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Odio las fronteras, amo las ciudades

En las urbes es donde nos encontramos con el otro y aprendemos a vivir con ¨¦l, dice el escritor y ensayista Suketu Mehta, que creci¨® como inmigrante en Nueva York. El autor de libros como ¡®Ciudad total¡¯ y ¡®Esta tierra es nuestra tierra¡¯ apela al atractivo del espacio p¨²blico y la b¨²squeda de entornos para dialogar como futuro.

El fot¨®grafo y camar¨®grafo brit¨¢nico Burnham Arlidge superpone fotograf¨ªas obtenidas con 'time-lapse' que evocan los tiempos prepand¨¦micos. Transe¨²ntes en el puente del Milenio, en Londres.
El fot¨®grafo y camar¨®grafo brit¨¢nico Burnham Arlidge superpone fotograf¨ªas obtenidas con 'time-lapse' que evocan los tiempos prepand¨¦micos. Transe¨²ntes en el puente del Milenio, en Londres.Burnham Arlidge (Mediadrum World / Contacto) (EPS)

Vivimos en un mundo afligido y desgarrado. El a?o pasado, una mano gigantesca sali¨® del cielo, se abalanz¨® sobre nosotros, cerr¨® el pu?o dej¨¢ndonos atrapados, nos sacudi¨®, se abri¨® y nos desperdig¨® aqu¨ª y all¨¢ a su antojo, todo patas arriba, muchos de nosotros lejos de lo que conoc¨ªamos, organiz¨¢ndonos de nuevo, empezando de nuevo, en nuevos h¨¢bitats. Todo ha cambiado, y har¨¢ falta tiempo, mucho tiempo, para comprender el cambio en todo su alcance.

La batalla de la covid-19 contra el Homo sapiens es la batalla de la forma de vida m¨¢s simple ¡ªtan solo un conjunto de instrucciones encerradas en una prote¨ªna¡ª contra la forma de vida m¨¢s compleja. Lo que el virus sabe es c¨®mo sacar partido de las divisiones humanas. Divide y vencer¨¢s, como descubrieron todos los reg¨ªmenes coloniales. El acceso a las vacunas ha dividido a los pa¨ªses ricos de los pa¨ªses pobres m¨¢s de lo que ha podido dividirlos cualquier otra cosa. Pero no solo lo ha hecho como cab¨ªa esperar. Misteriosamente, a la India, con sus trenes abarrotados a m¨¢s no poder, le fue mejor que a Suecia con todo su espacio. Hasta hace un mes, cuando la India se convirti¨® en un osario.

Ahora, los pa¨ªses del mundo est¨¢n dibujando en¨¦rgicamente fronteras a su alrededor y dentro de ellos. Pero el virus no conoce fronteras. Los pa¨ªses han congelado la migraci¨®n. Las remesas llevan dos a?os seguidos reduci¨¦ndose. Los pa¨ªses pobres ser¨¢n m¨¢s pobres. El Gobierno de Trump elimin¨® las admisiones de asilo utilizando la pandemia como excusa. Su secuaz Stephen Miller atiz¨® el miedo a los migrantes como portadores de enfermedades. Pero los inmigrantes no traen enfermedades, y si las traen, se les puede poner en cuarentena, a la que se someter¨¢n gustosamente. Los turistas son en mucha mayor medida un vector de enfermedad.

M¨¢s informaci¨®n
La explanada de Sheep Meadow, en el neoyorquino Central Park, repleta de gente que disfruta del fin de semana, el pasado 15 de mayo
Nueva York reinventa la vida en sus calles

Estados Unidos no ha sido el ¨²nico pa¨ªs en el que la pandemia ha dado nuevas excusas para demonizar a los migrantes. Una actriz kuwait¨ª pretendi¨® que los inmigrantes (que constituyen el 70% de la poblaci¨®n de Kuwait) fuesen arrojados al desierto a fin de liberar espacio en los hospitales para los kuwait¨ªes de nacimiento. Los sudafricanos atacaron a los nigerianos. Los colombianos a los venezolanos.

El mundo no es justo. M¨¢s que nunca, la humanidad de una persona est¨¢ definida por su nacionalidad. La mayor loter¨ªa es la de la ciudadan¨ªa. Si uno tiene la suerte de haber nacido en un pa¨ªs con un buen sistema de sanidad p¨²blica y un Gobierno que funcione, como Taiw¨¢n, le ha tocado el gordo. Si tiene la desgracia de haber nacido en la India, est¨¢ jodido. Actualmente, la gobernanza es una cuesti¨®n de vida o muerte.

