, sin duda, pero s¨®lo si funcionan como un tr¨¢nsito para la reincorporaci¨®n a la vida activa, con oportunidades y trabajo. Si no, quienes los pueblan est¨¢n condenados a una existencia atroz, par¨¢sita, que los desmoraliza y anula. Y ¨¦ste es quiz¨¢s el m¨¢s terrible espect¨¢culo que ofrece el Congo oriental: el de decenas de miles de hombres y mujeres a los que la violencia y la miseria han reducido poco menos que a la condici¨®n de zombies.
III - EL GALIMAT?AS CONGOLE?O.
Y, sin embargo, se trata de un pa¨ªs muy rico, con minas de zinc, de cobre, de plata, de oro, del ahora codiciado colt¨¢n, con un enorme potencial agr¨ªcola, ganadero y agroindustrial. ?Qu¨¦ le hace falta para aprovechar sus incontables recursos? Cosas por ahora muy dif¨ªciles de alcanzar: paz, orden, legalidad, instituciones, libertad. Nada de ello existe ni existir¨¢ en el Congo por buen tiempo. Las guerras que lo sacuden han dejado hace tiempo de ser ideol¨®gicas (si alguna vez lo fueron) y s¨®lo se explican por rivalidades ¨¦tnicas y codicia de poder de caudillos y jefezuelos regionales o la avidez de los pa¨ªses vecinos (Ruanda, Uganda, Angola, Burundi, Zambia) por apoderarse de un pedazo del pastel minero congole?o. Pero ni siquiera los grupos ¨¦tnicos constituyen formaciones s¨®lidas, muchos se han dividido y subdividido en facciones, buena parte de las cuales no son m¨¢s que bandas armadas de forajidos que matan y secuestran para robar.
Muchas minas est¨¢n ahora en manos de esas bandas, milicias o del propio Ej¨¦rcito del Congo. Los minerales se extraen con trabajo esclavo de prisioneros que no reciben salarios y viven en condiciones inhumanas. Esos minerales vienen a llev¨¢rselos traficantes extranjeros, en avionetas y aviones clandestinos. Un funcionario de la ONU que conoc¨ª en Goma me asegur¨®: "Se equivoca si cree que el caos del Congo est¨¢ en la tierra. Lo que ocurre en el aire es todav¨ªa peor". Porque tampoco en las alturas hay ley o reglamento que se respete. Como la mayor¨ªa de vuelos son ilegales, el n¨²mero de accidentes a¨¦reos, el m¨¢s alto del mundo, es terror¨ªfico: 56 entre julio de 2007 y julio de 2008. Por esa raz¨®n ninguna compa?¨ªa a¨¦rea congole?a es admitida en los aeropuertos de Europa.
Como el principal recurso del pa¨ªs, el minero, se lo reparten los traficantes y los militares, el Estado congole?o carece de recursos, y esto generaliza la corrupci¨®n. Los funcionarios se valen de toda clase de tr¨¢ficos para sobrevivir. Militares y polic¨ªas tienden ¨¢rboles en los caminos y cobran imaginarios peajes. A Juan Carlos Tomasi, el fot¨®grafo que nos acompa?a, cada vez que saca sus c¨¢maras alguien viene con la mano estirada a cobrarle un fant¨¢stico "derecho a la imagen". (Pero ¨¦l es un experto en estas lides y discute y argumenta sin dejarse chantajear). Para viajar de Kinshasa a Goma debemos, antes de trepar al avi¨®n, desfilar por cinco mesas, alineadas una junto a la otra, donde se expenden ?visas para viajar dentro del pa¨ªs!