La intolerancia tiene consecuencias. Los indios votaron a Narendra Modi porque prometi¨® poner a los musulmanes en su sitio. En ausencia de oposici¨®n, la gobernanza cay¨® en picado. El virus no mat¨® a Trump, pero s¨ª que acab¨® con su reelecci¨®n. Espero y ruego que haga lo mismo con Modi.

En Estados Unidos, los ricos se han hecho m¨¢s ricos. Las personas que ten¨ªan acciones o una casa han salido bien paradas. Las que no, se han quedado a¨²n m¨¢s rezagadas. En este pa¨ªs late una ira como nunca la hab¨ªa visto. La turba de la derecha invade el Capitolio; hay ira en las redes sociales que enfrenta a los hombres contra las mujeres, a las personas transg¨¦nero contra las feministas, a los progresistas j¨®venes contra los viejos. Y en las calles, a los negros contra los asi¨¢ticos. Nueva York hab¨ªa apaciguado en gran medida los conflictos ¨¦tnicos. Ahora han vuelto como en la d¨¦cada de 1990. Se disparan unos a otros en Times Square.

Nunca he visto el mundo tan dividido, pero tampoco lo he visto nunca tan unido. Los pa¨ªses de todo el planeta se han esforzado al m¨¢ximo por producir una vacuna a una velocidad que antes se cre¨ªa imposible. Toda la humanidad estuvo confinada: los europeos y los brit¨¢nicos, los dominicanos y los haitianos, los indios y los paquistan¨ªes comprend¨ªan el dolor de los dem¨¢s.

Medio centenar de im¨¢genes conforman la visi¨®n de un parque de 'skate' en Londres.
Medio centenar de im¨¢genes conforman la visi¨®n de un parque de 'skate' en Londres.Burnham Arlidge (Mediadrum World / Contacto) (EPS)

Necesitamos m¨¢s migraci¨®n, y no menos, por razones econ¨®micas. Si de verdad se hubiesen abierto las fronteras, el PIB del mundo ser¨ªa el doble, y la riqueza mundial aumentar¨ªa en 78 billones de d¨®lares al a?o [unos 64 billones de euros]. Tambi¨¦n necesitamos mucha m¨¢s libertad de movimiento para gente como los cient¨ªficos. Los dos investigadores que inventaron la vacuna de Pfizer son una pareja turca que emigr¨® a Alemania.

Odio las fronteras y amo las ciudades, porque en ellas es donde nos encontramos con el otro y aprendemos a vivir con ¨¦l.

La divisi¨®n de la inmigraci¨®n es una divisi¨®n rural-urbana. En un pa¨ªs detr¨¢s de otro, los votantes de las zonas rurales eligen a xen¨®fobos. La mayor¨ªa de las personas que votaron a favor del Brexit viv¨ªan en el campo. Para ellos, el multicultural Londres era la torre de Babel. Las zonas con menos inmigrantes son las que m¨¢s miedo les tienen. A los habitantes de las ciudades suelen gustarles m¨¢s porque tratan con ellos a diario. Esta clase de densidad, vivir en el mismo espacio, tener que compartir patios y tiendas de comestibles, te obliga a interactuar m¨¢s de lo que lo har¨ªas en otras circunstancias. Sales de tu zona de confort y descubres que no te encuentras inc¨®modo.

En un discurso de 1915 ante los Caballeros de Col¨®n, Teddy Roosevelt declar¨®: ¡°En este pa¨ªs no hay sitio para los estadounidenses con guion¡­ La ¨²nica manera absolutamente segura de llevar esta naci¨®n a la ruina, de impedir toda posibilidad de que siguiese siendo una naci¨®n, ser¨ªa permitir que se convirtiese en una mara?a de nacionalidades en disputa, un intrincado nudo de germano-estadounidenses, irlandeses-estadounidenses, anglo-estado?unidenses, franco-estadounidenses, escandinavo-estadounidenses o ¨ªtalo-estadounidenses (¡­). El ¨²nico hombre que es un buen estadounidense es el que es estadounidense y nada m¨¢s¡±.