No es verdad que la comunidad internacional no haya intervenido en el Congo. La Misi¨®n de las Naciones Unidas en el Congo (MONUC) es la m¨¢s importante operaci¨®n que haya emprendido nunca la organizaci¨®n internacional. La Fuerza de Paz de la ONU en el Congo cuenta con 17.000 soldados, de un abanico de nacionalidades, y unos 1.500 civiles. S¨®lo en Goma hay militares de Uruguay, India, ?frica del Sur y Malaui. Visit¨¦ el campamento del batall¨®n uruguayo y convers¨¦ con su jefe, el amable coronel Gaspar Barrabino, y varios oficiales de su Estado Mayor. Todos ellos ten¨ªan un conocimiento serio de la enrevesada problem¨¢tica del pa¨ªs. La inoperancia de que son acusados se debe, en realidad, a las limitaciones, a primera vista incomprensibles, que las propias Naciones Unidas han impuesto a su trabajo.
Las milicias de Laurent Nkunda, luego de capturar Rutshuru, comenzaron a avanzar hacia Goma, donde el Ej¨¦rcito congole?o huy¨® en desbandada. La poblaci¨®n de la capital de Kivu Norte, entonces, enfurecida, fue a apedrear los campamentos de la Fuerza de Paz de la ONU (y, de paso, los locales y veh¨ªculos de las organizaciones humanitarias), acus¨¢ndolos de cruzarse de brazos y de dejar inerme a la poblaci¨®n civil ante los milicianos.
Pero el coronel Barrabino me explic¨® que la Fuerza de Paz, creada en 1999, seg¨²n prescripciones estrictas del Consejo de Seguridad, est¨¢ en el Congo para vigilar que se cumplan los acuerdos firmados en Lusaka que pon¨ªan fin a las hostilidades entre las distintas fuerzas rivales, y con prohibici¨®n expresa de intervenir en lo que se consideran luchas internas congole?as. Esta disposici¨®n condena a las fuerzas militares de la ONU a la impotencia, salvo en el caso de ser atacadas. Ser¨ªa muy distinto si el mandato recibido por la Fuerza de Paz consistiera en asegurar el cumplimiento de aquellos acuerdos utilizando, en caso extremo, la propia fuerza contra quienes los incumplen. Pero, por razones no del todo incomprensibles, el Consejo de Seguridad ha optado por esta bizantina f¨®rmula, una manera diplom¨¢tica de no tomar partido en semejante conflicto, un galimat¨ªas, en efecto, en el que es dif¨ªcil, por decir lo menos, establecer claramente a qui¨¦n asiste la justicia y la raz¨®n y a qui¨¦n no. No tengo la menor simpat¨ªa por el rebelde Laurent Nkunda, y probablemente es falso que la raz¨®n de ser de su rebeld¨ªa sea s¨®lo la defensa de los tutsis congole?os, para quienes los hutus ruandeses, armados y asociados con el Gobierno, constituyen una amenaza potencial. Pero ?representan las Fuerzas Armadas del presidente Kabila una alternativa m¨¢s respetable? La gente com¨²n y corriente les tiene tanto o m¨¢s miedo que a las bandas de milicianos y rebeldes, porque los soldados del Gobierno los atracan, violan, secuestran y matan, al igual que las facciones rebeldes y los invasores extranjeros. Tomar partido por cualquiera de estos adversarios es privilegiar una injusticia sobre otra. Y lo mismo se podr¨ªa decir de casi todas las oposiciones, rivalidades y bander¨ªas por las que se entrematan los congole?os. Es dif¨ªcil, cuando uno visita el Congo, no recordar la tremenda exclamaci¨®n de Kurz, el personaje de Conrad, en El coraz¨®n de las tinieblas: "?Ah, el horror! ?El horror!"
IV - LOS POETAS. Y sin embargo, pese a ese entorno, conoc¨ª a muchos congole?os que, sin dejarse abatir por circunstancias tan adversas, resist¨ªan el horror, como el doctor Tharcisse, en Minova. Placide Clement Mananga, en Boma, que recoge y guarda todos los papeles y documentos viejos que encuentra para que la amnesia hist¨®rica no se apodere de su ciudad natal (¨¦l sabe que el olvido puede ser una forma de barbarie). O ?mile Zola, el director del Museo de Kinshasa, combatiendo contra las termitas para que no devoren el patrimonio etnol¨®gico all¨ª reunido. A esta estirpe de congole?os valerosos, que luchan por un Congo civilizado y moderno, pertenecen los Po¨¦tes du Renouveau (Poetas de la Renovaci¨®n), de Lwemba, un distrito popular de Kinshasa. Son cerca de una treintena, una mujer entre ellos, y aunque todos escriben poes¨ªa, algunos son tambi¨¦n dramaturgos, cuentistas y periodistas.
Adem¨¢s del franc¨¦s, la colonizaci¨®n belga dej¨® asimismo a los congoleses la religi¨®n cat¨®lica. En el pa¨ªs hay tambi¨¦n protestantes -vi iglesias evang¨¦licas de todas las denominaciones-, musulmanes -en la regi¨®n oriental- y varias religiones aut¨®ctonas, la mayor de las cuales es el kimbanguismo, as¨ª llamada por su fundador, Simon Kimbangu, enraizada sobre todo en el Bajo Congo. Pero, pese a la hostilidad que desencaden¨® contra ella el dictador Mobutu, a quien hizo oposici¨®n, la cat¨®lica parece, de lejos, la m¨¢s extendida e influyente. Iglesias y centros cat¨®licos son los focos principales de la vida cultural del pa¨ªs.
Los Po¨¦tes du Renouveau se re¨²nen en la iglesia de San Agust¨ªn, donde tienen una peque?a biblioteca, una imprenta y una amplia sala para recitales y charlas. Publican desde hace algunos a?os unas ediciones populares de poes¨ªa que venden a precio de coste y a veces regalan. Empe?ados en que la poes¨ªa llegue a todo el mundo, se desplazan a menudo a dar recitales y conferencias literarias por toda la regi¨®n. Asisto a un interesante encuentro, de varias horas, en el que discuten temas literarios y pol¨ªticos. El franc¨¦s que escriben y hablan los congole?os es c¨¢lido, cadencioso, demorado y, a ratos, tropical. Haciendo de diablo predicador, provoco una discusi¨®n sobre la colonizaci¨®n belga: ?qu¨¦ de bueno y de malo dej¨®? Para mi sorpresa, en lugar de la cerrada (y merecida) condena que esperaba o¨ªr, todos los que hablan, menos uno, aunque sin olvidar las terribles crueldades, la explotaci¨®n y el saqueo de las riquezas, la discriminaci¨®n y los prejuicios de que fueron v¨ªctimas los nativos, hacen an¨¢lisis moderados, situando todo lo negativo en un contexto de ¨¦poca que, si no excusa los cr¨ªmenes y excesos, los explica. Uno de ellos afirma: "El colonialismo es una etapa hist¨®rica por la que han pasado casi todos los pa¨ªses del mundo". Lo refuta otro, que lanza una dur¨ªsima requisitoria contra lo ocurrido en el Congo durante el casi siglo y medio de dominio belga. Le responde un joven que se presenta como "te¨®logo y poeta" con una ¨²nica pregunta: "?Y qu¨¦ hemos hecho nosotros, los congole?os, con nuestro pa¨ªs desde que en 1960 nos independizamos de los belgas?".
Tu suscripci¨®n se est¨¢ usando en otro dispositivo
?Quieres a?adir otro usuario a tu suscripci¨®n?
Si contin¨²as leyendo en este dispositivo, no se podr¨¢ leer en el otro.
FlechaTu suscripci¨®n se est¨¢ usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PA?S desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripci¨®n a la modalidad Premium, as¨ª podr¨¢s a?adir otro usuario. Cada uno acceder¨¢ con su propia cuenta de email, lo que os permitir¨¢ personalizar vuestra experiencia en EL PA?S.
En el caso de no saber qui¨¦n est¨¢ usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contrase?a aqu¨ª.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrar¨¢ en tu dispositivo y en el de la otra persona que est¨¢ usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aqu¨ª los t¨¦rminos y condiciones de la suscripci¨®n digital.