Si Teddy Roosevelt estuviera aqu¨ª hoy, me lo llevar¨ªa a dar una vuelta por Jackson Heights. A los que preguntan si se deber¨ªan asimilar los inmigrantes, si Nueva York puede sobrevivir a la pandemia, tengo dos palabras para responderles: Jaikisan Heights, la forma sudasi¨¢tica de pronunciar el nombre del barrio neoyorquino del distrito de Queens.

Cuando mi familia lleg¨® a Nueva York en 1977, nos encontramos una ciudad peligrosa, arruinada, de la que hu¨ªa la clase media blanca. Siendo adolescente me asaltaron dos veces, y nos robaban el coche cada dos por tres. Jackson Heights no era sofisticado ni acogedor. Mis padres, dando por hecho que, al igual que en la India, los colegios religiosos eran los mejores, me matricularon en el colegio cat¨®lico m¨¢s cercano, donde fui una de las primeras minor¨ªas. Los maestros me llamaban pagano. Durante la crisis de los rehenes de Ir¨¢n de 1980, estaba en el ¨²ltimo curso. Un d¨ªa iba andando por el pasillo con mi amigo ?Ashish, el ¨²nico otro indio del colegio, cuando un chico irland¨¦s nos grit¨®: ¡°?Putos ayatol¨¢s!¡±.

Nos paramos, me di la vuelta y le correg¨ª: ¡°Oye, que no somos iran¨ªes. Somos indios¡±.

El chico consider¨® la nueva informaci¨®n y grit¨®: ¡°?Putos gandhis!¡±.

Cuando viv¨ªamos en el barrio, la mayor¨ªa de los sudasi¨¢ticos eran indios que se hab¨ªan beneficiado de la Ley de Inmigraci¨®n de 1965 que suprimi¨® las cuotas raciales y foment¨® la reunificaci¨®n familiar. Hab¨ªa profesionales: ingenieros, m¨¦dicos. Ahora la mezcla de sudasi¨¢ticos es mucho m¨¢s diversa: hay banglades¨ªes, nepal¨ªes, tibetanos, butaneses. Son propietarios de tiendas, taxistas y trabajadores de f¨¢bricas de confecci¨®n.

Muy pocos indios de los que conoc¨ª cuando crec¨ª aqu¨ª en la d¨¦cada de 1970 siguen en el barrio. Con una excepci¨®n: cada vez m¨¢s hijos de esas familias, amigos m¨ªos artistas, escritores y periodistas que viv¨ªan en el East Village en la d¨¦cada de 1980 y en Park Slope a finales de la de 1990, se est¨¢n mudando a Jackson Heights. La diversidad de esas calles tiene algo atractivo para personas de todas partes, desde pianistas de Par¨ªs hasta ingenieros de software de Kansas. Cada vez m¨¢s personas creativas quieren vivir en una ciudad en la que pueden o¨ªr hablar muchos idiomas por la calle y elegir entre pupusas y parathas para comer. La diversidad no es solo algo bonito; es activamente esencial para atraer a la clase de personas que crean riqueza y revitalizan Nueva York.

Si Teddy Roosevelt estuviera paseando conmigo, le invitar¨ªa a echar un vistazo a la lista de apellidos de los edificios. Los del vest¨ªbulo de mi bloque en la calle 83 van desde Abbasi hasta Winfred, pasando por Balyuk, Bruchstein y Basu. Mis vecinos eran indios y paquistan¨ªes, jud¨ªos y musulmanes, haitianos y dominicanos. El edificio era propiedad de un turco, pero el portero era griego. Muchos de ellos hab¨ªan estado mat¨¢ndose entre s¨ª justo antes de subir al avi¨®n, pero aqu¨ª viv¨ªan al lado de sus antiguos enemigos, y sus hijos sal¨ªan juntos. No es que nos quisi¨¦ramos. Tras las puertas cerradas, sentados a la mesa, nuestros padres segu¨ªan diciendo cosas horriblemente racistas sobre las otras nacionalidades; algunos de nosotros segu¨ªamos mandando dinero a los partidos m¨¢s nacionalistas y de extrema derecha o a las milicias de nuestro pa¨ªs de origen para que atacasen a los grupos a los que pertenec¨ªan nuestros vecinos de Nueva York.

Pero entonces est¨¢bamos en un pa¨ªs nuevo, construyendo una nueva vida. Y pod¨ªamos vivir unos al lado de los otros e interactuar en cierta manera. Pod¨ªamos intercambiar comida; nuestros hijos pod¨ªan jugar juntos e ir juntos al colegio. Descubrimos que nos parecemos m¨¢s de lo que nos diferenciamos. Por ejemplo, en Occidente los sudasi¨¢ticos, los indios, paquistan¨ªes y banglades¨ªes que hab¨ªan estado enfrentados en su tierra, descubren en Jackson Heights que son desi, hijos de la di¨¢spora del subcontinente asi¨¢tico, y que comparten el amor por las samosas y Bollywood.

Jaikisan Heights fue el epicentro del epicentro de la pandemia. Los cuerpos se apilaban en furgonetas delante del Hospital Elmhurst. Pero ?saben qu¨¦? El barrio ha vuelto con fuerza. La gente sal¨ªa a pasear, de compras, a comer en las nuevas mesas de las aceras meses antes de que Manhattan volviera a la vida. Aqu¨ª la gente no posee el lujo de una segunda residencia; no le queda m¨¢s remedio que arregl¨¢rselas y luchar por lo que tiene aqu¨ª mismo. Y a muchos inmigrantes procedentes de pa¨ªses en los que estaban acostumbrados a ver tanques rodando por la calle o a enfrentarse a brotes peri¨®dicos de malaria, la violencia armada y el coronavirus no los inquieta. Jackson Heights es el paradigma de la ciudad resiliente.

Lo que me encanta de Queens, la densidad y la diversidad, las dos caracter¨ªsticas que lo hacen delicioso, son ahora vituperadas como lo que hizo de Nueva York un lugar especialmente horrible.

Gran parte del resto del pa¨ªs pensaba que Nueva York era un mal sitio porque te pod¨ªan atracar. Cuando asist¨ª a un seminario de escritores de Iowa en la d¨¦cada de 1980, recuerdo mi primera noche en los colegios mayores para estudiantes. Uno de mis compa?eros era un alumno de primero, jugador de f¨²tbol americano, un tipo realmente gigantesco que me pregunt¨® de d¨®nde era. Le contest¨¦ que de Nueva York, y se le puso cara de horror. ¡°?He o¨ªdo que all¨ª atracan a la gente!¡±. Yo le dije: ¡°S¨ª, a m¨ª me han atracado un par de veces¡±, y le cont¨¦ las historias. Por la noche o¨ªmos gritos. Era el jugador de f¨²tbol, que ten¨ªa una pesadilla con que lo estaban atracando en Nueva York. O sea, que la gente ten¨ªa la idea de que la ciudad era un sitio bonito para visitar, pero no quer¨ªa morir all¨ª. Ten¨ªan miedo a la ciudad porque era un lugar lleno de salvajes que te atracaban y te violaban. Esta idea est¨¢ resurgiendo despu¨¦s de muchos a?os de haber sido la metr¨®poli m¨¢s segura del pa¨ªs.

Una escena de Brixton, creada gracias a la superposici¨®n de fotograf¨ªas.
Una escena de Brixton, creada gracias a la superposici¨®n de fotograf¨ªas. Burnham Arlidge (Mediadrum World / Contacto) (EPS)

Pero Nueva York sobrevivir¨¢, porque su historia es una historia de supervivencia, de segundas oportunidades. Nueva York es siempre, a trav¨¦s de los disturbios, los huracanes, las insurrecciones, las quiebras, la ciudad de la segunda oportunidad.

Hay un mito de Nueva York que la gente habita antes de llegar all¨ª. Es el de la ciudad de incontables libros, pel¨ªculas y programas de televisi¨®n. Incluso series como Ley y orden, que la presentan como un lugar peligroso, la retratan como un lugar peligroso con glamur. As¨ª que, cuando la gente baja del avi¨®n, est¨¢ preparada para vivir en Nueva York de una manera que no tiene comparaci¨®n con ninguna otra ciudad. Ni siquiera Los ?ngeles. Las pel¨ªculas que se ruedan en Los ?ngeles recrean otras ciudades, a menudo Nueva York, pero las pel¨ªculas de Nueva York se ruedan realmente en sus calles. Por eso el mundo conoce el terreno ¡ªla geograf¨ªa, la diversidad¡ª de Nueva York, la actitud de Nueva York. Y eso constituye un factor enorme para atraer a la gente a la ciudad, especialmente a los j¨®venes. Un chico con sue?os, tanto si est¨¢ creciendo en Kansas como en Katmand¨², cuando piensa en una gran ciudad con encanto metropolitano, en la emoci¨®n, en un escalofr¨ªo de peligro y en la posibilidad de ganar mucho dinero y de encontrar una pareja realmente atractiva, la primera ciudad que le viene a la cabeza ¡ªa ¨¦l y a tanta gente¡ª antes que ninguna otra del mundo sigue siendo Nueva York.

El atractivo de lo p¨²blico, de mezclarse con desconocidos, es mayor que nunca, porque nos ha sido negado un a?o entero. Pero tambi¨¦n hemos encontrado otras cosas: la naturaleza, espacio¡­ Ambas no son incompatibles. ?Podemos incluir el mundo natural en los espacios p¨²blicos?

Desde la Revoluci¨®n Industrial ha habido una desconexi¨®n entre los seres humanos y la naturaleza. Con la pandemia, los afortunados que han huido de las ciudades la han redescubierto. Hacemos senderismo porque los clubes de jazz, los auditorios y los restaurantes est¨¢n cerrados. Hay un renovado inter¨¦s por observar las aves, por cultivar un huerto.

Los urbanitas que pueden permit¨ªrselo han descubierto la naturaleza. Ha sido la ¨²nica escapatoria: los parques, el senderismo, la casa de verano para los que pod¨ªan tenerla. Aqu¨ª es donde hay que recuperar las parcelas destinadas a huerto como las que vi en Leipzig, en Alemania. El movimiento del Schreberg?rten naci¨® en 1864 para que los habitantes de las ciudades, incluso los pobres, pudieran disfrutar de la naturaleza. Las colonias-jard¨ªn est¨¢n formadas por peque?os cobertizos en los que se puede pasar la noche. Se pagan 1.000 euros por adelantado y 150 de alquiler anual por la parcela. Un trocito de tierra que se puede arrendar, pero nunca tener en propiedad. Cada parcela tiene una caseta que sirve m¨¢s bien para echar una siesta que para pasar la noche, aunque sea posible hacerlo si no se tiene necesidad de aire acondicionado. Y en el terreno se cultiva; son jardines de la victoria, como los que se plantaron en las guerras para autoabastecerse. Cada colonia tiene un peque?o club donde te puedes tomar una cerveza con tus vecinos. Un club de campo para trabajadores. Hay un mill¨®n de Schreberg?rten en toda Alemania.

?No ser¨ªa maravilloso que las familias de clase trabajadora de Nueva York tuviesen sus propios Schreberg?rten? ?Que un trabajador de un restaurante de comida r¨¢pida o un taxista tuviese acceso a una parcela de tierra con una casita, justo al otro lado del l¨ªmite con Long Island, donde pudiese ir con su familia y cultivar chiles y calabacines y disfrutar del aire primaveral? ?Por qu¨¦ la naturaleza tiene que ser patrimonio exclusivo de los ricos?

Nuestra forma de vida ha cambiado para bien y para mal. Para bien porque la gente ha podido trabajar a distancia y pasar m¨¢s tiempo con la familia. Adi¨®s a los apartamentos min¨²sculos; bienvenido el espacio, el canto de los p¨¢jaros. Para mal porque nos hemos quedado sin poder tomar una copa con los compa?eros despu¨¦s del trabajo. El trabajo se ha convertido en las caras que ves a trav¨¦s de una conexi¨®n de Zoom. Nada de charlas, ni de divagaciones, ni de romances en la oficina. A prop¨®sito: el 16% de los estadounidenses encontraron a su pareja a trav¨¦s del trabajo, porque, en la econom¨ªa capitalista, el trabajo es donde pasamos la mayor parte del tiempo. Esa misma econom¨ªa casi ha prohibido los romances en la oficina, porque el flirteo distrae de la carrera en pos del dinero del empleador.

Quiz¨¢ debido a que nos hemos retirado a nuestras casas, nos hemos escindido en nuestras propias burbujas ling¨¹¨ªsticas. Solo hablamos con otras personas que hablan el mismo idioma pol¨ªtica, cultural y racialmente. Se supon¨ªa que internet iba a unirnos. El comentario definitivo sobre la Red lo escribi¨® un tal Henry David Thoreau en 1854: ¡°Nos apresuramos a construir un tel¨¦grafo de Maine a Texas, pero puede darse el caso de que Maine y Texas no tengan nada importante que comunicar¡­¡±.

Cuando emergimos de nuestras casas, lo hicimos para protestar. Toda la ciudad se convirti¨® en una tribuna improvisada, algo bueno y nuevo en nuestra vida. Se grit¨® mucho, pero se convers¨® poco por encima de las divisiones pol¨ªticas. ?Podemos imaginar un espacio p¨²blico en el que haya realmente un di¨¢logo que no sea previsible? ?En el que un polic¨ªa hable de verdad con un activista de Black Lives Matter? ?Se puede dise?ar?

Hemos perdido la capacidad, que la gran literatura nos regala, de distinguir a los seres humanos individuales de un grupo o clase. Clasificamos a la gente en enormes categor¨ªas: ¡°negros¡±, ¡°blancos¡±, ¡°migrantes¡±, ¡°trans¡±, ¡°feministas¡±, ¡°polic¨ªas¡±, ¡°dem¨®cratas¡±, ¡°republicanos¡±, y entonces, cada miembro de la categor¨ªa tiene que ir por el mundo con la pesada carga de su clasificaci¨®n, indeleble, en la cabeza. El individuo es complejo, mucho m¨¢s complejo que el virus, que solo tiene unas pocas variantes. Cada uno de nosotros somos una variante. La complejidad, la diversidad, la heterogeneidad nos salvar¨¢n. La impredecibilidad, la excentricidad.

Necesitamos un nuevo espacio com¨²n. ?D¨®nde podemos encontrarnos? En el mercadillo, en la biblioteca, en el parque. La tendencia de los supermercados sin cajeros que promueve Amazon es lo contrario de lo que deber¨ªamos perseguir. Necesitamos m¨¢s interacci¨®n humana superpuesta a las transacciones comerciales, no menos. Debajo de la parada de la calle 82 de la l¨ªnea 7 se pueden comprar tamales a las abuelas mexicanas que los venden en carritos de la compra. Uno puede charlar con ellas en un momento de ocio como nunca podr¨ªa hacerlo en un Taco Bell, porque cada minuto del cajero del Taco Bell est¨¢ regulado y supervisado.

El parque con m¨¢s ¨¦xito que he conocido ¨²ltimamente no es el High Line, un paso para turistas que lleva desde un car¨ªsimo bloque de apartamentos en Hudson Yards hasta un car¨ªsimo restaurante en el Meatpacking District, sino Diversity Plaza, en Jackson Heights, donde naci¨® un espacio com¨²n de la simple conveniencia de cerrar al tr¨¢fico la calle delante de la estaci¨®n del metro. Si uno quiere enterarse del debate sobre las elecciones en Banglad¨¦s o escuchar la disputa chino-tibetana, puede coger una de las sillas o bancos de metal nada bonitos que proporciona el Ayuntamiento, comprar un chai, y acomodarse. Encontrar¨¢ gente con tiempo libre e historias que contar.

Cuando era un adolescente que crec¨ªa en Jackson Heights, el lugar en el que pas¨¢bamos el rato, le¨ªamos las noticias, sac¨¢bamos libros ¡ªporque ninguno pod¨ªa permitirse comprarlos¡ª era la biblioteca p¨²blica de Queens en la calle 81. Una biblioteca es, en palabras de Eric Klinenberg, un palacio para el pueblo.

?Qu¨¦ nos une y qu¨¦ nos separa? ?Todos queremos de verdad estar juntos, o hay muchos que prefieren permanecer separados? El coronavirus ¡ªm¨¢s que el ataque del 11 de septiembre, m¨¢s que la crisis financiera de 2008¡ª ha sido una prueba para la humanidad. Pero la gran prueba para los pa¨ªses y las ciudades est¨¢ llegando. Es el cambio clim¨¢tico. La covid es solo un ensayo general.

Suketu Mehta, ensayista y novelista, fue finalista del Premio Pulitzer por Ciudad total: Bombay perdida y encontrada (Random House). Su ¨²ltimo libro es Esta tierra es nuestra tierra. Manifiesto del inmigrante. Traducci¨®n de News Clips.

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